No se supera un proyecto personalista con más ruido

Los casos de corrupción y la distancia entre los problemas reales: vivienda, conciliación de la vida laboral y familiar… y el discurso político han generado una fuerte desafección hacia la política. ¿Son conscientes los partidos políticos de esta situación?
Creo que sí son conscientes. Otra cosa es que quieran asumir las consecuencias de esa conciencia. Hoy existe una brecha evidente entre el discurso triunfalista del Gobierno de Pedro Sánchez, obsesionado con un PIB que crece dopado por el gasto público y una inmigración desordenada, y la experiencia vivida por millones de españoles que se sienten cada día más pobres. Se les habla de cifras macroeconómicas mientras a ellos les preocupa la cesta de la compra, el alquiler, la conciliación imposible.
El Estado nunca ha recaudado tanto y, sin embargo, parece que España esté sumida en la decadencia. Pagamos más y recibimos menos. Se deterioran los servicios públicos, se degradan las infraestructuras (del sistema eléctrico a los trenes, las carreteras, las presas) y los jóvenes acumulan frustración porque trabajan más para aspirar a menos. Esa es la realidad social que no aparece en los argumentarios del Gobierno o en sus medios de comunicación.
La desafección nace, como dices, ahí, en la distancia entre lo que se proclama y lo que se vive. Y se agrava cuando, en lugar de reformas estructurales, se prioriza la propaganda. O cuando se legisla con prejuicios ideológicos, como ha ocurrido con la vivienda, y se acaba reduciendo la oferta y encareciendo los precios, justo lo contrario de lo que necesitan las familias.
Cuando a esa desconexión se suman los casos de corrupción de la familia, el partido y el gobierno de Sánchez, el efecto es devastador. Porque la corrupción no solo es un delito; es la sensación de que algunos viven al margen de las reglas que imponen a los demás. Y eso rompe el contrato moral entre ciudadanos y gobernantes.
Esto, junto con una crisis económica, es el caldo de cultivo ideal para el surgimiento de los populismos. Usted ha hablado de esto en su libro El proceso español (DEUSTO) ¿A qué conclusiones ha llegado?
En El proceso español sostengo que se repite lo que ocurrió en la Cataluña del procés, es decir, un populismo impulsado desde el poder, un conflicto artificial, en el que se desprecia o se estigmatiza a la oposición para no tener que rendir cuentas por la corrupción, la mala gestión o la parálisis reformista.
“El populismo prospera cuando amplios sectores sienten que el sistema no responde a sus preocupaciones cotidianas”
De alguna manera, esto ocurre en gran parte de Occidente. En esta deriva influyen factores nuevos, como unas redes sociales cuyos algoritmos incentivan el choque y la exageración. El mensaje bronco circula mejor que el razonado, y eso deforma el debate público. Dificulta la necesaria deliberación.
Pero la raíz es más profunda. El populismo prospera cuando amplios sectores, especialmente la clase media, sienten que el sistema no responde a sus preocupaciones cotidianas. Si las instituciones no corrigen problemas reales, otros capitalizan el malestar con relatos simples y emocionales. Por eso, frente al populismo de la izquierda está creciendo un populismo en cierta derecha.
¿Por qué se caracteriza el populismo?
El populismo no es solo estilo o un discurso. Es demagogia, pero también es un proyecto político. Consiste en acumular poder en el Ejecutivo, debilitar contrapesos y tensionar la sociedad en bloques enfrentados. Puede hacerse invocando constantemente la palabra “democracia”, como también vimos en Cataluña, pero reduciendo la calidad de la propia democracia.
En dicho libro también reclama a la ciudadanía a movilizarse. ¿En qué consiste esta movilización que usted reclama?
Cuando hablo de movilización no me refiero a agitar la calle ni a repetir consignas. Me refiero a algo más exigente, a asumir que la democracia no se agota en votar cada cuatro años. Me refiero a que la libertad no solo necesita instituciones que la protejan, sino también una sociedad con una ética de la responsabilidad. Que no sea indiferente ante la mentira. Pero que tampoco se deje arrastrar por una indignación destructiva.
Movilizarse es activar las virtudes cívicas, es participar en la vida pública desde la sociedad civil en asociaciones educativas, culturales, empresariales o vecinales. Es informarse bien, exigir transparencia, pedir explicaciones y no resignarse. Es organizarse para influir, no para desahogarse.
Hay sectores de la sociedad civil que perciben que los políticos han perdido el contacto con la realidad y viven en una burbuja.
Entiendo la frustración de quienes sienten que la política institucional se ha vuelto distante. Pero precisamente por eso la respuesta no puede ser el populismo o la retirada. Si las personas comprometidas se apartan, el espacio lo ocupan quienes entienden la política como confrontación permanente. La movilización que defiendo es cívica, constante y constructiva.
En el fondo, es recuperar la idea de que la democracia es una tarea compartida. No solo de los gobiernos, sino también de una sociedad civil viva que no delega su responsabilidad.
Pero la política ha “colonizado” espacio que no eran políticos: falta de independencia del poder judicial, empresas públicas, RTVE… así es difícil que la sociedad civil tome protagonismo.
La colonización institucional es, en efecto, una de las expresiones más claras del populismo: ocupar todos los espacios posibles (administrativos, culturales, mediáticos) para diluir los contrapesos y convertir la discrepancia en anomalía. Eso lo hemos visto en el nacionalismo catalán durante años y también en lo que se denomina “sanchismo”.
¿Ve reacción en la sociedad civil antes esta situación?
Conviene no caer en el derrotismo. De hecho, mantengo una gran confianza en la sociedad española. Estas dinámicas políticas pueden hacer daño, y probablemente aún sufriremos graves episodios de tensión institucional, pero no son eternas. Ningún proyecto basado en la polarización permanente se sostiene indefinidamente si no ofrece estabilidad y prosperidad. Al final, las sociedades no soportan una tensión continuada, y menos si es alimentada desde el Gobierno.
“Los jóvenes son un motivo de esperanza”
¿Cómo se vive esto en su tierra?
En Cataluña se percibe un cambio generacional significativo. La gran mayoría de los jóvenes han dejado atrás el marco mental del procés. No viven instalados en la épica identitaria, sino en preocupaciones muy concretas: empleo, vivienda, seguridad. Y en el conjunto de España también se aprecia un cansancio creciente hacia una política excesivamente centrada en el relato y poco en la gestión.
Siempre he dicho que los jóvenes son un motivo de esperanza. Puede parecer paradójico, pero detecto en ellos un escepticismo sano. Han crecido en un entorno digital y saben que lo que circula por las redes no es sinónimo de verdad.
Ese espíritu crítico, si se encauza hacia la participación constructiva y el fortalecimiento institucional, es el mejor antídoto frente a cualquier intento de colonización del espacio público. Las modas políticas pasan. Y la sociedad se acaba mostrando más moderada de lo que vemos en X.
“Sánchez, como ya lo hiciera Zapatero, usa la tensión como herramienta política y genera una respuesta simétrica”
Sánchez ha buscado la polarización y ¡la ha conseguido! Pero ¿a quién beneficia?
Exacto. La polarización no es un fenómeno atmosférico. Es una estrategia gubernamental. Cuando se eligen determinados perfiles para el Consejo de Ministros, como el de Óscar Puente, el mensaje es claro: no se prioriza la gestión, sino la confrontación.
Sánchez usa la tensión como herramienta política. Ya lo hizo Zapatero. A corto plazo, esa dinámica ha podido resultar rentable para el Gobierno: cohesiona a los propios, desplaza el foco del balance de gestión y convierte cualquier crítica en una supuesta agresión. Daniel Gascón escribió sobre el “victimismo matón” del separatismo. Lo mismo podemos decir del “sanchismo”. Se inventan enemigos o fascismos para no rendir cuentas ante los españoles.
El problema es que esa lógica no es inocua. Genera una reacción simétrica. Los extremos se retroalimentan, el tono público se degrada y el espacio de centralidad corre el riesgo de estrecharse. A corto plazo, es una espiral que puede ofrecer beneficios tácticos inmediatos, pero la discordia tiene un precio económico y también político.
A largo plazo, la mayoría social, silenciosa y moderada, percibe ese desgaste. Puede tardar más o menos en expresarlo electoralmente, pero entiende que la política no puede convertirse en un ring permanente sin consecuencias económicas y sociales.
Más allá de memes o de discursos que, a veces, rezuman odio, ¿Cuál es el modo más inteligente de superar el sanchismo? ¿Cuál cree que debe ser la propuesta propositiva que debe realizar su partido?
La alternativa inteligente al sanchismo no puede ser un espejo deformado. No se supera un proyecto personalista con más ruido. El Partido Popular ofrece reformas sin estridencias. Otros, estridencias sin reformas. Lo digo claramente: VOX no es tan distinto al sanchismo.
Creo que la propuesta debe pivotar sobre tres ejes.
Primero, como decía, ambición reformista. Eso implica planes trabajados y viables, como los que en los últimos meses ha presentado Alberto Núñez Feijóo, en Barcelona, en materia de inmigración o vivienda. No esconder los problemas, como hace el PSOE, ni limitarse a aporrear la mesa, como hace VOX. Hay que tener una actitud reformista.
Segundo, fortalecer la democracia para que esta pueda defenderse. La experiencia del procés en Cataluña demostró que el Estado de derecho necesita instrumentos claros para preservar la legalidad constitucional sin tener que llegar a una situación límite. Y también hemos aprendido que cualquier deriva de concentración de poder exige contrapesos eficaces. Reforzar la separación de poderes, despolitizar instituciones y elevar la calidad normativa.
Tercero, y para mí central, reconstruir la clase media. Sin una clase media fuerte no hay estabilidad democrática. Eso requiere políticas que faciliten vivienda asequible aumentando oferta, alivien la presión fiscal sobre familias, autónomos y empresas mientras se mejora la eficiencia del gasto público, y un plan de choque de modernización de infraestructuras. No se trata de gastar más, sino de gastar mejor y priorizar lo productivo.
Superar esta etapa exige serenidad, credibilidad y un proyecto integrador. Un gobierno mejor, para todos los españoles, que rebaje la tensión y vuelva a poner el foco en la prosperidad. Eso es más difícil que un eslogan, pero es lo responsable. Y en eso está el Partido Popular.
Recomendación de lectura: El dilema del PP

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