Una vida, no una postura

Sociedad · Javier Folgado
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17 noviembre 2021
Para la historia pasarán estos años como aquellos en los que se dio prioridad a los perros antes que a los niños para poder salir durante el confinamiento o aquellos en los que, en muchos casos, se dejó abandonados a los ancianos que vivían en las residencias en lo más duro de la pandemia.

También por el gran consumo de antipsicóticos, ansiolíticos… o las mezclas de alcohol con codeína de numerosos jóvenes en los botellones. También por la soledad de tantos. El hombre de hoy está solo, le cuesta hacer un juicio sobre su propia experiencia y necesita de una compañía buena.

Fay Bound Alberti describe en “A Biography of Loneliness” que a partir del siglo XIX surge un culto al individuo que empezó a adueñarse de las estructuras sociales, políticas y económicas, especialmente en Occidente. Las emociones y las motivaciones humanas sustituyeron a las ideas religiosas tradicionales a medida que avanzaban las explicaciones científicas laicas del cuerpo. La vida en las ciudades y la industrialización, sigue afirmando Bound, reemplazaron a las formas tradicionales de estar en el mundo. Las ideas sobre “la comunidad” como espacio dedicado al bien común desaparecieron, sustituidas por la búsqueda de la riqueza y el estatus social. Son muy interesantes las observaciones de esta autora porque expresa que se diluye el yo cuando deja de haber un nosotros. En un nosotros puede haber una corrección o puede el individuo encontrar un modo de afrontar la realidad más adecuado.

Otro fenómeno que me parece revelador de los tiempos que corren es la “chemsex”, el uso de drogas, como la metanfetamina, para prolongar las relaciones sexuales. Además del grave riesgo para la salud pública me parece un buen ejemplo de un modo de vivir donde reina la confusión en la experiencia del individuo. No seré yo quien se oponga al placer sexual ni de otro tipo, como degustar un buen vino o una buena comida, pero ¿es la prolongación artificiosa del placer lo que colma nuestro deseo? Por muy placentero que sea el sexo, ¿no estamos aún más necesitados de un abrazo entre los esposos que expresan su amor más allá de sus límites y más allá de la “perfección” del acto sexual?

Julián Marías, hablando sobre el siglo XVIII en España, describe “el cambio de la función de la religión. Va dejando de ser una creencia en que se está para convertirse en una postura, a favor de la cual o en contra se combate”. Un cristianismo como postura que reacciona frente al mundo poco tiene que aportar como posibilidad de bien a una sociedad herida y tiene todas las probabilidades de chocar contra un muro, mientras que un cristianismo como vida en la que se está es una esperanza para nuestra sociedad por muy lento que nos pueda parecer el proceso. Como ha demostrado estos días el testimonio de la madre del colegio Montealto en Madrid cuya hija murió atropellada por el coche de otra mamá del colegio. Su abrazo a la conductora cambia el corazón del que mira a los ojos a los hechos y nos abre una pregunta de significado.

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