1810, 1910, ¿2010? ¿Quién dijo revolución?

Mundo · Juan Manuel Escamilla (Ciudad de México)
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20 noviembre 2009
La semana pasada recibí una circular que convocaba una marcha el 11 de noviembre, la segunda marcha masiva que convocó el SME, enardecido a causa de la clausura de la compañía de Luz y Fuerza del Centro. La ocasión anterior la retórica ya era revolucionaria. Esta vez más de cien organizaciones se unieron a la protesta del sindicato de los electricistas. Entre ellas se cuentan el sindicato de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), STUNAM) y el de telefonistas. La convocatoria se justificaba en el descontento que han provocado al pueblo mexicano "sucesos como la desaparición de Luz y Fuerza, el alza de los impuestos, la desaparición de secretarias ­-(!) asumo que se refieren a las tres secretarías que disolvió el presidente-, (...) a la represión de políticos y líderes sociales y sindicales". A propósito de la represión a los líderes sindicales, anoche cené con el sommelier de uno de los restaurantes más elegantes de la ciudad, quien recién había servido a Martín Esparza un vino, amén de caro, malo (su cuenta alcanzó unos 1.000 euros). Con que saque sus conclusiones a este respecto el lector.

La marcha, bien, gracias: tuvo de todo. Seis contingentes partieron de distintos sitios estratégicos (para su parálisis) de la ciudad en dirección al Zócalo, donde se reunieron. Además había caravanas de carros y motos por las carreteras. Para los que no pudieron acudir hubo también: podían apagar la luz de 7 a 9 PM y no usar ni teléfonos ni internet para unirse al desacuerdo. También nos invitaron a no pagar, bajo ninguna circunstancia, el recibo de la luz. Se trataba de mostrar "a este gobierno fecal y a los grandes empresarios", dice elegantemente el boletín, "que quienes vivimos en este país no estamos conformes con lo que está ocurriendo y que lo que nos imponen no cubre nuestras necesidades basicas de supervivencia, violan nuestras garantias individuales y nuestra integridad personal, laboral, social y económica" (atención: la nefasta redacción no es mía, yo me limito a reproducirla).

Vamos a ver. Para que haya una revolución son precisas ciertas condiciones, que iremos evaluando. Para empezar, clases sociales. México, lo mismo que América Latina, es un escándalo para Occidente en esta materia. La clase media es prácticamente nula, en proporción, y los pobres y los ricos conviven a muy pocos metros de distancia. Los ricos son obscenamente opulentos. De los pobres han hecho miserables. No lo digo desde la retórica, sino literalmente. Los ricos han asumido el modelo neoliberal y la ficción de la democracia, introduciendo, los necesitan como fuerza de trabajo, a los pobres: así los han despojado, muchas veces, de sus saberes de subsistencia, de su identidad indígena, de su tierra, convirtiéndolos en obreros. Y, ahora, en desempleados. El drama de los pobres en las sociedades industriales.

Pero no sólo eso. La distancia que separa a una clase de otra es indignante. Para muestra de botón, basta ver la proximidad de Santa Fe (el Walt Disney de las corporaciones transnacionales, semejante, como todas las ciudades ricas, a Nueva York) con cinturones de miseria tan "feos" que los buenos habitantes de la rica ciudadela salieron con el proyecto "Adopta una fachada" para construirle "fachadas bonitas" (sí, sólo las fachadas) a las casas tan feas de los pobres que arruinaban, en los alrededores, la vista. Los ricos no son tantos. Pero son muy ricos. Más que ningún millonario europeo. Y la "clase media alta" vive como los ricos europeos. Cualquier familia de "clase media" tiene dos o tres coches, un piso grande en una "buena zona" o una casa, ¡servidumbre! (al menos una mujer que haga el aseo, cocine, lave y planche…, si no varias, un mozo y un chofer), se puede permitir viajes, hasta inversiones. El salario mínimo de un obrero común es de unos dos euros diarios. Como, evidentemente, no se puede vivir así, hay un montón de programas sociales, como Oportunidades. Se han mostrado paternalistas, sin embargo, y muy caros. Acostumbran a los pobres a que el Gobierno les tiene que dar de comer. Los están haciendo dependientes de una mediación artificial, que los atrofia. Cuando a la mano que los alimenta se le acaben los tamales… ¿Me explico?

Además, no sólo se trata de clases sociales, sino de razas, lo que ya es más grave y escandaloso. Prácticamente toda la clase alta es blanca. Criolla o mestiza tirando a española. La clase media está compuesta, casi fundamentalmente, de los mestizos más bien morenos. Y en la clase obrera están los mestizos más aindiados. Y son, con mucho, la mayoría.

Es evidente para cualquier burgués como yo, con dos dedos de frente, que el descontento social se puede cortar. Los pobres están, con justicia, enojados. Y deprimidos. La gente, en la calle, tiene miedo y está enojada. También está preocupada: tiene que "sacar el gasto" y vive al día. Las cosas están cada vez más caras. Y el salario se mantiene igual. Y los impuestos suben (recién se aprobó un incremento proporcional del 7% en los impuestos para 2010). Yo he advertido de un año a acá, como consumidor corriente, un incremento de los precios en el supermercado de al menos un 35%. ¿Ya nos vamos haciendo a la idea?

Todos en el país están más bien decepcionados de la incipiente simulación democrática del país. Si en 2000 recibíamos el milenio llenos de esperanza, orgullosos del sistema electoral y la transición después de 70 años de gobierno de un único partido (el PRI), la presidencia de Vicente Fox se mostró muy pronto decepcionante. A Felipe Calderón (del PAN, el partido de "derechas") ya le fue francamente difícil ganar las elecciones y, por nada, se las lleva Andrés Manuel López Obrador (el candidato del PRD, el partido de "izquierdas").

La polémica presidencia de Felipe Calderón ha estado marcada por una serie de decisiones muy poco populares. La militarización del país, por ejemplo. En su quijotesca e inútil cruzada contra el Narco, nos ha habituado a ver, en el día a día, a los militares. Han cometido toda cantidad de abusos de poder y han violado, como si se propusieran llenar una lista, uno tras otro, una buena cantidad de derechos humanos, cometiendo aberraciones inexplicables. Además han pillado a un par de traficantes. Pero el asunto es que el nivel de violencia e inseguridad que vive México, hoy por hoy, ha rebasado ya, proporcionalmente, los peores días del Narco en Colombia. Pero es peor. Porque los narcos sin trabajo tienen que diversificar su negocio…: se vuelven secuestradores, sicarios, mafiosos… y no dejan de intentar recuperar su negocio original, las drogas, la especialidad de la familia.

La clausura de LyF y la disolución del SME, sindicato indefendible, desafortunadamente fue un acto aislado que, por lo tanto, ha de ser interpretado como una revancha personal del presidente contra el único sindicato con el que no había logrado negociar. Hizo una cosa buena (el SME cavó su propia tumba, ya insostenible) por las peores razones. No ha seguido desarticulando otros sindicatos, tan nefastos como el SME, urgiéndolos a refundarse, ni se ha opuesto a los monopolios (antes bien: ha cabildeado en contra de la legislación que haría a las empresas de telefonía móvil y de comunicaciones pagar los impuestos que les corresponden).

Los mexicanos, ¿tienen o no razón al gritar por las calles, en las marchas "Si no hay solución, habrá revolución"?

Los totalitarismos están pasados de moda. La revolución ya no es moneda vigente. Pero no en América Latina, donde existen Fidel, Chávez, Evo Morales. Éstos tienen por pretexto una causa, sin embargo, más o menos honorable: una denominación ideológica. Ello no los vuelve ni más tolerantes ni menos peligrosos. Pero quizá un poco más elegantes (¡y mira!). El presidente Calderón es un buen católico burgués, con buenas y honestas intenciones y hasta competencia estadística. Tiene convicciones de acero. Es un señor educado, mesurado en sus formas y, en fin, un tecnócrata. Se diría que hasta es tolerante. Todos sabemos la moral y el credo que privilegia, pero no los impone con violencia. Es víctima, sin embargo, de una ideología mucho más sutil, porque tiene carta de ciudadanía de tolerancia democrática y liberalismo. Es víctima de la burguesía. Está consagrando el hambre de los pobres al Único Dios Verdadero: el dinero. Para que la economía funcione, más impuestos.

Hay un dicho mexicano que reza así: "Piensa mal y acertarás". En un ejercicio especulativo, quiero proyectar la situación actual hacia el futuro y elaborar una teoría de la sospecha amparada en la sabiduría popular. No por nada. "Los dichos de los abuelitos son evangelios chiquitos".

¿Es posible una revolución? No creo. Ya no. ¿Aunque siga por ahí el "presidente legítimo" AMLO? ¿Aunque el subcomandante Marcos se ande demasiado calladito y quién sabe qué trame? ¿A pesar del creciente descontento social, la violencia, la inseguridad, los impuestos? Elementos, hay varios. Pero las revoluciones cuestan dinero. Y las ganan, siempre, usando a los pobres, unos ricos contra otros ricos. Y a los ricos, como quiera que sea, no les va tan mal. La clase alta mexicana es, hasta eso, bastante solidaria y no hay intereses de los únicos que existen ahora, económicos, tan importantes que no se puedan arreglar sin acudir a una revolución. Por ideología, hoy, ya nadie se va a pelear. Todos tienen su trozo del Estado y con eso tienen. El poder, el dinero, los han domesticado. Lo mismo a los católicos panistas bienintencionados que los perredistas más contestatarios y los líderes sindicales. Además, a Estados Unidos no le interesa que su vecino fronterizo se ponga a tirar balazos.

No. No habrá revolución, creo. Pero no faltarán levantamientos aislados e infructuosos de algunos cuantos descontentos con más hambre que armas y menos estrategia que coraje. Entonces Calderón tendrá un buen pretexto para usar aquí y allá al ejército para cegar la inconformidad. Y en el peor de los casos anuncie un Estado de excepción y suspenda las garantías individuales un rato. Hasta que las aguas se calmen. Y la democracia vuelva a su simulación, la economía nacional a su hábito de andar de capa caída. ¿Y la familia mexicana en el Leviatán Tropical? Otra vez, ahí va, haciéndole la lucha. Pero bien, gracias.

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