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El rolar de los vientos

España · GONZALO MATEOS
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14 julio 2023
En la escena pública cada día más el viento está rolando pero para los que se saben buenos navegantes todos los vientos le son favorables.

Es conocido que los de Cádiz nos pasamos el día hablando de los vientos. No es lo mismo anticipar cuándo entrará el levante que nos quitará el sosiego o cuando lo hará el poniente que nos dará una tregua en el asfixiante verano. En la escena pública internacional se da por hecho que el viento ya está rolando. Durante las últimas décadas ha soplado una brisa casi constante de un pensamiento universalista, de apertura y globalización, que alguno ha venido a denominar como el de una cultura de la emancipación promovida por las élites bien formadas habituadas a viajar y a moverse en ambientes internacionales. A su sombra ha crecido también una cultura del arraigo, que solicita volver a lo próximo, a los valores tradicionales y locales, temiendo la pérdida de los elementos identitarios amenazados por la multiculturalidad y el excesivo poder del capitalismo líquido global. La nueva ventolina favorece a estos últimos.

Desde el sur y el este se levantan aires de viejos imperialismos, de líderes fuertes y carismáticos, de nacionalismos tecnocráticos o religiosos de uno u otro signo. En una reciente reunión del G20 en la India he comprobado el éxito del discurso paternalista, identitario y ultranacionalista del presidente Modi que ha obtenido el apoyo de la población más numerosa del planeta apelando a la bandera y acallando toda oposición. En China crece la pretensión de una hegemonía económica, tecnológica y política que augura conflictos en todo el mundo. Los rusos utilizan la ciberguerra y sus materias primas para mentir sin rubor y lograr aliados silentes ante sus crímenes. En Oriente Medio se vive todavía del espejismo del petróleo y se reafirman las monarquías teocráticas intolerantes. África se deja seducir por los cantos de sirena del poder ilimitado y resuena la música del anticolonialismo que sostiene a gobiernos títeres violentos. En América ya hace tiempo que sopla el populismo victimista y opresor que culpabiliza a los demás de las propias miserias. Trump vuelve a asomar al norte. Crecen los presupuestos de defensa y las reuniones bilaterales. En las calles centroeuropeas se queman contenedores anticipando ráfagas de descontento social profundo. Y hasta en los países nórdicos se vuelven a escuchar desinhibidos himnos nacionalistas.

Es el silbido de los golpes de viento entre los edificios de las viejas democracias liberales, que algo cansadas y agotadas, observan escandalizadas y temerosas el crecer de la tentación del radicalismo excluyente. Atónitas se preguntan cómo renovar valores que creían consolidados pero que ahora descubren en retroceso. Es el despliegue de un ansia de justicia y de protección ante un peligro inminente con nombre de crisis inflacionaria, revolución digital y de una sensación de inmigración descontrolada que nubla una visión esperanzada sobre el futuro.

«El Gobierno se ha distinguido por una excesiva politización de las instituciones y una cerrazón ideológica»

En España asistimos a las últimas semanas del Gobierno Sánchez. El balance final se puede anticipar que en términos generales no será bueno. Ha sido un gobierno personalista, tacticista y tramposo. La parte más negativa ha sido la de la excesiva politización de las instituciones y una suficiencia intelectual marcada por la cerrazón ideológica. Y es una lástima. Era el primer gobierno de coalición nacional y no ha funcionado. A los españoles no costará tiempo aprender a gobernar junto a otros.

Los socios radicales de gobierno rompieron la baraja desde el mismo momento del reparto de cartas. Deslealtad institucional premeditada agudizada por el deslumbramiento del oropel, los falcon y el clientelismo de amigos y compañeros de partido. Y una pésima gestión de los recursos públicos y del BOE. El problema es cuando te das cuenta que te has vuelto adicto al poder y no hay metadona posible para paliarlo. Belarra y Montero se han convertido en villanas de novela gráfica con una maldad poco disimulada y una radical incompetencia. Hasta los suyos reniegan.

En menor medida lo mismo le ha ocurrido al PSOE. Un partido entregado a un líder rodeado de un ejército de aduladores, asesores de imagen, dircoms y estrategas de salón. Un gobierno confundido con un partido que ha ocupado sin pudor todos los niveles de la administración. Bastaba un carnet y un par de lugares comunes para ocupar puestos donde por mérito nunca se hubiera podido acceder. Un gabinete de gente guapa del progresismo con escaso talento político y una inquebrantable adhesión al mando. Ahora cunde la incredulidad y un insufrible victimismo. No cabe duda que algunas iniciativas políticas han funcionado (¿cómo no?) pero generalmente han venido acompañadas de una completa ausencia de autocrítica y de una ineptitud evidente. Algunos han trabajado duro, pero la sensación general es de fracaso.

La Unión Europea ha vuelto a ser la tabla de salvación (otra vez). El mejor Sánchez se ha visto fuera. No basta. La carcoma de la política vacía ha acabado por colapsar el edificio por los cimientos. Se tardará tiempo en volver a construir sobre las ruinas que dejará el sanchismo para los socialdemócratas bienintencionados. Lo mismo que al socialismo en Europa que ha perdido una visión creíble de lo que acontece. En un entorno favorable para la intervención pública, los votantes los consideran incapaces y elitistas. Verdes y Radicales les han comido la iniciativa. Tendrán que reinventarse fuera del poder. Como también lo tendrá que hacer el centro derecha si triunfan las voces que solicitan ceder ante las iniciativas viscerales de Vox.

«Un individualismo identitario impide una debate sobre los problemas comunes»

El problema es que sociedades e individuos tampoco hemos estado a la altura de los tiempos, ni en la denuncia de los abusos gubernamentales ni en las propuestas de políticas novedosas inclusivas. El tono vital social sigue sufriendo de anemia y las voces discordantes con el poder se vuelven reaccionarias, sentimentales o espirituales. El economicismo sigue ahí, así como un individualismo identitario que impide el debate público sobre los problemas comunes. La opulencia consumista y la soledad digital hace casi imposible ser verdaderos protagonistas, tener un juicio claro sobre la finalidad de la vida y de la sociedad.

El viento puede arrebatarte el sombrero, pero no la cabeza. Uno debe saber siempre razonar por muy fuerte que arrecie el vendaval. Cada uno de nosotros somos arraigo y emancipación, identidad realizada y promesa de ser. Ancla y vela, raíz y ramas. Cuando en Cádiz sopla el levante todos cerramos bien las puertas y evitamos salir a la calle durante las horas de calor. Es el momento de hacer lo contrario. Con la satisfacción alegre de lo alcanzado debemos abrir ventanas y salir al encuentro de los demás sin temer a lo que sucede o a lo que está por venir. No es tiempo ni de agoreros ni de jeremías. Para los que se saben buenos navegantes todos los vientos le son favorables. Lo único imprescindible es conocer bien el rumbo, llevar al corazón de la tripulación el deseo de un buen destino, atar bien los cabos y salir a mar abierto oteando el horizonte y de reojo al variar de los catavientos.

 

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