¿Diez años de silencio de ETA?

España · Juan Carlos Hernández
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26 octubre 2021
Hace diez años la banda terrorista anunciaba el cese definitivo de su actividad armada. Dejaba tras de sí cientos de asesinatos, miles de exiliados, una huella de dolor imborrable y una sociedad con mala conciencia ya que en su inmensa mayoría miró a otro lado quizá en muchas ocasiones por miedo.

¿Qué importancia tuvo la sociedad civil en el fin de la banda terrorista? ¿Se ha vencido a ETA pero no a su ideología? ¿Qué pueden aportar a la sociedad hechos como el que describe la película de Maixabel? Hemos conversado con Eduardo Uriarte, Mikel Buesa y Antonio Rivera acerca de estas cuestiones.

El papel de la sociedad civil

“Comencé a descubrir el desamparo social en aquellas frías noches de concentración, bajo el relente de la ría en el Arenal, cuando veinte personas reunidas eran un éxito”. Con esta imagen desoladora describe Eduardo Uriarte en sus memorias Mirando atrás (Ediciones B) los inicios de la “rebeldía” de una parte de la sociedad civil que empieza a decir “no tenemos miedo de decir que tenemos miedo”. El ex del PSE asevera que la inmensa mayoría de la sociedad vasca fue indiferente al sufrimiento de las personas que padecieron el terrorismo, la existencia de pequeños colectivos que se enfrentaron a él cívicamente ha tenido su importancia e influencia. Primero, promoviendo la vergüenza de tantos insolidarios con el dolor (quizás por ello el ansia social de pasar página sin catarsis alguna, dejando de nuevo la iniciativa a los sucesores de ETA). Segundo, dando inicio a un discurso democrático, recogiendo los principios olvidados por los partidos de toda convivencia política, en el que se erige la ley y la igualdad contra la arbitrariedad de una ideología que asume el terror: el nacionalismo.

Mikel Buesa es catedrático de Economía, su hermano Fernando, político vasco del PSE, fue asesinado por ETA en el año 2000. Destaca que la banda armada trató de luchar hasta el final y luego no le quedó otra cosa que salvar los muebles de su acción política aprovechando la ansiedad y estulticia de sus interlocutores en el Gobierno de Zapatero con la aquiescencia de Rajoy como hemos sabido estos días. ETA fue derrotada en el terreno militar, pero no en el político e ideológico. Dejó las armas porque llegó un momento en el que carecía de capacidad operativa gracias a la represión policial y judicial; y carecía también de respaldo político gracias al meritorio esfuerzo del movimiento cívico antinacionalista y de las organizaciones de víctimas del terrorismo.

¿Se ha derrotado la acción criminal de la banda pero no su ideología?

Para Buesa la banda terrorista tenía el respaldo de una izquierda abertzale desarbolada que pugnaba por sobrevivir, casi sin recursos, después de la ilegalización de Batasuna. Es en este marco en el que, dentro de la negociación que mantuvo el Gobierno de Zapatero con ETA, llegaron al convencimiento de que podían salvar su frente político. Y así fue cuando Zapatero aceptó la vuelta a la legalidad del partido de ETA, primero tolerando su presencia pública y después aceptando como válidos los estatutos de Sortu.

Antonio Rivera es catedrático de la UPV. Según el historiador, por la vía de los hechos y por su derrota policial y judicial, la banda criminal llegó a la conclusión de que la vía terrorista le llevaba a un callejón sin salida y que incluso ponía en peligro los logros que había conseguido en el terreno civil a través de la izquierda abertzale. En un momento dado –y ello formaba parte de la estrategia en su contra– se enfrentan el futuro de ETA y el de su brazo civil, por lo que resuelven suspender la acción de la primera. Aunque el conglomerado dirigente de ETA y de la izquierda abertzale probablemente esté más integrado de lo que todavía sabemos, ello les generó ciertas tensiones por el carácter de una y otra organización, pero al final se impuso la tesis de la supervivencia y la de preservar lo conseguido. Evidentemente, no hay razones éticas ni morales en esa dejación, sino solamente estratégicas. En todo caso, desde la perspectiva de la democracia, ello constituye un avance extraordinario porque un agente político de importancia en una parte del país renuncia a seguir acudiendo a un procedimiento que falsea la competición política y que genera pérdidas irreparables.

Para el catedrático de la UPV, la ideología de ETA y de su entorno civil, su pretensión de hacer del País Vasco un espacio político homogéneo, es inaceptable por su dimensión totalitaria, pero en una democracia como la española eso solo se disputa en la arena política y no mediante la prohibición de partidos.

¿Qué pueden aportar a la sociedad vasca hechos como el que describe la película de Maixabel?

El crítico de cine Juan Orellana en una reciente entrevista a Icíar Bollaín, con motivo del estreno de su película Maixabel, lanzaba la provocación de si es posible pedir perdón y perdonar.

Para el catedrático de la UPV, la película parte de la llamada Vía Nanclares, que facilitó que determinados presos que expresaban un arrepentimiento sincero se pusieran en contacto con sus víctimas para proceder a esa experiencia de perdón. Eso lo propiciaron un gobierno y una administración penitenciaria, y por ahí debería seguirse avanzando, para hacer que fueran más presos etarras los que dieran el paso, como vemos en la película. Por otra parte, Mikel Buesa se muestra bastante crítico. “Que haya víctimas a las que el perdón les relaja en sus sentimientos no significa que su decisión individual sea trasladable a una política que generaliza su experiencia. Películas como la de Maixabel o libros como el de Aramburu vacían la cuestión fundamental, que no es otra que la de la justicia. La justicia exige la condena de los asesinos y el cumplimiento de las penas a las que fueron condenados en aplicación estricta del Código Penal. Ello no repara el daño cuando éste es irreversible como en la muerte, pero restaura el orden político. Y esto es lo que importa. Personalmente, hacer de los sentimientos –y lo que acompaña al perdón no es la restauración, sino los sentimientos– el núcleo de la acción política, me parece deleznable”.

Es muy difícil salir de una banda terrorista y ser muy valiente para luego combatirla. Un buen ejemplo es Eduardo Uriarte, más conocido por su nombre de “guerra” como Teo Uriarte, de su época en la que perteneció a ETA donde llegó a estar condenado a muerte en el proceso de Burgos (sus memorias son una crónica apasionante donde el lector podrá encontrar un testimonio de primera mano desde el proceso de Burgos hasta los primeros años de este siglo). Con la transición recibe la gracia de la amnistía e inicia un camino paulatino de separación de la lucha violenta hasta convertirse en una referencia moral dentro del constitucionalismo en los años de plomo. Para Eduardo Uriarte los casos de arrepentimiento son meritorios pero muy escasos. El nacionalismo vasco es hegemónico en Euskadi sin visos de alternativa, los sucesores de ETA son la segunda fuerza en el País Vasco, pedestal necesario para el gobierno socialista de Navarra, y parte del bloque dirigente de España en su alianza con Sánchez. Es difícil arrepentirse con tanto éxito político. Ya en su obra Tiempo de canallas (IK) ante el anuncio de la banda terrorista mantenía muchas dudas de si realmente se iba a entrar en el País Vasco en una dimensión democrática. Para el autor se han confirmado sus peores augurios y el PSOE está más preocupado en erigir un nuevo bloque hegemónico que en la consecución de la convivencia. “La celebración pomposa de este décimo aniversario en el que tenía que intervenir Otegi de manera apoteósica nos demuestra que la preocupación de la izquierda es darle continuidad al discurso de ETA que desea incorporar a su ideario. Ha sido la franqueza de Otegi, que nunca ha encubierto y el buenismo que no ha sabido camuflar, la que ha destapado todo el paripé montado. El perverso no es Otegi, la perversión surge de la Moncloa”, asegura el ex del PSE.

El futuro del País Vasco

Para Buesa, en el País Vasco se va extendiendo una manta de olvido porque el olvido es también una forma de vivir. “Para las víctimas es una expresión de la injusticia a las que les aboca una política que tergiversa el relato de su sufrimiento –sostenida, por cierto, tanto por el Gobierno vasco como por el de España y arbitrada, entre otros, por el Centro Memorial erigido en Vitoria, cuya principal aportación ha sido la de desvincular el terrorismo del nacionalismo–. Las víctimas, como señaló una vez Albert Camus, acabarán fastidiándose. Pero para las gentes del común ello es un alivio porque esas mismas gentes, o sus padres y abuelos, fueron los que, imbuidos por el miedo, fueron las que enmudecieron durante el medio siglo que duró la campaña terrorista”.

Antonio Rivera ve el futuro del País Vasco mejor que hace diez años. “Las sociedades se recomponen de su trauma, aunque la salida del mismo no tiene por qué dejarnos satisfechos, y mucho menos a las víctimas, que son las que más se lo merecen; de hecho, la mayoría de las salidas postrauma dejan insatisfacción. En todo caso, la sociedad vasca tiene que recomponerse haciendo autocrítica en determinado momento de lo que hizo –o, mejor, no hizo– ante el terrorismo durante años. Pensemos que un instituto como el Centro Memorial de Víctimas ha sido igualmente combatido por la izquierda abertzale y por el entorno social y mediático del PNV, porque constituye un recordatorio de que el nacionalismo puede acabar siendo criminal y totalitario, como de hecho fue el de ETA. Eso es incómodo también para el PNV, y por eso su actitud. Pero el futuro es hoy mucho mejor que cualquier pasado que hayamos conocido, simplemente porque ahora sí que está en nuestras manos. Si no somos capaces de gestionarlo bien y los partidarios de los terroristas lo hacen mejor que nosotros, solo habrá sido culpa nuestra”.

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