Yihad europea, el monstruo dentro de nosotros

Mundo · Robi Ronza
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2 julio 2015
A la vista de los ataques del terrorismo islamista en Europa (y en los países musulmanes, como Túnez y Kuwait, considerados no hostiles con Occidente), ante todo habría que plantearse una pregunta que nadie hace: ¿por qué motivo el encuentro con la cultura occidental suscita hoy en las jóvenes generaciones musulmanas tal malestar, rencor y desprecio que los convierte en caldo de cultivo de terroristas devorados por el odio y dispuestos a dejarlo todo y convertirse en asesinos de inocentes y terroristas suicidas?

A la vista de los ataques del terrorismo islamista en Europa (y en los países musulmanes, como Túnez y Kuwait, considerados no hostiles con Occidente), ante todo habría que plantearse una pregunta que nadie hace: ¿por qué motivo el encuentro con la cultura occidental suscita hoy en las jóvenes generaciones musulmanas tal malestar, rencor y desprecio que los convierte en caldo de cultivo de terroristas devorados por el odio y dispuestos a dejarlo todo y convertirse en asesinos de inocentes y terroristas suicidas?

¿Por qué motivo ceden también al oscuro reclamo de estas opciones mortíferas chicos y chicas nacidos y criados aquí, donde entre otras cosas han podido disfrutar de un estilo de vida, de servicios sanitarios y educativos semi-gratuitos de un nivel difícilmente imaginable en los países de origen de sus familias? Dado el carácter extremo y criminal de esta opción concreta y dado el derecho-deber de hacer frente a este fenómeno también con medios militares, sustancialmente la solución definitiva del problema depende de esta pregunta censurada y de sus respuestas.

El pasado 19 de junio, en Bratislava, el premier británico David Cameron tuvo el valor de plantear esta cuestión. Tomó la palabra en una conferencia internacional sobre seguridad convocada en la capital eslovaca y entre otras cosas criticó la actitud pasiva que caracteriza a las comunidades musulmanas en Europa respecto al terrorismo islamista. Una actitud, subrayó, que ha acabado acreditando ante los ojos de muchos jóvenes musulmanes la opción del terrorismo como expresión heroica de un islam más auténtico e intransigente. El discurso tuvo un eco notable en Gran Bretaña y en otros países. En efecto, con esas palabras Cameron daba voz a una posición típica de su gobierno, y distinta de la de Francia. Según Londres, los musulmanes pacíficos y no inclinados al terrorismo pueden y de hecho deben tener un papel de primer nivel en el proceso de deslegitimación y aislamiento del terrorismo islamista.

A principios de año, esta posición fue expresada de forma oficial por parte del gobierno de Cameron con una carta que, poco después de la masacre en la redacción de Charlie Hebdo, el ministro dedicado a los asuntos de las “comunidades” (es decir, las minorías étnicas y religiosas), Eric Pickles, dirigió a mil personalidades relevantes de la comunidad islámica británica. Por ello fue acusado de mirar con prejuicios a sus conciudadanos musulmanes, pero Pickles fue defendido abiertamente por Cameron, que en esa circunstancia afirmó que la carta era “razonable, discreta y moderada”. Una posición, como se ve, muy distinta de la de la Francia de Hollande, siempre preocupado por no atribuir ninguna responsabilidad específica a sus conciudadanos musulmanes ni al islam en general. Incluso ante los casos más trágicos de terrorismo de matriz evidentemente islamista, el presidente francés siempre se ha limitado a hablar de “terrorismo” sin ningún otro calificativo.

En principio, no se puede más que concordar más con la concreción de Cameron que con el esquematismo abstracto de Hollande. En virtud de una proximidad familiar, social y cultural, es evidente que los musulmanes pacíficos tienen ante el terrorismo islamista una tarea en la que nadie les puede sustituir. Pero del mismo modo hay otra cuestión que solo nos incumbe a nosotros, occidentales autóctonos. Ante los ojos de un joven musulmán –ya esté en su país, haya emigrado al nuestro o haya nacido ya aquí en una familia de inmigrantes– lo que hoy comunica la cultura de masas de Occidente es algo incomprensible y escandaloso al mismo tiempo. Lo que ve es una economía muy rica, eficiente, capaz de innovación a la que en cambio se corresponde una sociedad perversa. Nada o casi nada le ayuda a entender que hay algo más y mejor aparte del relativismo de los medios y el consumismo de la publicidad. Nadie le explica que este algo más, sumergido y muy poco narrado –inexplicable si prescindimos de sus raíces cristianas–, es lo mejor de Occidente, y además es la clave de su éxito científico, técnico y económico. Solo si nos comprometemos a dar a conocer todo esto conseguiremos deshacer el equívoco que dice que el terrorismo islamista es el último y venenoso fruto. Y haciéndolo, nos estaremos haciendo un bien también a nosotros.

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