La ambigüedad de Patxi López

España · Ignacio Santa María
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4 febrero 2009
El Gobierno ha puesto en marcha el mecanismo para evitar que el brazo político de ETA concurra a las próximas elecciones vascas. Esta vez no ha dejado la puerta entreabierta tal y como sí lo hizo con el PCTV en los anteriores comicios autonómicos o con ANV en las municipales. Ante todo, es una estupenda noticia porque supone que los violentos no tendrán valedores en el Parlamento vasco durante los próximos cuatro años. Sin embargo cabe preguntarse si esta decisión supone una rectificación en toda regla del PSOE y del Gobierno.

Lamentablemente la respuesta es "no del todo". Cuando dejó pasar las llamadas "listas blancas" actuó por pura conveniencia y ahora que les ha cerrado la puerta, también. No se trata por desgracia de una actuación motivada por principios inmutables. 

El hecho de que la Fiscalía y la Abogacía del Estado dejaran pasar listas controladas por ETA en las anteriores citas electorales respondía, en aquel momento, a que el Gobierno estaba inmerso una negociación con los terroristas y una de las condiciones impuestas por la banda para mantener con vida el proceso era la vuelta a las instituciones de su brazo político. Además, en aquel momento, los socialistas querían evitar la captación del voto abertzale por parte del PNV y EA, sus principales competidores en las urnas, y por ello necesitaban dejar un canal abierto a esa parte del electorado.

Ahora las circunstancias son distintas. No existe un proceso de negociación en curso, pero desde el mundo abertzale no han  faltado en los últimos meses voces que abogan por retomar los acuerdos de Loyola y restablecer el diálogo con el Partido Socialista. Esa posibilidad pasa por debilitar todo lo posible al PNV e incluso propiciar que el PSE gane las elecciones. Para ETA, que gobiernen los socialistas tanto en Madrid como en Vitoria es la circunstancia más propicia para una segunda negociación, así que lo más probable es que promueva la abstención entre el entorno abertzale y no el voto nacionalista para favorecer así indirectamente al PSE.

Por su parte, los dirigentes del PSE no han abandonado la ilusión del "fin dialogado". Tanto Patxi López como Eguiguren han defendido esta vía en varias intervenciones públicas tras el fracaso de la última tregua.

El secretario general de los socialistas vascos acusó hace unos días al PNV de "ambigüedad" hacia el entrono de ETA y de "hacerse el simpático con el mundo abertzale para ver si pesca algún voto". Al PSOE se le podría reprochar lo mismo. Si los socialistas no han impulsado la disolución de los ayuntamientos gobernados por ANV es precisamente porque no quieren parecer antipáticos a los ojos del electorado nacionalista.

Patxi López se presenta a las elecciones como el único líder capaz de unir a todos los vascos y salvar las diferencias entre nacionalistas y no nacionalistas. Pero la cosa no es tan sencilla. Si el líder socialista llega a ser lehendakari contará seguramente con el apoyo explícito o tácito del PNV, o incluso del mundo abertzale. Esa hipoteca tendrá que pagarla. Más tarde o más temprano tendrá que afrontar las presiones soberanistas y la tentación de reeditar el diálogo con ETA. Si cede a estas presiones estará abandonando a su suerte a una buena parte de los vascos.

Lo que verdaderamente une a los vascos no son nuevas aventuras de impredecible desenlace sino la Constitución y el Estatuto de Guernica, porque éste es el único marco de convivencia respetuoso con todas las identidades y sensibilidades. Precisamente el PSE dejó hace años de defender ardientemente la Constitución para lanzar el denominado "proceso de paz", la motivación no era sólo buscar el fin de la violencia sino favorecer los llamados "acuerdos transversales", que no son otra cosa que romper la alianza entre constitucionalistas para buscar el entendimiento con Batasuna. Esta estrategia se llevó por delante a dirigentes como Nicolás Redondo o Rosa Díez. Ésta es la zona oscura de Patxi López que no conviene olvidar en estas elecciones.     

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