Un cerdo es un cerdo: el Brexit

Mundo · Ángel Satué
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29 enero 2019
Escuchando hace unos miércoles la malograda –por 19 votos– moción de censura contra Theresa May, primera ministra británica, después de que el Parlamento le tumbara un día antes su acuerdo sobre el Brexit con la Unión Europea, una de las diputadas laboristas sostuvo que debía convocarse un segundo referéndum puesto que los británicos votaron contra el Gobierno, y no a favor del Brexit. Votaron, según ella, contra un mal funcionamiento del Sistema Nacional de Salud, los precios de la vivienda y el combustible, por la educación, por unas mejores infraestructuras… En definitiva, pidiendo una intervención del gobierno de Su Majestad más eficaz, más eficiente.

Escuchando hace unos miércoles la malograda –por 19 votos– moción de censura contra Theresa May, primera ministra británica, después de que el Parlamento le tumbara un día antes su acuerdo sobre el Brexit con la Unión Europea, una de las diputadas laboristas sostuvo que debía convocarse un segundo referéndum puesto que los británicos votaron contra el Gobierno, y no a favor del Brexit. Votaron, según ella, contra un mal funcionamiento del Sistema Nacional de Salud, los precios de la vivienda y el combustible, por la educación, por unas mejores infraestructuras… En definitiva, pidiendo una intervención del gobierno de Su Majestad más eficaz, más eficiente.

De acordarse esta nueva consulta popular, serían tres en menos de cinco años, para tratar de plantear soluciones definitivas a asuntos no menores como la independencia de Escocia o el Brexit.

El nuevo referéndum parece que es la opción preferida por las élites europeas, incluido Tony Blair, ex líder laborista y ex primer ministro británico.

Para el ex mandatario, en juego está ser una especie de Noruega (a la que le aplica el derecho comunitario con relación al mercado único –libertad de circulación de personas, trabajadores, capitales y mercancías–, sin voto, pero no la política agrícola, la de justicia, interior o la unión aduanera, pudiendo celebrar acuerdos comerciales con terceros e imponer aranceles) o bien de Canadá, en cuanto a gozar de más o menos soberanía en la relación con la Unión Europea omitiendo, sin embargo, el importante acuerdo comercial firmado entre la ex colonia británica y la Unión.

Pero seamos honestos, sinceramente no se ponen todas las fuerzas de un país en marcha para que el Reino Unido acabe siendo solo una especie de Noruega –de 5 millones de habitantes–, pero rodeada por agua.

Por otro lado, las personas de las clases más populares, que leen prensa amarilla, muy tocadas por los vientos de la crisis de 2008, y que achacaron todos sus males a Bruselas, tradicionalmente de sensibilidad laborista, ven en un segundo referéndum un ataque a la propia democracia británica, como si fuera una democracia plebiscitaria y no una democracia parlamentaria desde su revolución Gloriosa, en 1688.

Teniendo en cuenta que May es conservadora, y que su Acuerdo no ha prosperado, es muy posible que ejerza de líder conservadora. A saber, apostará por controlar las fronteras, también las de Irlanda, la inmigración y las costumbres de los de fuera, mientras hará todo lo posible por proteger su industria y su comercio, a sus ciudadanos residentes fuera del Reino Unido pero, sobre todo, a la City, primero de la Unión Europea, después de las regulaciones de propio gobierno, y tratará de que el Brexit se conduzca bajo el principio del “best value from money”, es decir, buscando el mejor uso del dinero de los contribuyentes británicos, o buscando el peor de los contribuyentes del continente. En resumen, un Brexit duro.

Esta opción es probable, pero voces como la de Tony Blair proponen que actúe la primera ministra como moderadora entre los partidarios de la Unión Europea –que por lealtad al partido de May aceptan a regañadientes el Acuerdo negociado con Bruselas como mal menor– y los absolutamente contrarios. Tal vez esta moderación debiera venir de un nombramiento excepcional por parte de la Reina, para nombrar una especie de Churchill, como sucedió con éste en 1940.

May está en otra gran encrucijada. Es una cuestión de olfato político para sobrevivir y, si vemos lo que sucede en el tradicional feudo laboralista del norte de Inglaterra, que está cambiando su intención de voto (no su ideología) por el efecto Brexit, desde el laborismo al conservadurismo nacionalista, no parece muy razonable para un animal político, bastante tozudo, como May, ser solo un moderador de un debate imposible de acompasar.

La tercera vía, que no es la que Blair propuso en su día, sería más bien propia de un zorro. En Inglaterra hay zorros. Se trataría de atajar las razones de los que votaron Brexit cuando querían votar otra cosa. Contrarrestar las causas esgrimidas por aquella diputada laborista que, dado que representa directamente a su “constituency” –distrito electoral–, puede ser que tuviera razón, su razón, o hablara en conciencia poniendo en riesgo su reelección, siendo esto lo admirable del sistema electoral y parlamentario británico.

El giro oportunista de Cameron hacia las posiciones nacionalistas y populistas del precario partido UKIP, que puso en el debate político la conveniencia de salir de la Unión Europea, fue una bomba de humo para no afrontar las debilidades del estado del bienestar, del estado intervencionista salido tras la Segunda Guerra Mundial de la que se benefician ahora, a ojos del electorado, los extranjeros.

Una muy buena amiga inglesa me confesó que ella votaría laborista –sería la cuarta generación en hacerlo–, pero que el voto es tan importante que no siente que conozca los temas políticos como para expresar su voto en estos momentos. Podremos estar de acuerdo o no con su decisión, pero es de un compromiso ético con ella misma, con su sociedad y con la democracia, que define el carácter inglés. Se toman en serio. Sin duda, saldrán de esta crisis, por su actitud ante los problemas. Porque ellos son más ellos en la acción, en el movimiento. Como dijera Madariaga: “muddling through”, que no admite traducción directa en castellano. Una especie de “pasar liado a través (de un lío)”.

¿Qué significa el Brexit? Se preguntaba el periodista de Político Tom Mctague. Nadie lo sabe aún. Lo iremos descubriendo según se desarrolle. No obstante, hay un significado que se nos anticipa: la desconfianza.

Desconfianza en los representantes, en los buenos vecinos extranjeros, en los europeos del otro lado del Canal, en las decisiones del gobierno o de la oposición. Pero, paradójicamente, también es una petición angustiada a un nuevo intervencionismo que resuelva los problemas reales y no conceptos macroeconómicos. A un cierto intervencionismo que diga que “un cerdo es un cerdo”, que, según Chesterton, es lo que esperaría oír un granjero inglés repleto de sentido común. Acaso un intervencionismo centrado en lo estrictamente necesario (no necesariamente lo esencial para el hombre), que deje libertad en todo lo demás.

En cuanto al nacionalismo, la pregunta que lo cura es sencilla: ¿usted me podría decir en qué se cree distinto, y usted me puede explicar por qué esa diferencia le hace mejor que su vecino? Tal vez en este lado del Canal debamos empezar a mirar a los cerdos como lo que son, cerdos, y afrontar los problemas como lo que son, problemas cotidianos de gente normal que busca cierta ayuda, pero quiere sentirse libre.

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