Ucrania con dignidad y con libertad

Liudmyla vive ahora en Ivano-Frankivsk, al oeste de Ucrania, lejos del frente. Aunque Liudmyla lleva el frente muy dentro del alma desde que a finales de 2022 comenzó el asedio de las tropas rusas a Mariupol de donde es originaria. Cuando empezaron los bombardeos se puso a tocar el piano en la casa de un vecino. A los pocos días ya no pudo refugiarse en la música. En el interior de su casa la temperatura no subía de los 5 grados, se quedó sin nada que comer. Se refugió en el sótano con otras personas, algunas de ellas acabaron perdiendo la cabeza. Decidió salir de Mariupol a pie hasta un pueblo cercano que se encontraba a 20 kilómetros. Y desde allí llegó a Ivano-FrankivsK donde ahora ayuda a personas desplazadas como ella. Ha vuelto a tocar el piano y hace yoga.
¿Por qué no aceptar sin más resistencia el Plan de Trump para Ucrania? Muchas personas como Liudmyla podrían no volver a tocar el piano, pero sí retornar, al menos en apariencia, a una vida parecida a la que tenían antes de la invasión rusa. ¿Por qué empeñarse en poner condiciones como han puesto Zelensky y los países europeos? ¿Por qué no aceptar una reducción del ejército ucraniano a 600.000 soldados? ¿Por qué no olvidarse de la fuerza de interposición internacional y de la OTAN? ¿Por qué no entregar todo el Donbas? Más preguntas. Mejor: solo una pregunta. ¿Vale la pena resistir cuando vamos camino de cuatro años de guerra? Hay seguramente ya 200.000 soldados que han perdido la vida en los dos bandos. El ataque a civiles desde el comienzo del conflicto no ha sido una casualidad sino una “estrategia precisa” que ha dejado 15.000 muertos. ¿Por qué no aceptar por el bien de todos la ley del más fuerte? Trump se lo dijo muy claro a Zelensky cuando visitó la Casa Blanca. Lo ha repetido en los últimos días: “Ucrania no tiene cartas para este juego”.
La paz que ha propuesto Trump supone una rendición, una renuncia a la independencia de Ucrania. ¿Pero no ha sido acaso Ucrania víctima de sí misma al acercarse a Occidente? Hay quien asegura que Putin no es el agresor sino el agredido. Estados Unidos y Europa pensaron que “el dossier ruso” se cerró con la Perestroika, con la caída del comunismo y la llegada de un capitalismo desaforado. Se olvidaron de que Rusia siempre está ahí: fue decisiva en las guerras napoleónicas, en la I y en la II Guerra Mundial, en la Guerra Fría. Europa se olvidó de la historia y de su promesa de no ampliar hacia el Este la OTAN. Ahora estaría pagando las consecuencias de una falta de inteligencia geoestratégica y de haber humillado a una de las naciones más orgullosas del mundo. Estos son los argumentos de los “antioccidentalistas”, de los defensores del llamado sur global.
El occidentalismo que justifica todo lo que hace Occidente -como la invasión de Iraq en 2003 -y el antioccidentalismo que considera imperialismo todo lo que hace Occidente se parecen mucho. Occidentalismo y antioccidentalismo son dos formas de ceguera ideológica. Occidente, formado en teoría por países ricos y progresistas, no está enfrentado necesariamente al sur global. Ni el sur global está necesariamente enfrentado a Occidente. Ni siquiera son dos bloques claros. La prueba es el caso ucraniano. Rusia, que en teoría pertenece al sur global, se encuentra en el norte geográfico. Y Estados Unidos, que debería estar con la Europa occidental y en contra del sur global, defiende a la Rusia de Putin.
Ucrania no puede ganar la guerra, el Gobierno de Zelensky tiene muchos defectos y probablemente más de un caso de corrupción. Pero hay hechos que no se pueden dejar de lado. Ucrania es un país soberano. Putin inició una guerra de invasión presentándose como víctima cuando es el culpable. No puede revindicar una zona de protección entre sus fronteras y las bases de la OTAN. No puede negarles a los ucranianos el derecho de acercarse a Europa. La ocupación de Crimea en 2014 no estuvo justificada por el cambio de un gobierno pro-ruso a un gobierno netamente ucraniano. La voluntad expansionista de Putin ha quedado certificada desde que en 2008 invadió Georgia. La pasividad de Occidente en aquella ocasión sirvió para que pensara que tenía carta blanca.
¿Tiene sentido la resistencia de los ucranianos? ¿Hay motivos para apoyarlos más allá de que la Unión Europea necesite un “colchón de seguridad”? Es una cuestión de justicia. Desde que León XIV se convirtiera en el sucesor de san Pedro ha insistido en que la paz debe ser “auténtica, justa y duradera”. No habrá paz duradera sin un fuerte componente disuasorio. Y para eso Ucrania, con apoyo internacional, tiene que estar en condiciones de amenazar de forma creíble y con capacidad de castigo a Putin en el caso de que quiera seguir avanzando hacia el Oeste.
Para lograr esa paz se pueden hacer concesiones territoriales, se trata de negociar las fronteras. Pero lo esencial es que la paz sea justa. Rusia tiene que aceptar, aunque solo sea por la vía de los hechos, que Ucrania es una nación independiente y que la dignidad de los ucranianos y su libertad deben ser respetadas. La rendición – el Plan de Trump es una forma de rendición- supone aceptar como única ley la ley del más fuerte. Nadie puede exigirles a los ucranianos que resistan, nadie puede obligarles a que dejen de hacerlo. No es suficiente que Liudmyla vuelva a tocar el piano.
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