¿Es posible humanizar a la comunidad política?

Mundo · Rafael Luciani
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30 mayo 2014
En cualquier país los ciudadanos formamos una comunidad política y estamos llamados a custodiar que las prácticas sociopolíticas, económicas y religiosas se orienten al bien común (Populorum Progressio 42), sin exclusión ni excepción por motivo alguno. De nuestra participación responsable y activa en la vida sociopolítica y económica de los países depende la salud colectiva de todos y cada uno de sus miembros.

En cualquier país los ciudadanos formamos una comunidad política y estamos llamados a custodiar que las prácticas sociopolíticas, económicas y religiosas se orienten al bien común (Populorum Progressio 42), sin exclusión ni excepción por motivo alguno. De nuestra participación responsable y activa en la vida sociopolítica y económica de los países depende la salud colectiva de todos y cada uno de sus miembros. Debemos entender que «la salud de una comunidad política es la condición necesaria y garantía segura para el desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres, en cuanto se expresa mediante la libre participación y responsabilidad de todos los ciudadanos en la gestión pública, la seguridad del derecho, el respeto y la promoción de los derechos humanos» (Sollicitudo rei socialis 44).

Muchas veces nos quedamos en un análisis técnico o meramente administrativo de la cuestión política o económica. Incluso, muchos creyentes creen que la fe no debe involucrarse en la crítica política o el desarrollo económico, personal y social. Esta actitud genera una gran indolencia, que sólo agrava los problemas sociales ya existentes en cada país.

El discernimiento de lo político ha de ir más allá de una mera crítica pragmática sobre el buen funcionamiento o no de las estructuras sociopolíticas y los sistemas económicos, privados o públicos. Urge recuperar, ante todo, la visión moral de la crítica política. Esto significa que el paso de condiciones de vida menos dignas a otras mejores y más humanas (Medellín 6), sólo puede ser aceptado cuando se construye por medio de medios moralmente lícitos (Los católicos en la vida política 6, Congregación para la Doctrina de la Fe). De otro modo estaremos contribuyendo y siendo cómplices con la deshumanización de un país y su sociedad, e incluso de su cultura.

La verdad moral se mide por el grado de humanización o fraternización de una sociedad. La lógica de la fraternidad se basa en relaciones que unen a todos los ciudadanos más allá de sus creencias religiosas, posiciones políticas o estatus socioeconómicos. En 1948 la Declaración Universal de los DDHH reconoció que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos», pero precisó que «siendo dotados de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros» (artículo 1). Es una lógica no retributiva, sino recíproca y potenciadora de los dones y los talentos personales, para ponerlos al servicio del bien común.

Actuar fraternalmente implica reconocer que la dignidad humana es sagrada y que no está condicionada por posiciones políticas, socioeconómicas o religiosas. Sin el respeto absoluto a esta dignidad, una sociedad podrá ser libre e igualitaria, pero nunca será fecunda ni sana, y estará destinada al conflicto permanente.

Los procesos de deshumanización comienzan cuando nos acomodamos al estado de cosas que nos rodean y sólo buscamos sobrevivir, independientemente de la validez ética y la verdad moral de los medios utilizados para lograr los fines que nos proponemos. Al perder el horizonte moral caemos en la banalización de las prácticas, se consolidan actitudes como la indiferencia y la indolencia, y lo absurdo se va imponiendo como normal. En fin, se inicia un proceso de deshumanización progresiva.

Sanar a un país exige discernir la verdad moral de las prácticas sociopolíticas y religiosas. Y esto implica velar por «la centralidad de la persona humana, los derechos humanos, el pluralismo político frente al pensamiento único y la exclusión por razones ideológicas o por cualquier otro motivo (…); la lucha contra la pobreza, el desempleo, la inseguridad jurídica y social, y la violencia (…); la libertad de expresión y una respuesta a la situación infrahumana de nuestros hermanos privados de libertad y de los que se sienten perseguidos» (CEV. Tiempo de diálogo). Este es el reto del cual depende el bienestar y el desarrollo de los ciudadanos de un país y el cuidado de su cultura.

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