Desde mi casa (3)

Mundo · P.M.
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8 abril 2020
En suspenso. Es como si la vida estuviese en suspenso en las casi cuatro semanas que llevo de confinamiento en mi casa. Ataúdes saliendo del Palacio de Hielo, gente que muere en el hospital, familiares que no pueden ir a despedirles, sacudidas emocionales con posibles secuelas. Te conmueve hasta la médula, aunque, en el fondo, confías en que, como a los israelitas del Antiguo Testamento en Egipto con las plagas, “la muerte pase de refilón” y no se detenga en las jambas de las puertas.

En suspenso. Es como si la vida estuviese en suspenso en las casi cuatro semanas que llevo de confinamiento en mi casa. Ataúdes saliendo del Palacio de Hielo, gente que muere en el hospital, familiares que no pueden ir a despedirles, sacudidas emocionales con posibles secuelas. Te conmueve hasta la médula, aunque, en el fondo, confías en que, como a los israelitas del Antiguo Testamento en Egipto con las plagas, “la muerte pase de refilón” y no se detenga en las jambas de las puertas.

Pero la muerte no te deja indiferente.

Conocí a Efrén Fernández cuando tenía 12 años y estudiaba en el Colegio Menesiano del Parque de las Avenidas. Enseñaba Religión en lo que era entonces séptimo de Educación General Básica, y también Historia en lo que era BUP y COU. Fue profesor mío, y confieso que no fui un alumno fácil para él: a los doce años y con las hormonas a flor de piel, un servidor era un reincidente neto que se chupaba los castigos de venir a clase a las 8:00 de la mañana. Para eso había que liarla parda.

Con todo lo malandro que podías ser con él, siempre existía otra mirada cargada de una medida más grande: su paciencia, y su afecto cuando tiraba de ti y te echaba la bronca, no terminaban cuando dejabas el colegio e ibas a la universidad, incluso cuando estabas trabajando; la Historia, de un modo u otro, se te hacía vida gracias a él.

El Hermano Efrén, como siempre le llamábamos, murió en Bilbao el 24 de marzo a los 88 años. No sé si ha sido de coronavirus, pero su muerte me ha hecho hacer memoria de lo que he vivido y a reconocer lo evidente: que me hizo un poco más grande el corazón. Con personas excepcionales como él, el pasado puede ser abrazado.

Doy gracias por haberme encontrado con él y por haber sido alumno suyo.

Estos días, llamadas, whatsapps y correos electrónicos de amigos y compañeros de trabajo actuales y antiguos –con los que sigo manteniendo contacto– te sacan del bunker existencial en el que, subrepticiamente, te instalas ante la magnitud de lo que sucede. Vuelve a salir lo mezquino que eres… hasta que hablas con la vecina del segundo –que te dice que no es lo mismo un Domingo de Ramos sin palmas en las ventanas–, o con amigos o conocidos de los que hace la tira que no sabes nada de ellos… Y te sorprendes porque hace tiempo que no lanzabas un “¿cómo estás?” distinto del típico how do you do? anglosajón.

Pero quien realmente me está sorprendiendo es J., compañero del Ministerio, y lo que está empezando a surgir de esta relación desde hace un par de meses. Hemos hablado ya por Skype dos veces estos días, y para estas fechas me ha reenviado La muerte de Cristo, las meditaciones de Benedicto XVI en Viernes Santo y Sábado Santo y yo le he pasado la homilía del Papa del día 27 de marzo. Él, que vive con su novia, se atreve a hablarme de Cristo, a mí, que llevo desde pequeño yendo a la Iglesia. ¿Cómo se atreve?

Pues se atreve. Gracias a Dios. Porque te muestra que, en realidad, la vida no está en suspenso y que tengo mucho que aprender, precisamente, de otros que, según tú, están a distinto nivel.

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