Gracias, padre

Mundo · José Luis Restán
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11 marzo 2009
Una conmoción serena le recorre a uno el alma tras la lectura de la carta que Benedicto XVI ha dirigido a sus hermanos obispos en todo el mundo para explicar las razones que le movieron a la remisión de la excomunión de los cuatro obispos ordenados por el arzobispo Lefebvre. Ahí está sobre todo, abierto en canal, el corazón de un pastor a la medida de Cristo. Ahí está el dolor de un padre que ha sido maltratado e incomprendido por muchos de los suyos. Ahí está el hombre humilde que no esconde los errores del cuerpo humano de la Iglesia que él preside. Ahí se revela, en fin, la mano firme de Pedro que agarra el timón en medio de la tempestad.

En primer lugar el Papa reconoce que su decisión ha suscitado dentro y fuera de la Iglesia una discusión de una vehemencia desconocida. A ello colaboró la falta de una explicación clara del alcance y los límites de su decisión en el momento en que fue publicada, y más aún la superposición del caso Williamson, con sus nefastas declaraciones sobre la Shoá. Y así un gesto de reconciliación con un grupo eclesial separado se trocó en lo contrario, "en un aparente volver atrás en la reconciliación entre cristianos y judíos", tarea a la que ha servido desde el principio la teología de Joseph Ratzinger.

Con paciente minuciosidad Benedicto XVI responde una por una a las acusaciones que ha recibido. No esconde su dolor pero no hay sombra de resentimiento, como si de esta vorágine de críticas emergiera más límpida su humanidad cristiana. "¿Era necesaria esta iniciativa, constituía realmente una prioridad, acaso no había cosas más importantes?". La prioridad del Papa sólo puede ser hacer presente a Dios en este mundo, abrir a los hombres el acceso al Dios que habló en el Sinaí y cuyo rostro reconocemos en Cristo crucificado y resucitado. Porque cuando se apaga la luz que procede de Dios, la humanidad se hunde en la oscuridad.

De esta tarea de conducir a los hombres al Dios de Jesucristo deriva la urgencia de velar por la unidad de los creyentes. Por eso es preciso buscar también, dice el Papa, "las reconciliaciones pequeñas y medianas". Y Benedicto XVI demuestra que el suyo no ha sido un gesto romántico, aislado de la realidad o fruto de una obsesión personal: "yo mismo he visto en los años posteriores a 1988 cómo mediante el regreso de comunidades separadas anteriormente de Roma ha cambiado su clima interior; cómo el regreso a la gran y amplia Iglesia común ha hecho superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego han surgido fuerzas positivas para el conjunto". ¿Debía el Papa realmente dejar tranquilamente que esta parte del rebaño anduviera a la deriva, tras observar que había motivos para el acercamiento?…

La remisión de las excomuniones a los cuatro obispos tiende a invitarlos al retorno, pero no significa que la Fraternidad San Pío X haya alcanzado la plena comunión. Quedan pendientes serias cuestiones doctrinales (entre ellas la plena aceptación del Concilio Vaticano II) y mientras tanto los miembros de dicha Fraternidad no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia. A este respecto el Papa les advierte que "no se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962", pero también añade que "a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia".

Cuando llega el momento de abordar la zarabanda de declaraciones que han salpicado esta polémica, Benedicto XVI no es precisamente blando. Reconoce que de parte lefebvriana se han escuchado muchas cosas fuera de tono, a las que califica como soberbia, presunción y obcecación, aunque también ha recibido desde esa orilla conmovedores testimonios de gratitud y apertura de corazón.  Pero también en el ámbito eclesial se han producido amargas salidas de tono, como si el gesto de misericordia del Papa justificase para muchos dirigirle acusaciones intolerantes y llenas de odio. En la parte final del texto evoca el famoso pasaje de la carta a los Gálatas en el que san Pablo advierte a la comunidad de que si unos y otros se muerden y devoran terminarán por destruirse mutuamente. Nosotros, dice el Papa, no somos mejores que los Gálatas, y no debemos escandalizarnos. Estamos amenazados por sus mismas tentaciones y debemos aprender una y otra vez la prioridad del amor y el uso justo de la libertad. Para eso contamos con el Señor, "que nos guiará incluso en tiempos turbulentos".          

Después de haber leído las imprecaciones de algunos teólogos, los titulares miserables de cierta prensa, e incluso las timoratas dubitaciones de algún episcopado centroeuropeo, la lectura de esta carta me trae la imagen contrapuesta del águila y de las gallinas. Benedicto XVI remonta el vuelo como un águila, pero al tiempo está cercano a nuestro dolor cotidiano, a nuestras pobres disputas, a nuestra débil fe de cada día. Ésa es su tarea, la de confirmarnos en la fe, y con esta carta impresionante la ha cumplido una vez más. Gracias, padre.   

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