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El cielo no puede esperar

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15 abril 2012
"Repensando el cielo". Ese ha sido el titular de portada de la revista Time la semana pasada. La presentación del amplio servicio de las páginas interiores era muy explícito: "el cielo no puede esperar". A lo largo de seis condensadas páginas se ofrecía, con un amplio despliegue, el debate sobre cómo entienden las diferentes iglesias la vida tras la muerte, la relación entre Dios el mundo y el significado de la resurrección.

Un buen retrato, a través de la discusión teológica, de la relación que tiene los estadounidenses con la realidad. Con sus evidentes límites: una tradición cristiana que ha estallado en mil pedazos y que se ha convertido ya en self-religion y que deja a casi todos a merced de un subjetivismo y de un individualismo terrorífico. Y con sus grandezas: una apertura alejada del cinismo. Un 85 por ciento de los estadounidenses, según una encuesta de Gallup, creen en la vida después de la muerte.

En España, como en otros países del Viejo Continente, la estadística rebaja los resultados a la mitad. Según la última entrega de la Encuesta Europea de Valores en el cielo creen el 42 por ciento. Algunos pensarán que es un porcentaje bajo porque según el Centro de Investigaciones Sociológicas el 72 por ciento de los españoles se declaran católicos. Pero es que sólo el 15 por ciento asiste a misa con frecuencia. Así que la tasa de creencia en el cielo es alta a pesar de la gran secularización. El cielo es una forma concreta de expresar el deseo de eternidad, la pervivencia de un sentido religioso concreto en un aspecto tan esencial de la vida como es la muerte.

Llama por eso la atención que con demasiada frecuencia la predicación y la presencia pública de la Iglesia no sepa recoger y descifrar ese deseo y siga insistiendo especialmente en cuestiones morales. Los bautizados ciertamente necesitan una adecuada formación en este campo. Pero a menudo se olvida que la moral es una tensión y no una coherencia. En un mundo descristianizado blandir una moral de máximos y extender ampliamente lo que antes se llamaba "moral natural" no tiene sentido. La cuestión es especialmente relevante en el ámbito de la homosexualidad. La nuestra es una cultura que va perdiendo a marchas aceleradas el valor de la diferencia y de la complementariedad entre los sexos. Las consecuencias están a la vista de todos. Es un problema con profundas raíces antropológicas. Pero sin abordar esas raíces la insistencia en los problemas morales o jurídicos se parece al intento de impedir el hundimiento del Titanic poniéndole flotadores de niño.

El camino de la Iglesia ha sido siempre el camino del hombre, de todo hombre, esté en la situación en la que esté. Su camino es sobre todo el hombre que se siente herido, anhelante. Del que está esperando un momento como el que describía el escritor Antonio Muñoz Molina hace unos días en su columna de El País: "de pronto hay algo donde antes no había nada. De un momento a otro la desolación se ha convertido en fervor y la esterilidad en deslumbramiento". Se llama acontecimiento. La palabra que mejor define al cristianismo.

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