Editorial

Coptos: mártires por un fracaso

Editorial · Fernando de Haro
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15 abril 2017
Francisco viaja a finales de abril a un Egipto en el que el yihadismo de última generación, liderado por el Daesh, ha reconocido su fracaso. Las televisiones que emitirán las imágenes del Papa recorriendo las calles de El Cairo son las mismas televisiones que desde hace años se han convertido en el mejor altavoz de intelectuales y líderes de opinión que claman por un islam abierto a la modernidad. Por un islam dispuesto a aceptar una “muwatana” (ciudadanía) que de algún modo separe lo religioso de lo político. Egipto, que se ha convertido más que nunca en la tierra de los mártires coptos, lo es porque el ISIS se ha visto frustrado en su intento por extender la violencia sectaria.

Francisco viaja a finales de abril a un Egipto en el que el yihadismo de última generación, liderado por el Daesh, ha reconocido su fracaso. Las televisiones que emitirán las imágenes del Papa recorriendo las calles de El Cairo son las mismas televisiones que desde hace años se han convertido en el mejor altavoz de intelectuales y líderes de opinión que claman por un islam abierto a la modernidad. Por un islam dispuesto a aceptar una “muwatana” (ciudadanía) que de algún modo separe lo religioso de lo político. Egipto, que se ha convertido más que nunca en la tierra de los mártires coptos, lo es porque el ISIS se ha visto frustrado en su intento por extender la violencia sectaria.

Los atentados del Domingo de Ramos, los del pasado mes de diciembre y la limpieza étnica que el Daesh ha llevado a cabo en la Península del Sinaí (han expulsado de sus casas a 150 familias) forman parte de una nueva fase bien diferente en la persecución de los coptos. Los muertos entre diciembre (25) y abril (44) son muchos más que los provocados en las masacres precedentes: 28 muertos en Maspero (octubre de 2011) y los 22 de Alquidisim (enero de 2011). Pero el cambio no está solo en las cifras.

Hasta los años 80 del pasado siglo la situación de los coptos en Egipto era de una tranquilidad relativa, dentro de un régimen de libertad restringida. El giro de Sadat hacia el islamismo cambia las cosas. Y a partir de 2000 se empiezan a producir ataques frecuentes. El último Mubarak deja a los Hermanos Musulmanes el control de muchas mezquitas y de la educación, lo que populariza la violencia sectaria. Esa penetración en una parte de la sociedad es decisiva cuando llega la revolución de 2011. Los Hermanos Musulmanes tienen prisa en hacerse con la revolución que no han protagonizado. Y tienen que atacar un objetivo fácil (cristianos) cuando las masivas manifestaciones los echan del poder. Pero, a pesar de que la persecución se incrementa, no consigue destruir lo que Mokhtar Awad, investigador de la Georgetown University, llama la “relativa cohesión de la sociedad egipcia”.

Los coptos siguen haciendo política, siguen haciendo negocios, siguen manteniendo unas relaciones normales con una parte importante de la población musulmana. Su presencia anima a Al Sisi a pedir a Al Azhar que reforme el islam. Es difícil pensar que, sin los coptos en Egipto, Al Azhar, la gran mezquita de referencia para el mundo suní, hubiese celebrado en el mes de febrero un encuentro con una delegación del Vaticano y luego una conferencia sobre “libertad, ciudadanía, diversidad e integración”. Conferencia que ha terminado con una declaración sobre la coexistencia islámico-cristiana. Ha sido un escalón más en un proceso que dura ya años y que, con todas sus limitaciones, supone una importante apertura.

Esta “anomalía egipcia” es la que exaspera al Daesh. En 2014, Abu Mawdud al-Harmasy, uno de los ideólogos del ISIS, publicaba un opúsculo titulado “Los secretos del enigma egipcio”. En sus páginas aseguraba que los musulmanes egipcios son como ganado porque “no entienden cuál es la verdadera lucha”. Es necesario, según este teórico, atacar a cristianos donde sea y como sea para que la yihad prenda como en Iraq, en Siria y en Yemen. Lo cierto es que, a pesar de la implantación del islamismo desde hace décadas, el Daesh no ha encontrado una “conciencia madura” que pueda ser despertada por la “vanguardia revolucionaria”. No hay que olvidar que el neo-califato utiliza para su lucha las categorías propias del marxismo-leninismo.

Los ataques de diciembre y de este mes de abril quieren convertirse en “aceleraciones” de las contradicciones como lo fueron los primeros pasos de la revolución rusa.

Egipto es decisivo para conseguir una hegemonía efectiva en Oriente Próximo. Todos los cambios relevantes que se han registrado en el mundo árabe de mayoría suní durante el último siglo (revolución liberal, panarabismo socialista, utopía integrista) han pasado por el Nilo.

Hasta ahora la pluralidad de la sociedad egipcia, su riqueza cultural y política, ha impedido el triunfo de los “soviets del ISIS”. Los coptos están menos dispuestos que nunca a convertirse en un gueto residual. Pero la historia avanza muy rápidamente, la crisis económica es agudísima y la apuesta del Daesh para desestabilizar a Al Sisi puede tener éxito. El presidente egipcio necesita comprender que su lucha contra el islamismo no debería frustrar el deseo de cambio y de libertad de los jóvenes. Y Occidente debería darse cuenta de que conviene no estar contra Al Sisi sino a favor de Al Sisi, empujándole a hacer la necesaria transición.

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