El cielo sobre Berlín

Mundo · José Luis Restán
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23 marzo 2011
Con Benedicto XVI parece que siempre funciona el "más difícil todavía". En septiembre les espera la gran Alemania, su patria, y la estación central está en Berlín. Ciudad enigmática, cóctel explosivo de diversas esencias: la fría rigidez prusiana; la ideología marxista y el consiguiente vacío existencial; la inquietud cultural siempre en el filo de la protesta contra la tradición; y una suerte de contracultura underground que convive con la soberbia tecnológica de una ciudad que quiere proyectarse al futuro a todo gas, quizás porque su pasado está lleno de incómodos fantasmas.

Desde el punto de vista de la historia católica, Berlín es también el emblema de la Kulturkampf y de la atávica revuelta antirromana, que siempre encuentra en suelo germano un humus especialmente fértil. Bonito escenario para el Papa nacido en Baviera, para el teólogo que ha desanudado todos los complejos ligados a ese malestar difuso que ahora puede convertirse en un torrente de improperios. Pero él quiere ir, sabe bien que tiene que ir precisamente allí. Se lo dijo a su paisano Peter Seewald: "sí, allí el rebaño está apremiado, y si el Señor me regala todavía la fuerza necesaria, iré con gusto".

Si bastaran los meros análisis sociológicos el panorama es más bien desolador. El alejamiento de las tan traídas raíces cristianas es clamoroso, la cultura del 68 ha hecho estragos en la familia y en la escuela, y a la emoción consiguiente a la caída del Muro le ha sustituido un pragmatismo salvaje. La comunidad católica no encuentra una guía clarividente en medio de este oleaje: los teólogos parecen anclados en las polémicas de los 70 del pasado siglo, a los obispos les cuesta cambiar de coordenadas de la misión en sintonía con los últimos papas, la penetración de la mentalidad relativista hace estragos. Además es momento de cambios cruciales en el episcopado. Al Primado Meisner (gran amigo del Papa) le llega la hora del relevo, y precisamente en Berlín ha tenido que dejar las riendas el cardenal Sterzinsky, aquejado de una grave enfermedad. Decisiones difíciles para el Papa en la vigilia de su viaje más esperado, porque hace falta un episcopado más compacto para el impulso de una nueva misión. Con todo, existe un pequeño rebaño (uso la expresión en sentido bíblico, no numérico) que intenta vivir su fe con fidelidad, que se adhiere con sencillez al testimonio de Benedicto XVI, que vive ya la libertad de quien no defiende un terreno que le están arrebatando, sino que propone la novedad inimaginable del cristianismo en medio de una sociedad que lo desconoce. El rebaño está muy apremiado, sí, y por eso no puede faltarle su pastor.

Algunos se han aprestado a preparar la traca para este viaje. Primero los 170 teólogos y su manifiesto con aromas de ropa vieja; después algunos diputados de la CDU, católicos adultos, se entiende, que reclaman una excepción germana a la ley del celibato; y también anfitriones como el alcalde Klaus Wowereit, que pretende afear públicamente al Papa su cerrazón frente a la  homosexualidad. Pero esperemos el gran momento de la intervención del obispo de Roma ante el Bundestag, un evento para la historia. También los hermanos protestantes, a través del presidente de la Iglesia Evangélica, Nikolaus Schneider, han dado a conocer su disgusto porque entienden que en el primer boceto de programa se les prestaba poca atención. Naturalmente, el acento ecuménico será también prioritario, y el Papa ha tomado pluma y papel para explicárselo con sencillez a Schneider. En todo caso hay ruido, mucho ruido en los meses previos a una visita que empieza a parecer un campo de minas.

Ahora bien, mientras los centros de poder recelan, un estudio elaborado por el instituto demoscópico Forsa ha sorprendido a todos al mostrar que un 29% de los alemanes confiesan tener "gran confianza" en Benedicto XVI, una cifra muy superior a la que cosechan empresarios, políticos y las propias autoridades eclesiásticas (evangélicas y católicas) radicadas en ese  país. Por ejemplo, entre los católicos alemanes el 50% consideran "altamente creíble" al Papa Ratzinger, mientras que sólo un 21% expresa un juicio análogo respecto a la institución eclesial. Son datos que podrían hacer pensar a algunos "reformadores", que se aprestan siempre a representar al pueblo en una supuesta revuelta contra Roma.

Junto al "pequeño rebaño" que pide a gritos ser confirmado en la fe, el Papa piensa también en la gente corriente, ésa que en el fondo no representan los intelectuales en boga, ni los grandes medios de comunicación. Gente cuya cultura de pueblo ha sido desgastada de forma inmisericorde durante estos últimos decenios, pero que no ha perdido el instinto para reconocer quién tiene una palabra de verdad, quién enciende una candela en la noche. Y esa gente, si tiene oportunidad, querrá ver y escuchar a Benedicto XVI, en Erfurt, en Friburgo, y por supuesto en Berlín. Por eso el Papa quiere correr este riesgo, porque sabe que con su presencia sobre el terreno la causa de la fe sólo puede ganar. Él quiere moverse en el territorio del corazón, donde se expresan las preguntas inextirpables del hombre, donde aflora el presentimiento de una verdad anhelada, donde el hambre y la sed del Infinito no han podido ser liquidadas por cuarenta años de ácido ideológico en estado puro.

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