Una unidad desmedida

Sociedad · GONZALO MATEOS
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4 abril 2024
La verdadera unidad se reconoce, se propone, se experimenta. No se puede obtener mediante la renuncia de uno mismo. Es posible por la experiencia positiva de un yo responsable.

Todos los lunes a primera hora empiezo la jornada con una reunión de mi equipo sobre la semana que tenemos por delante. Suelo acabar dando instrucciones y órdenes. Al cabo de unos días observo que poco o nada ha cambiado. Un día varié el método. Traje unas jarras de café y unos churros, y empezamos compartiendo las razones por las que nos gusta trabajar en común, las dificultades y los deseos, lo que aprendemos de cada uno y alguna iniciativa que nos gustaría iniciar juntos. Algo cambió desde entonces.

Hoy y desde siempre el hombre ha tenido que preguntarse cuál es su relación con el poder, qué entiende por autoridad y por qué le debe prestar obediencia. La respuesta es determinante para saber el grado de cohesión de una sociedad o de un grupo. Sometidos a crecientes grados de polarización y fragmentación nos asusta no estar más unidos frente a las inminentes amenazas de un futuro incierto. Putin y Xi Ping responden manteniendo con mano de hierro una solidez sin fisuras y sin oposición posible. Mientras tanto las sociedades democráticas se ven sometidas en cada convocatoria electoral a una creciente pluralidad de proyectos políticos generalmente cohesionados por el odio al enemigo.

Por eso la cada vez más frecuente llamada a la unidad pueden ser un reclamo justo, pero en ocasiones, suele ocultar intereses particulares que acaban generalmente en violencia o en manipulación. En nuestro editorial referido al 11-M lo constatábamos: “O la unidad es generada por un bien actual que conforma, vertebra y es el origen de los diferentes sujetos sociales o será una palabra vacía, una fuente de frustración”.

En sociedades crecientemente diversas e hiperindividualistas ¿se puede lograr una unión libremente aceptada? ¿vale cualquier tipo de unidad? ¿es posible lograrla sin tener que imponerla? ¿cómo puedo experimentarla cuando difiero de algunos que forman parte de mi grupo o condición?

Javier Gomá nos relata que gracias a la modernidad logramos convertirnos en súbditos por fuera y libertarios por dentro. Nos sometemos en nuestra vida pública a infinidad de disposiciones. Pero al mismo tiempo en el interior de nuestros hogares nos sentimos gozosamente libres y sin límites. O normativismo o anomia. Pero entonces ¿qué razones hay para obedecer de manera justa? ¿cómo complacer nuestro deseo de no ser súbditos de nadie y al mismo tiempo ser servidores de la comunidad? Hemos logrado ser libres, sí, pero quizá sea el momento de aprender a ser libres juntos, esa es la cuestión.

Luis Ruiz del Árbol afirma que la unidad es el rasgo más evidente de lo divino. La experimentan fugazmente los que emprenden un proyecto social o político, una nación o una familia en apuros, un coro polifónico o un matrimonio tras una larga vida. Como hemos visto descrito en el artículo sobre la película “La sociedad de la nieve” sólo actuar en equipo nos permite sobrevivir a la adversidad.

La verdadera unidad se reconoce, se propone, se experimenta. No se puede obtener mediante la renuncia a uno mismo. Todo lo contrario, sólo es posible a través de la experiencia positiva de un yo responsable, muchas veces herido y fragmentado. No hay unión efectiva sin un yo consciente. Y es que la unidad de fondo ni se decide, ni se pide ni se exige. Suelen presumir de ella los grupos rígidos que han perdido su vitalidad, suele imponerla quien no puede conseguirla de ningún otro modo. Se me ocurren muchos ejemplos, pero baste con mencionar algunos cercanos como Puigdemont o Sánchez.

La obediencia que construye es la que pasa por una constante tensión existencial por comprender, intelectual y afectivamente, las razones de la autoridad. Pasa por ese principio ignaciano tantas veces olvidado que consiste en tratar siempre de “salvar la proposición del otro”, desarmar el propio posicionamiento y educar esa capacidad de alegrarse del bien ajeno.

Por eso no se puede confundir comunidad con afinidad, ni pertenencia con adscripción. La pertenencia no es militancia, al igual que uniformidad no supone necesariamente coherencia. No permaneceremos unidos si sólo intentamos preservar o defender lo que ya se nos ha escapado. Ni a golpe de corneta, ni comulgando con ruedas de molino, ni señalando a los disidentes. Solo podemos permanecer libremente juntos cuando lo que nos une es algo vivo, atractivo y presente, y, por tanto, con capacidad de proyectarnos al futuro. Y es esto de lo que carecen la mayoría de los partidos políticos y gran parte de nuestra sociedad civil.

Se trata en definitiva de vivir en reconciliación y concordia que no evita, porque al mismo tiempo valora, la polaridad y la diversidad. Algo siempre en construcción, al mismo tiempo incompleto y abierto, y por eso mismo, fuerte y protector.  Un deseo dramático que genera tensión ya que pretende una sinfonía de opuestos, lo que lo que permite que la unidad pueda ser experimentable, real e histórica. Y para ello se necesita respeto, perdón, escucha y valoración mutua. Y también mucha celebración y sentido del humor.

El precio de la unidad no puede ser por tanto una pérdida o una renuncia. Ha de ser una ganancia por elección, por atracción, por afecto. “Un atractivo vencedor es la única esperanza para nosotros” afirma Julián Carrón. Es solo por un algo que arrebata, que responde, nunca por deber, por inercia o por temor. Una unidad en la diferencia, y nunca una unidad sin diversidad (homologación) ni una diversidad sin unidad (autoreferencialidad). Que el todo sea más importante que las partes no significa que estas no sean trascendentales.

El reclamo a la unidad no puede proclamarse en abstracto porque se sustancia a través de personas que se convierten en autoridades ejemplares a las que uno inevitablemente se pega, se adhiere. Un líder es el que ha experimentado y disfrutado primero la gracia de la unidad convirtiéndose también para él mismo en un espectáculo. Alguien que ha pasado por la soledad, por el vacío, y gracias a ello ha podido entender lo esencial, lo que responde, lo que da propósito a una comunión. Alguien que te saca de la distracción, apela a tu creatividad y te embarca en un camino a verificar que te abre al mundo. Alguien que ha percibido que no hay que retirarse o vencer a la sociedad, sino que es preciso trascenderla. Incluso pasando por la derrota o la disidencia que es la que puede hacer cambiar al mundo. Como un dócil Navalni volviendo a Rusia frente a un todopoderoso Putin presidiendo su mesa de mármol en el Kremlin. O desde una cruz.

En el documental “Una ambición desmedida” se nos relata el discurrir de una gira de cuatro años del exitoso cantante C. Tangana que ha inspirado a cientos de artistas y en el que acaba diciendo: “Toda la vida he pensado que el quedar para la historia pasa por ser tú una figura gigante. Y realmente es todo lo contrario. Es como en el momento en que tú dejas de intentar hacer que tu espacio ocupe mucho, y piensas más en la comunidad y en otras cosas que no tienen que ver directamente contigo. Ahí está la trascendencia”. Voy a ver si consigo ficharle para mi unidad, o, al menos, que dirija él la reunión de los lunes. A los churros invito yo.


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