Benedicto refunda el catolicismo mexicano

Mundo · Guadalupe Puertas
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26 marzo 2012
Contra el cansancio de la fe, contra el cristianismo que, por tradición, se da por supuesto. Esa podría ser una síntesis de la primera parte del viaje que Benedicto XVI empezó el pasado viernes en México y que terminará el miércoles en Cuba. Se le ha dado mucha importancia a la segunda parte, a la presencia del Papa en la isla en la que primero Fidel y ahora su hermano Raúl Castro han mantenido uno de los pocos regímenes comunistas que está en pie desde la caída de Batista en 1959. Cuba sin duda tiene relevancia.

Desde que Juan Pablo II la visitara en 1998 se ha producido una revitalización de la vida de la Iglesia y ahora hay una experiencia cristiana que crece y que se verá fortalecida por la presencia del Santo Padre. Otra cosa muy diferente es que el Papa pueda acelerar el colapso del régimen que mantiene a cientos de presos políticos en las cárceles, cercena libertades y casi mata de hambre a la población. Algunos lo pretenden de forma ilusoria.

El disidente católico Oswaldo Payá, líder del Movimiento Cristiano de Liberación, uno de los más influyentes en Cuba, tiene razón al señalar que es absurdo pretender que las horas que Benedicto XVI va a pasar en Cuba vayan a precipitar la caída de la dictadura. Cuba es importante pero para la tarea que en este momento tiene por delante la Iglesia en esa parte del mundo México tiene mucho más peso. El país centroamericano y Argentina son los dos centros culturales más activos de la América de habla hispana. México es además el gran puente entre Estados Unidos y Latinoamérica. De hecho Estados Unidos está ya muy mediatizado por México, el 60 por ciento de los hispanos residentes en el país son mexicanos. Y según dice la revista Times, son los hispanos los que van a decidir el futuro de Estados Unidos.

Víctor René, el secretario de la Conferencia Episcopal Mexicana, reconocía en una entrevista el pasado sábado que la Iglesia de su país se ha olvidado de la importancia que tienen esos inmigrantes. Algunos regresan y otros se quedan a vivir en Estados Unidos. Y es fácil que, en la segunda o tercera generación, la fe que les ha dado su identidad desaparezca en el contexto de una cultura anglosajona en la que lo hispano es visto con sospecha. La transmisión de la experiencia cristiana, la superación de una adhesión superficial no es sólo un problema para los inmigrantes. El Papa, como hiciera en Nuestra Señora de Aparecida en mayo de 2007, ha combatido lo que él mismo ha llamado en la misa celebrada en el Parque del Bicentenario de León el "cansancio de la fe". Su invitación a renovar el contenido de la fe y la insistencia en reclamar una libertad religiosa plena, que todavía falta en el país, han sido los dos ejes de la estancia del Papa en México.

Los colegas de cierta prensa europea han magnificado las críticas, infundadas, a que el Papa no haya recibido a las víctimas de los abusos sexuales de Maciel. También han subrayado en exceso las "consecuencias políticas" de un viaje cercano a las elecciones del próximo mes de julio en las que el PRI, el viejo partido anticlerical, puede volver al poder. No son cuestiones menores. Pero lo más decisivo para el futuro del catolicismo latinoamericano es el "nuevo inicio" propuesto por Benedicto XVI. Los mexicanos le han mostrado un cariño desbordante, las multitudes le han aclamado y el Papa, con la sutileza que le caracteriza, les ha cogido de la mano y les ha invitado a ir más allá, a no conformarse con un catolicismo formal, a no quedarse anclados en las glorias del pasado.

Decisivo lo que ha hecho en la misa del Parque del Bicentenario de León. Es un parque cercano a un lugar emblemático para los católicos mexicanos, el Cerro del Cubilete. Allí levantaron una estatua a Cristo Rey que fue derruida en la guerra de los cristeros, la guerra en defensa de la libertad religiosa que se produjo en los años 20 del pasado siglo. Después se construyó el que todavía está en pie.

Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe son los dos referentes del catolicismo mexicano. Y Benedicto XVI ha "refundado" esas dos devociones. Después de advertir de que es necesario resistir "a la tentación de una fe superficial y rutinaria, a veces fragmentaria e incoherente", ha señalado que Cristo Rey no tiene que ver con el poder tal y como lo entiende este mundo.

Por la tarde, en la celebración de las vísperas con los obispos de todo el continente, al recordar la evangelización, aseguró que los misioneros "lo dieron todo por Cristo, mostrando que el hombre encuentra en él su consistencia y la fuerza necesaria para vivir en plenitud y edificar una sociedad digna del ser humano, como su Creador lo ha querido". El Reino de Cristo Rey consiste en su capacidad de ofrecer una respuesta existencial, antropológica, a lo que el hombre es. La fuerza de la Virgen de Guadalupe es que "mostró su divino Hijo a san Juan Diego, no como a un héroe portentoso de leyenda, sino como al verdaderísimo Dios". Benedicto XVI le señala a la iglesia de América el camino del hombre.

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