El Papa y el islam. Tres pilares de un magisterio

Mundo · Andrea Tornielli
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21 marzo 2021
Un hilo conductor une los discursos de Bakú, El Cairo y Ur, señalando la necesidad de una auténtica religiosidad para adorar a Dios y amar a los hermanos, y de un compromiso concreto por la justicia y la paz

Existe un hilo conductor que une tres importantes intervenciones del papa Francisco respecto al diálogo interreligioso, concretamente con el islam. Se trata de un magisterio que propone una hoja de ruta con tres hitos fundamentales: el papel de la religión en nuestras sociedades, el criterio de la auténtica religiosidad y la vía concreta para caminar como hermanos y construir la paz. Los vemos en los discursos del obispo de Roma en Azerbaiyán en 2016, Egipto en 2017 y ahora en su viaje histórico a Iraq, en la inolvidable cita en Ur de los caldeos, la patria de Abrahán.

El primero discurso tenía como interlocutores a los chiitas azeríes, pero también a otras comunidades religiosas del país, el segundo se dirigía principalmente a los musulmanes sunitas egipcios, y el tercero a un auditorio interreligioso más amplio aunque de mayoría musulmana, pero también con cristianos y representantes de las antiguas religiones mesopotámicas. Lo que Francisco propone no es un enfoque que olvide las diferencias e identidades para igualarlo todo. Se trata más bien de una invitación a ser fieles a la propia identidad religiosa para rechazar cualquier manipulación de la religión para fomentar el odio, la división, el terrorismo, la discriminación, y al mismo tiempo testimoniar en sociedades cada vez más secularizadas nuestra necesidad de Dios.

En Bakú, ante el Jeque de los musulmanes del Cáucaso y los líderes de otras comunidades religiosas del país, Francisco recordó la “gran tarea” de las religiones: “acompañar a los hombres en la búsqueda del sentido de la vida, ayudándoles a entender que las limitadas capacidades del ser humano y los bienes de este mundo nunca deben convertirse en un absoluto”. En El Cairo, en la Conferencia Internacional por la Paz promovida por el Gran Imán de Al Azhar, Al Tayyeb, Francisco afirmó que el monte Sinaí “nos recuerda, en primer lugar, que una verdadera alianza en la tierra no puede prescindir del Cielo, que la humanidad no puede pretender encontrar la paz excluyendo a Dios de su horizonte, ni tampoco puede tratar de subir la montaña para apoderarse de Dios”. Un mensaje de gran actualidad ante lo que el Papa denominaba como una “peligrosa paradoja”, es decir, por un parte la tendencia a relegar a la religión solo a la esfera privada, “sin reconocerla como una dimensión constitutiva del ser humano y de la sociedad”; y por otra la inoportuna confusión entre esfera religiosa y política. En Ur, el pasado sábado 6 de marzo, Francisco recordó que si el hombre “elimina a Dios, acaba adorando a las cosas mundanas” e invitaba a elevar “los ojos al Cielo”, definiendo como “verdadera religiosidad” la que adora a Dios y ama al prójimo. En El Cairo, el Papa explicó que los responsables religiosos están llamados “a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad, apoyándose en la absolutización de los egoísmos antes que en una verdadera apertura al Absoluto” y a “denunciar las violaciones que atentan contra la dignidad humana y contra los derechos humanos, a poner al descubierto los intentos de justificar todas las formas de odio en nombre de las religiones y a condenarlos como una falsificación idolátrica de Dios”.

En Bakú, el Papa insistió en que la tarea de las religiones es ayudar “a discernir el bien y ponerlo en práctica con las obras, con la oración y con el esfuerzo del trabajo interior, están llamadas a edificar la cultura del encuentro y de la paz, hecha de paciencia, comprensión, pasos humildes y concretos”. En época de conflictos, las religiones –afirmó el sucesor de Pedro en Azerbaiyán– “son auroras de paz, semillas de renacimiento entre devastaciones de muerte, ecos de diálogo que resuenan sin descanso, caminos de encuentro y reconciliación para llegar allí donde los intentos de mediación oficiales parecen no surtir efecto”. En Egipto explicó que “ninguna incitación a la violencia garantizará la paz” y que “para prevenir los conflictos y construir la paz es esencial trabajar para eliminar las situaciones de pobreza y de explotación, donde los extremismos arraigan fácilmente”. Palabras que también resonaron en Ur. “No habrá paz sin compartir y acoger, sin una justicia que asegure equidad y promoción para todos, comenzando por los más débiles. No habrá paz sin pueblos que tiendan la mano a otros pueblos”.

Las tres intervenciones papales señalan por tanto el papel que tiene hoy la religiosidad en un mundo donde prevalecen el consumismo y el rechazo de lo sagrado, donde se tiende a relegar la fe a lo privado. Pero, según Francisco, hace falta una religiosidad auténtica, que nunca separe la adoración de Dios del amor a los hermanos y hermanas. Por último, el Papa indica una manera de lograr que las religiones contribuyan al bien de nuestras sociedades, recordando que hace falta un compromiso por la causa de la paz y para responder a los problemas y necesidades concretas de los últimos, de los pobres e indefensos. Es la propuesta de caminar codo con codo, “fratelli tutti”, para ser concretamente artesanos de la paz y la justicia, más allá de las diferencias y respetando la identidad de cada uno. Un ejemplo de este método lo citaba Francisco recordando la ayuda que los jóvenes musulmanes prestaron a sus hermanos cristianos en la defensa de las iglesias de Bagdad. Otro ejemplo lo vimos en Ur, en el testimonio de Rafah Hussein Baher, una mujer iraquí de religión sabea-mandea, que quiso recordar el sacrificio de Najay, un hombre de su misma religión, de Bassora, que perdió la vida por salvar la de su vecino musulmán.

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