Conferencia de seguridad de Múnich

Discursos reiterativos y escepticismo sobre Trump

Mundo · Antonio R. Rubio Plo
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18 febrero 2019
En mi opinión, muchos de los discursos de la Conferencia de Seguridad de Múnich, que desde hace más de medio siglo tiene lugar en la capital bávara, han ido perdiendo interés por la reiteración de los argumentos de los líderes políticos internacionales. Unos afirman y otros niegan, todos exponen sus alegatos, pero sus percepciones de la realidad y del escenario internacional son muy distintos. Hay quien hace un balance positivo de las décadas pasadas, sobre todo si se trata de políticos norteamericanos y europeos.

En mi opinión, muchos de los discursos de la Conferencia de Seguridad de Múnich, que desde hace más de medio siglo tiene lugar en la capital bávara, han ido perdiendo interés por la reiteración de los argumentos de los líderes políticos internacionales. Unos afirman y otros niegan, todos exponen sus alegatos, pero sus percepciones de la realidad y del escenario internacional son muy distintos. Hay quien hace un balance positivo de las décadas pasadas, sobre todo si se trata de políticos norteamericanos y europeos. Otros, en cambio, no dudan en arremeter contra la visión satisfecha de los occidentales y les acusa de llevar un doble rasero. Las intervenciones públicas y las ruedas de prensa marcadas por la dialéctica, y no tanto por el diálogo, están al orden del día. El apasionamiento y la virulencia de los discursos queda, sin embargo, muy por debajo del ya histórico discurso en este mismo foro del presidente Putin en 2007, que marcó la ruptura definitiva entre Rusia y los países occidentales, que en los años siguientes se confirmó plenamente y llego a su punto álgido en 2014 con la crisis de Ucrania.

Pero algunos oradores no pueden sustraerse a una realidad marcada por la sospecha o por la percepción de que el presidente Trump no se siente identificado con el título de líder del mundo libre que se atribuyó tradicionalmente a los inquilinos de la Casa Blanca desde los inicios de la guerra fría. En este sentido, se comprende el panegírico que de Donald Trump ha hecho el vicepresidente Mike Pence, al que ha presentado como un hombre que cumple con sus compromisos, un político más de acción que de palabras, y no ha podido por menos de sustraerse a la evocación del antológico discurso de Trump en Varsovia en julio de 2017, que muchos analistas consideraron una defensa apasionante de los valores occidentales al hilo de la historia reciente de Polonia. Pero el que Trump lo pronunciara en la capital polaca en vez de en una capital de Europa occidental para muchos solo es un signo de que el mandatario norteamericano siempre ha pretendido dividir a Europa, con el fomento de los soberanismos y de las relaciones bilaterales por encima del proceso de integración europeo, en el que evidentemente Trump no cree. Esta semilla de división se vería acaso confirmada por el hecho de que las maniobras de la OTAN más importantes desde el final de la guerra fría se desarrollen en Noruega, Letonia o Polonia, una respuesta al desafío ruso, pero también una confirmación de que es Washington, y no Bruselas, quien garantiza la seguridad europea. Y esto no deja de ser cierto, por mucho que algunos crean que ha llegado el momento de la Europa de la seguridad gracias al tratado de Aquisgrán, en el que hay quien solo ve un piadoso ejercicio de voluntarismo.

Al final son algunos periodistas, en particular los del New York Times, los que son capaces de hacer las preguntas incómodas. En otro foro, un informador le planteó a Mike Pence si se invocaría el art. 5 del tratado fundacional de la Alianza para defender a Montenegro, el último país que ingresó en la OTAN, y es sabido que Rusia, tradicional aliada de Serbia, se opuso al ingreso del país balcánico. Pence fue incapaz de dar una respuesta categórica a una cuestión que quizás no se plantee nunca, porque cualquier vuelco en la opinión pública electoral montenegrina cuestionaría el nuevo estatus de seguridad del país.

Por otra parte, tanto Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, como Mike Pence insistieron en Múnich en que Donald Trump no es un presidente hostil a la Alianza, a la que habría considerado obsoleta, según dijo hace un par de años. Para ambos políticos, no es más que una cuestión de carácter, pues es muy diferente el del actual inquilino de la Casa Blanca del de sus inmediatos predecesores. Reducen el tema a desavenencias sobre la contribución de los aliados al esfuerzo defensivo, algo que habría experimentado mejoras en los últimos dos años. Sin embargo, los periodistas del New York Times no terminan de creerlo. No es casual seguramente que este diario de la costa este haya puesto un gran interés en descubrir las posibles conexiones rusas con Trump, y que un columnista del periódico, Nicholas Kristof, califique al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, como líder moral del mundo libre.

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