Esta es también nuestra guerra

Miramos en estas horas los mapas de Oriente Próximo que se utilizan para hacernos más gráfica la magnitud de la guerra en Irán. Escuchamos análisis geoestratégicos que nos explican las posibles consecuencias de un conflicto de grandes dimensiones que pone en peligro la paz mundial. Vemos en nuestros móviles las fotos y los videos de las explosiones de las bombas: columnas de humo en edificios en los que viven personas como nosotros. Personas como nosotros. La guerra no es una abstracción.
Estamos ante una guerra ofensiva que no es justa. Esta guerra se podría haber evitado utilizando la vía diplomática, a lo que se recurrió hasta 2018. Es una guerra sin posibilidades de éxito que produce males peores que los que se intentan eliminar. Es necesario decirlo pero no es suficiente.
Para comprender mínimamente este conflicto no solo basta conocer las claves internacionales cuando ha desaparecido el respeto a las reglas. No lo entenderemos sin la conmoción que ha expresado el Papa en su reciente visita a una escuela en Roma: “¡Otra vez la guerra!”. Es el estremecimiento que entiende con sorpresa herida que detrás de los mapas, de las declaraciones de los líderes mundiales, de las columnas de humo y de las discusiones sobre si ha sido conveniente atacar Irán—detrás de todo eso—está la pobre gente, gente como nosotros, que desde hace unos días convive con un miedo inhumano, con la muerte, con la inseguridad respecto al futuro. No nos hacemos cargo del conflicto si anestesiamos cínicamente el golpe que para nuestra razón y afecto implica una guerra. Mañana podemos estar nosotros bajo las bombas. Pero la guerra no empieza con las bombas.
León XIV ha añadido a su sorpresa una pregunta. Sin pregunta nos deshumanizamos: “¿Por qué existe el mal?” Porque “el hombre puede elegir la vida o la muerte”. También nosotros estamos ante la vida o la muerte. No somos ajenos al malestar y a la polarización, a la deshumanización “del otro”, que alimenta la guerra. Es un problema que toca el origen de la moral, es un problema que tiene que ver con la satisfacción que cada uno busca y encuentra en la vida. Dice san Agustín: “es afortunado quien posee lo que quiere y no quiere nada malo”. Solo si encontramos aquello que queremos, aquello que deseamos, rechazamos el mal.
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