El libro de la selva

Cultura · Víctor Alvarado
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19 abril 2016
Parece inevitable que la maquinaria de la factoría Disney frene su nueva política, dado el éxito de transformar sus películas de animación en largometrajes de personajes de carne y hueso como ya hizo con Maléfica y Alicia en el país de las maravillas, por poner un par de ejemplos.

Parece inevitable que la maquinaria de la factoría Disney frene su nueva política, dado el éxito de transformar sus películas de animación en largometrajes de personajes de carne y hueso como ya hizo con Maléfica y Alicia en el país de las maravillas, por poner un par de ejemplos.

Mowgli es un niño criado por una manada de lobos. Este pequeño deberá abandonar la selva porque el tigre Shere Khan le persigue. Sin embargo, el chaval no está solo, ya que algunos animales, como un oso y una pantera, le protegen.

El encargado de llevar a buen puerto este proyecto ha sido un especialista en el cine de superhéroes. John Favreau nos hizo reír y vibrar en la butaca gracias a sus trabajos en las dos primeras partes de Iroman, protagonizadas por Robert Downey Jr. El cineasta se enfrenta a un reto porque El libro de la selva ha tenido buenas adaptaciones cinematográficas de la novela de Rudyard Kipling. Por lo visto, la producción combina tanto las técnicas más avanzadas en animación como las nuevas tecnologías que permiten capturar el movimiento de los animales para que todo parezca lo más real posible y uno se introduzca totalmente en la historia. Como dato curioso, el director compara la relación de Mowgli y Baloo con la de él y su abuelo. Además, el realizador explicó que para él no sólo la técnica es suficiente, sino que se deben transmitir emociones. Una de las claves para entender el buen funcionamiento del largometraje ha sido alcanzar el equilibrio entre el drama y la acción trepidante, sin olvidar ciertos toques de humor y nostalgia que, lógicamente, nos hace mirar hacia 1967 y Wolfgang Reitherman que nos tocó el corazón en la archiconocida y divertida cinta de de dibujos animados que se homenajea.

Tanto cineasta como guionista han tratado no sólo de entretener, sino de ser fieles a los valores que transmiten los textos del escritor nacido en el siglo XIX, como el de la amistad de dos puntos de vista, el de su mentor Bagheera y el de un espíritu libre como el de Baloo. Merece la pena prestar atención al tema de la acogida, puesto que ha sido tratado con un gusto exquisito, lo que permitiría plantear un cine fórum por el sacrificio que supone este gesto y la enorme recompensa. Por otro lado, el concepto de trascendencia se sugiere sutilmente por el enorme respeto que profesan todos los animales hacia los elefantes, a los que consideran los creadores de ese “paraíso” terrenal. Y es que, en este caso, hay que reconocer que Disney cuida esos pequeños detalles que mejoran y engrandecen a sus antecesoras como ya se hizo en el planteamiento inicial de la versión del año anterior de Cenicienta.

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