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12 septiembre 2012
La manifestación celebrada el 11 de septiembre enBarcelona ha sido la ocasión en que decenas de personas han pedido laindependencia de Cataluña. La reivindicación soberanista pasa a primer plano.La Unión Europea ha advertido que la independencia supondría la salida deleuro. El tema está más caliente que nunca. Páginas Digital abre un foro parasus lectores y publica ya una primera aportación. 

La diadacatalana: una sociedad civil secuestrada por el nacionalismo-Estado

F. Medina

Se haconsumado: el secuestro ideológico al que el nacionalismo ha sometido a lasociedad catalana es un hecho. Un desfile de banderas independentistas y degritos contra España que claman: "Cataluña, nuevo estado de Europa", respaldadopor representantes de la organización proetarra Bildu que han asistido a lamanifestación, pone en evidencia que el rechazo hacia la búsqueda de unaconvivencia y de un punto de encuentro entre la sociedad catalana y el resto deEspaña adquiere tintes preocupantes de una sociedad que navega a la deriva deuna ideología nacionalista basada en la confrontación frente al otro, empapandodel discurso victimista a la sociedad catalana, a la que se ha inculcado en elmantra de "los españoles contra Cataluña". ¿Qué está pasando?

Hace unosdías, Fernando García de Cortázar, en un artículo publicado en el diario ABCdel 9 de septiembre, hablaba de cómo los cambios no son sucesión deacontecimientos sino que son espejo de una "crisis de civilización". Desdeluego, lo que está sucediendo en Cataluña no es más que el resultado de unproceso de empobrecimiento del tejido social español como comunidad política: yes que la savia que hacía posible la convivencia se ha secado y la utopíanacionalista está fagocitando a las personas. Es un momento en el que el restode los españoles nos enfrentamos a la cuestión de nuestro futuro como nación:en esto, Cortázar es certero; no se trata sólo de más leyes y de reacciónfrente a la ofensiva nacionalista catalana (y vasca), sino de recuperar una pasiónnacional. Bien está como deseo de construir una historia juntos (andaluces,castellanos, extremeños, catalanes, vascos, aragoneses…) fruto de una realidentidad histórica común. Sin embargo, la memoria de nuestro pasado comúnparece no ser suficiente ante la ofensiva ideológica-cultural, tan cargada deutopía, que el nacionalismo ha teñido en Cataluña: hasta el punto de habercontaminado la comprensión histórica de su propia identidad. El himno ElsSegadors (inmerso en el contexto de la Guerra hispano-francesa, dentro delcontexto europeo de la Guerra de los Treinta Años), que, en su origen,expresaba la revuelta del campesinado, se ha reinterpretado en clavenacionalista: sería el símbolo de la lucha contra la opresión española. Laideología va fagocitando también a la cultura.

En lamanifestación no había lo que, popularmente, se dice como "cuatro gatos". Lascifras rondan entre las 600.000 y el millón y medio de personas (más de 1.000autobuses fletados dicen mucho), lo que significa que un amplio sector de lasociedad catalana no quiere sentirse española ni tener vínculo alguno depertenencia a una nación de la que nunca han sido independientes. Viene a lamente lo que dice García de Cortázar cuando habla del individualismo, dela huida de cualquier compromiso colectivo, la pérdida de la conciencia de unaidentidad común…Una mentalidad egoísta, de mirarse hacia dentro, que elnacionalismo ha ido inculcando durante años en el cuerpo social. Se trata de unproceso que ha ido madurando durante décadas, del que la Iglesia en Cataluña nose ha eximido: ya apuntaba Jon Juaristi ("El bucle melancólico", "SacraNémesis") esta transferencia de sacralidad que empezó en el seno delos colegios y seminarios católicos (en Cataluña, es paradigmático el caso deMontserrat) y se ha contagiado por ósmosis en la política. La relación ascensodel nacionalismo-descenso de la conciencia religiosa en el hombre no ofrecedudas: al igual que en el País Vasco, el nacionalismo catalán ha desencadenadoun proceso de secularización imparable, sustituyendo a la fe cristiana comoelemento articulador de un pueblo: frente al pueblo cristiano, de espírituabierto y universal, como lo fue en el País Vasco y en Cataluña, surge elpueblo inspirado en la superioridad del nacionalismo, autoconcebido como dueñode su destino y no dependiente de ninguna otra realidad superior. En estatransformación social, es difícil no ver a Nietzsche detrás, no sólo ya por lamentalidad del Übermensch (superhombre), sino también en el intento derealización de una utopía peligrosa: el camino hacia el nihilismo (no sesiguen ya los valores que nos permitieron caminar juntos desde la Transición;ahora es el nacionalismo quien los inventa).

En estepunto, es interesante el diagnóstico que da García de Cortázar: a pesar de loejemplar que fue para todos la Transición española a la democracia; a pesar deque nos hemos dotado de una Constitución como fruto de un pacto social deconvivencia, la realidad es que, hoy día, entre nosotros hemos dejado de vernosen un proyecto común, y nos hemos reducido a ser extraños que compartimos lacrisis: el sentido de la solidaridad, de concebir al otro como prójimo, decompartir sus necesidades, alegrías, preocupaciones; el deseo de concebir unproyecto común; el ánimo de caminar juntos buscando siempre lo que nos une yacogiendo la diferencia….todo ello va siendo cada vez más socavado por elindividualismo. Es ahí donde el nacionalismo ha conseguido dar la vuelta a latortilla: aprovechando el desencanto, y la situación actual de crisis, hanacudido a la demagogia y a culpar a España como responsable de la gravesituación económica en Cataluña para agitar la bandera del rechazo y laseparación. He aquí los frutos de la ideología: ante lo que me sucede, no mefío del corazón, sino de lo que otros, sin ser testigos de la verdad, me diceno me imponen. ¿Estamos ante otra alienación

El hecho dela manifestación es toda una provocación: la virulencia del odio y el rechazotan cargado de malestar ante los tiempos que se nos vienen encima nos ponendelante la incapacidad de una sociedad (la catalana) de partir de la realidadde España, que, le guste o no, es también la suya.

Este desafíode la Díada debiera ser una oportunidad para que Rajoy actúe con sentido deEstado: el presidente debería tener en cuenta este dato yaprovecharlo para apelar al bien común de todos los españoles, no a losnúmeros ni sólo a la crisis, y trabajar por un proyecto creíble capaz deplantear, en el futuro, una batalla cultural. Porque, a corto plazo, éstaparece perdida. Recuperar la conciencia nacional, entender que somos noun producto constitucional, sino que nosotros mismos, como sociedad, acordamosun modelo de convivencia que fuese integrador, exige una renovación en elideario político del Partido Popular y una mayor valentía para dialogar conotras fuerzas políticas y, sobretodo, con la sociedad.

El mayor retoes a nivel social: la sociedad catalana, que ya estaba fracturada a causa delnacionalismo (como ideología totalitaria que ha empapado también a la comunidadcristiana), está siendo secuestrada ideológicamente por quienes aspiran aperpetuarse en el poder. La batalla más difícil es cómo cambiar el corazón delas personas: que surja una pasión por el otro como persona que conviveconmigo, una pasión por el bien común: por construir juntos, pordialogar y entender la diferencia, por afrontar un mismo destino y arrimar elhombro en estos tiempos tan dramáticos. Porque, en realidad, no somosdistintos: no sólo porque tengamos una misma identidad histórica y política,sino porque tenemos un mismo deseo, puesto en el corazón. Ceder a este deseoimplica replantearse algunos cimientos ideológicos, porque, de ello, dependenuestra existencia como comunidad política solidaria, en la que no primenintereses ideológicos mezquinos. Para ello, hace falta coraje, algo que noabunda en la clase política (tanto en el nacionalismo como entre losconstitucionalistas) ni en Cataluña ni en el País Vasco ni en el resto deEspaña. Necesitamos, urgentemente, que el valor por seguir el deseo deconstruir juntos también renazca también en nuestra sociedad. La Historia nosha mostrado sobradamente el dramático fracaso de una sociedad del superhombre,desprovista de vínculos. ¿Es ésta la sociedad que queremos? ¿O, a lo mejor,habrá que mirar más a la Ciudad de Dios de Agustín?

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