Editorial

Cataluña ante el gran desafío

Editorial · Fernando de Haro
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24 septiembre 2017
Faltan pocos días para el referéndum secesionista en Cataluña. Una de las voces que con más sensatez se han pronunciado en las últimas horas ha sido la de Joan Manuel Serrat. El cantautor catalán, exiliado durante unos años en la época de Franco, partidario del derecho a decidir, ha criticado la consulta convocada para el próximo domingo. La considera “poco transparente”, apoyada en una ley catalana que se ha aprobado sin discusión alguna y a las espaldas de la oposición. “Votar sí, pero no así”, ha venido a decir. Pero quizás lo más interesante de lo que ha señalado Serrat es que “en Cataluña hay una fractura social que tardará mucho tiempo en superarse”.

Faltan pocos días para el referéndum secesionista en Cataluña. Una de las voces que con más sensatez se han pronunciado en las últimas horas ha sido la de Joan Manuel Serrat. El cantautor catalán, exiliado durante unos años en la época de Franco, partidario del derecho a decidir, ha criticado la consulta convocada para el próximo domingo. La considera “poco transparente”, apoyada en una ley catalana que se ha aprobado sin discusión alguna y a las espaldas de la oposición. “Votar sí, pero no así”, ha venido a decir. Pero quizás lo más interesante de lo que ha señalado Serrat es que “en Cataluña hay una fractura social que tardará mucho tiempo en superarse”.

La convocatoria y el mantenimiento de la convocatoria del referéndum en Cataluña, también la respuesta que se le está dando, es una muestra estrepitosa de cómo aquellos valores y evidencias que sustentaban la democracia –los dábamos por adquiridos para siempre– se han disuelto de forma silenciosa. La evaporación de esas certezas ha seguido un proceso casi inadvertido, las consecuencias están formando un gran escándalo.

Justificar la violencia o no querer verla, pensar que el proyecto en el que uno cree debe salir adelante cuando la mitad de la sociedad no lo comparte y exigir su materialización cuando está en contra de las leyes y de las instituciones… todo eso supone que convencimientos que fueron elementales se han esfumado. No hacer daño, aceptar con realismo los límites del marco constitucional, primar en política la paciencia que exige el tiempo sin sucumbir a las urgencias del espacio, no convertir la mayoría en la regla única de la convivencia… eran algunas de las certezas cívicas que se han derrumbado. También ha desaparecido la evidencia de que la sola ley, por mucho que se insista en ella, no puede fundamentar la democracia.

Pero de todas las evidencias elementales, la que más ha sufrido es la que reconoce en el otro, piense como piense, sienta como sienta, a un compañero de camino. A eso es lo que apunta Serrat con inteligencia. A las conversaciones censuradas mientras se almuerza en familia, a la renuncia al esfuerzo por relatar aquello que se desea y en lo que se cree, al ruido atronador de discursos cerrados, al no escucharse. Para vivir hay que estar callado. Y mientras calla la voz de la vida solo se siente el parloteo de los aparatos. Casi todas las heridas se pueden cerrar, siempre y cuando los miembros de una sociedad mantengan una estima por el que consideran diferente. Sin la experiencia que los españoles hicieron durante la Transición y los europeos tras la II Guerra Mundial, se mira con recelo, con miedo al otro y surge la pretensión de eliminarlo cívicamente porque se piensa que resta algo. Una identidad madura, segura de sí misma –que es lo que falta– convierte la relación con otro en una ocasión.

¿Faltan estas experiencias de amistad cívica en Cataluña? No. Lo que sobra es que la primera política, no la generada por la ideología sino la que surge de la vida no se vea sofocada. Lo que falta no son experiencias de amistad cívica –el hacer juntos disuelve muchos fantasmas y hay un hacer juntos y un reconocerse en las comunidades cristianas, en las comunidades culturales, en las entidades no lucrativas y en las empresas–. Lo que falta es capacidad cultural y crítica, estima para mostrar el valor de esas experiencias de amistad, desafiando el relato de los aparatos.

Para entender cómo se ha llegado a este punto –media sociedad está a favor de la independencia y otra media en contra– habría que hacer un examen detallado de lo sucedido en los últimos diez años. En 2006 los partidarios de la independencia eran solo un 14 por ciento. Nada hubiera sido igual si la sucesión de los líderes nacionalistas hubiera sido otra, si Zapatero no se hubiera sentido acomplejado y ese complejo no se hubiese trasladado a la reforma del Estatuto y si no hubiera estallado la crisis.

Pero no hubiéramos llegado hasta aquí tampoco si el Gobierno de Madrid no se hubiera aferrado a una concepción enclenque y liberal de la democracia. Una concepción por la que al Estado solo se le atribuye las funciones de mediar en los conflictos por medio de la ley, tutelar los derechos subjetivos para que todos los ciudadanos sean libres e iguales y salvaguardar la soberanía. La democracia es también una comunidad en la que sus miembros asumen su recíproca dependencia y protagonizan un proceso continuo de formación de la voluntad común. Un espacio donde unos y otros se narran y en el que se buscan soluciones nuevas e imaginativas.

Todo lo que ha sucedido en torno al referéndum pone de manifiesto el desafío al que nos enfrentamos: reconstruir con experiencias de amistad cívica la fractura que se ha producido. Sin asumir ese reto, las soluciones no estarán a la altura del reto al que apunta Serrat. Ni la independencia ni la no independencia son solución suficiente. Cataluña, España y Europa tienen la experiencia reciente de esa amistad cívica, de un bien común, presente, que está por encimas de las heridas. Las que abre la defensa ideológica de unas ideas con todos los sellos de “verdaderas”.

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