Erdogan paga la `traición` al califa

Mundo · Renato Farina
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29 junio 2016
Atacar un aeropuerto no es igual que atacar el corazón de un país, pero sí supone quererlo aislar, cerrarlo, significa cortarle las manos para llegar a otros, coartar el deseo de acercarse a un pueblo amigo.

Atacar un aeropuerto no es igual que atacar el corazón de un país, pero sí supone quererlo aislar, cerrarlo, significa cortarle las manos para llegar a otros, coartar el deseo de acercarse a un pueblo amigo.

Eso es lo que pasó el martes por la tarde en Estambul, la puerta europea de Turquía, en el aeropuerto de Ataturk. Tres o cuatro terroristas irrumpieron en la terminal de vuelos internacionales. Dispararon a la multitud y luego se inmolaron. Quien, como el que escribe, ha viajado últimamente a Estambul sabe que los controles son rigurosos, no solo en los embarques sino también en la entrada. Pero contra alguien que usa su propio cuerpo como bomba no existe el remedio del último minuto, la única posibilidad es identificar las células asesinas antes de que se muevan de sus bases, y eso implica un gran trabajo de inteligencia.

Hasta ahora se contaban ya seis atentados en los que va de año en territorio turco. El gobierno de Erdogan prefiere endosar sistemáticamente la responsabilidad a los extremistas kurdos, que no son tímidos precisamente, pero ahora los que atacan son los hombres del califa, que se sienten traicionados por el país y el gobierno que hasta el año pasado era una especie de Estado amortiguador, neutral cuando no implícitamente favorable a la yihad de Al Baghdadi, aliada con los milicianos del Isis en su lucha contra Bashar al Assad y los guerrilleros kurdos.

Es totalmente necesario romper el aislamiento de Turquía, ofreciendo a Erdogan la vía para relanzar relaciones de colaboración más firme con Occidente. Es el único camino. El terrorismo ataca a quien está aislado. Erdogan ha marcado un curso político a su Turquía que está cargado de contradicciones: abre el acuerdo con la Unión Europea para acoger a los refugiados previo pago convenido (tres mil millones de euros), luego amenaza a los países que reconocen el genocidio armenio, cierra acuerdos intra-sunitas con los palestinos de Hamás, acaba de firmar un acuerdo de pacificación y buenas relaciones con Israel (en clave anti-iraní), critica a Moscú por su ayuda a Assad en Damasco, y ahora pide perdón por el jet ruso abatido recientemente en la frontera con Siria.

Probablemente, con este atentado, por la técnica utilizada, el califa da el acuse de recibo de la decisión de hostilidad de Erdogan y le manda una terrible señal. Quiere aislar al país, acabar con el turismo, impedir la mezcla de islámicos e “infieles”. Por nuestra parte, en este momento se trata de crear condiciones de amistad, democracia, derechos humanos y seguridad para poder implicar a Turquía en la Unión Europea, según niveles de pertenencia graduales pero sin humillaciones. Hay por medio razones de justicia y solidaridad hacia un gran pueblo, y también sanos cálculos de realismo político. No podemos permitirnos dejar en la puerta a un gigante económico, militar, cultural, geopolíticamente esencial. Una guerra total con el califato en sus más diversas ramificaciones no permite la neutralidad de nadie.

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