Ante la sentencia del Tribunal Constitucional

Vida y muerte de una Constitución

España · Francisco Caja
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1 julio 2010
La reacción de los nacionalistas a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña revela de forma incontestable tanto la naturaleza de esa norma y el principio en la que se basa como la del pleito que plantea. Nosaltres decidim, som una nació!

El Estatuto de Cataluña es una norma que procede de una soberanía contraria a la proclamada por la norma constitucional: la soberanía de Cataluña. Si alguien (no el que esto escribe, que ya lo escribió con todas las letras en los primeros momentos de su elaboración) lo dudaba todavía, el lema que presidirá la manifestación convocada por los nacionalistas como respuesta a la sentencia lo confirma; lo que no pueden aceptar éstos es que no se reconozca su generoso gesto: la Nación catalana, que es inalienablemente soberana, decide, en un acto de magnanimidad infinita, compartir su soberanía asociándose a España. Es éste el "encaje" con España que ellos conciben, un estado asociado, como Ibarreche escribiera en su día. Aunque esa voluntad de asociación sea una voluntad averiada. Una voluntad que observa una conocida fórmula asociativa: lo mío, mío; lo tuyo de los dos.

La Sentencia del Tribunal Constitucional no sólo les ha concedido, haciendo añicos el espíritu y la letra del la Constitución, la práctica independencia en casi todos los ámbitos, sino que le ha dado una satisfacción aún mayor: un motivo para seguir presentándose como víctimas de la intolerancia imperialista de una nación hostil a la libertad Cataluña desde siglos. Las palabras pronunciadas por Pujol (el constructor de Cataluña) nada más conocer el fallo de TC lo confirman: una "humillación" para Cataluña. Porque la demanda del nacionalismo catalán no es otra que la acuñada para la ocasión de la actitud de Juan II en el rescate del sobrino del alcalde de Ronda: el oro y el moro.

Pero lo más cruel de esta repetición de la historia, su moraleja es la siguiente: de nada ha servido que el PSOE traicionara la Constitución (la felonía de los María Emilia Casas Baamonde, Manuel Aragón Reyes, Elisa Pérez Vera, Eugeni Gay Montalvo, Pascual Sala Sánchez y Guillermo Jiménez Sánchez -que caiga sobre ellos el oprobio del perjurio, pues juraron guardar la Constitución- ha sido sólo instrumental), liquidada en almoneda, arrebatando así a los españoles el poder constituyente, esto es, que haya perpetrado un inequívoco autogolpe de Estado. No lo han entendido: los nacionalistas querían el oro y el moro. No sólo el contenido material de lo que los preceptos de Estatuto recogía (el oro), sino también el reconocimiento de la soberanía de Cataluña (el moro).

Han asesinado a la Constitución. Pero lo que es más grave es que la han convertido en un muerto viviente. Que Rajoy, en un acto de descomunal dontancredismo que sin duda le pasará factura, la cree todavía viva.

No hay otra opción democrática que acatar la sentencia, pero ello no obsta para restaurar la vigencia de la Constitución que emprender la inmediata reforma de la misma. La única vía democrática, para devolver a todos los españoles los que le han arrebatado unos pocos: el poder constituyente. Para que sea el pueblo español, sin exclusiones, quien decida cómo debe ser el orden político en el que quieren vivir en el futuro. La única vía que le queda al partido de la oposición para no hacerse cómplice de esta verdadera reforma implícita de la Constitución que un vergonzante TC no ha sabido impedir. Para apartar a la Nación española de la derrota que lo precipita hacia el maelstrom de su liquidación como una democracia constitucional.

¿Cómo no recordar aquí las palabras de Churchill con ocasión del acuerdo de paz de Chamberlain con Hitler? "Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor, y además tendréis la guerra".

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