El G8 del Papa

Mundo · Luca Pesenti
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7 julio 2009
El Papa Benedicto XVI ha escrito a Silvio Berlusconi, presidente de la cumbre del G8, en calidad de anfitrión para hacer llegar así su mensaje a los grandes de la Tierra, que se reúnen a partir del miércoles en L'Aquila en una cumbre que debe buscar respuestas a la crisis, superando la debilidad crónica de la política con una situación de mercado enfermo pero empeñado en bastarse a sí mismo. La carta, muy sincera y dramática, trata como en otras ocasiones de aportar una contribución a la agenda de asuntos prioritarios. Las prioridades del bien común, de todos y de cada uno.

Escribe el papa que los "desafíos de la crisis económico-financiera actual", así como "los preocupantes datos del cambio climático" hacen necesario y urgente "un discernimiento sabio y nuevos proyectos para construir un modelo de desarrollo" capaz "de promover de forma eficaz un desarrollo humano integral, inspirado en los valores de la solidaridad humana, la caridad y la verdad".

Se podría pensar en un texto fuertemente crítico con el modelo de desarrollo occidental. Pero la clave de su razonamiento no es de lucha anticapitalista ni de aversión ideológica al mercado. Se expone menos que nunca a los riesgos de la peligrosa deriva (anunciada con satisfacción por parte del mundo católico) hacia el fantasma de la recesión. En este punto, para evitar cualquier malentendido, el papa hace referencia explícita a su primera encíclica social (Caritas in veritate), cuya presentación oficial tendrá lugar precisamente (y quizá no por casualidad) en la víspera de la cumbre italiana.

Al leer los adelantos que circulan estos días, emerge de ella una visión armónica de la realidad social, en cuyo centro no están las reglas (cada vez más difícilmente garantizadas por los Estados o las organizaciones internacionales) ni los mecanismos abstractos (la mítica (mano invisible" de un mercado presuntamente autosuficiente), sino el hombre con sus exigencias constitutivas, sus deseos de bien, de felicidad, de justicia. El mercado, escribe Benedicto XVI en su tercera encíclica, "es la institución económica que permite el encuentro entre las personas (…) para satisfacer sus necesidades y deseos". Pero por su naturaleza (porque así es la naturaleza del hombre y de todo lo que construye) "no es capaz de producir nada más allá de sus posibilidades. Hay que sacar energías morales de otros sujetos que estén en condiciones de hacerlo". El mercado, en definitiva, necesita estar inmerso en una realidad social más grande, que le dé confianza, gratuidad, justicia. De otro modo, todo son problemas.

Analizada a través de estas páginas llenas de razonabilidad, la carta a los grandes de la tierra asume un significado aún más apremiante. Para hacer frente a la crisis, para intentar erradicar la pobreza y la miseria, no valen los grandes proyectos abstractos, las políticas desde arriba, el paternalismo del Estado asistencial. Ni basta con dejar andar al mercado a rienda suelta. Al contrario, es necesario una inversión decidida en "recursos humanos", que son la principal solución a la crisis que nos sacude. ¿Y cómo se invierte en personas, en capital humano? A través de la educación, la subsidiariedad y el trabajo.

Una propuesta esencial la del Papa, en la que los Estados y las organizaciones internacionales están llamados a sostener, y no a sustituir, tantos esfuerzos realizados en primer lugar por la Iglesia y otras confesiones religiosas, directamente o a través de la red de ONG presentes en todos los rincones del globo.

Éste es el verdadero desafío que la política está llamada a afrontar. Más allá de una distinción antihistórica entre un mercado irremediablemente perverso y un Estado naturalmente portador exclusivo del principio de justicia y demás pretensiones (o esperanzas) de un gobierno global que cada vez se parece más a una quimera.

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