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Tanta triste ejemplaridad

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22 junio 2014
Ejemplaridad. Es la palabra de moda, el término que puede solucionarlo todo. Coincidimos: la crisis no ha sido solo un bache económico, es la expresión de un mundo que se había vuelto loco y ahora hay que retornar a las conductas que dan ejemplo, a las buenas prácticas éticas.

Ejemplaridad. Es la palabra de moda, el término que puede solucionarlo todo. Coincidimos: la crisis no ha sido solo un bache económico, es la expresión de un mundo que se había vuelto loco y ahora hay que retornar a las conductas que dan ejemplo, a las buenas prácticas éticas.

Cuando cualquier magistratura del Estado quiere responder al deseo social de cambio, a la aspiración de que las cosas vuelvan a empezar, responde ofreciendo honradez, transparencia, y si es posible también sobriedad.

Lo cierto es que el mensaje es sencillo y parece esperanzador. No nos basta con cumplir la ley, hay que buscar un plus extra jurídico de honestidad y de decencia. Tu ejemplo debe producir, en los otros, sean gobernados, hijos, hermanos, compañeros de trabajo, una buena influencia, una influencia civilizatoria. Una recomendación que nos atrae porque vuelve a ser el viejo imperativo formal kantiano. Es como cierta comida rápida –y que nos perdonen los moralistas–, se traga bien. Pero lo cierto es que sacia poco.

En realidad estamos ante una nueva Paz de Westfalia. Aquel acuerdo de 1648, tras la Guerra de los Treinta años, de los enfrentamientos entre luteranos, calvinistas y católicos que resolvió el problema cortando por lo sano: todo aquello que tuviera que ver con lo religioso debía ser privatizado y el ámbito de lo público debía permanecer aséptico, neutral.

La nuestra ha sido una guerra de 60 años, afortunadamente sin muertos y sin ejércitos paseándose por Europa. Desde mediados de los años 50 del pasado siglo asistimos a la explosión del problema del sentido y a una resistencia feroz a su privatización. El movimiento beat, el pop art, luego el 68, la movida madrileña de los 80 y un largo etcétera, incluso la avaricia financiera de comienzo de siglo, fueron y son expresiones de lo insuficiente que es una respuesta basada solo en valores.

No, que no haya malinterpretaciones. La corrupción no tiene justificación alguna. La codicia ha sido muy mala. En la batidora se han mezclado cuatro ingredientes muy peligrosos: el crecimiento de la deuda pública y privada en el mundo occidental, ingentes cantidades de conocimiento y de energía aplicada a los mercados para conseguir un enriquecimiento rápido, globalización y desregulación financiera. ¡Para qué queremos más! Una auténtica bomba de relojería que nos estalló en la cara en 2008 y que todavía nos daña con su onda expansiva. Y la amenaza sigue presente porque la avaricia, que es una energía muy potente y que no encuentra nada que la satisfaga, ha estado especulando con los alimentos y puede generar una nueva burbuja con la política de expansión de liquidez que, por fortuna, ha adoptado el BCE.

Si todo eso no se puede negar. El problema es que la nueva Paz de Westfalia no va a solucionar nada. Es un poco más sofisticada que la anterior. Se reconoce que la búsqueda de sentido y de satisfacción es irrefrenable pero se vuelve a privatizar a través de los nuevos derechos, derechos subjetivos de todo tipo. Y luego, para la vida en común, otra vez la ética.

It doesn´t work. Las cosas no funcionan así, que diría un anglosajón. Primero nos quitaron lo bonito, ahora nos despojan de lo auténtico y pretenden que seamos buenos y que estemos unidos. La ejemplaridad pelada y mondada es como un año sin verano, una semana sin vino o una vida sin besos. Triste. Si algo tenemos que reivindicar de los últimos 60 años es el rechazo a los clérigos, casi todos ellos ya laicos, que solo han predicado buenas formas olvidándose de los amores o del amor que nos hace palpitar. No es verdad que exista el ciudadano post-metafísico.

Lo público no puede ser ese lugar donde se nos castra de lo que nos es más propio: esa potencia que llevamos dentro, que nos permite encontrarnos con los demás, construir, sacrificarnos. Jefferson era más realista, supo incluir en la Declaración de la Independencia la búsqueda de la felicidad.

Tampoco se entienda esto mal. No se trata de abolir la separación Iglesia-Estado. La cuestión es, como propone John Rawls, que las que él llama doctrinas comprehensivas comparezcan en la plaza común y se sometan a la prueba de una argumentación estándar, sin criterios de autoridad exógenos. Pero para eso es necesario que comparezcan, no que se esfumen. El rastro de la ejemplaridad es gris como una tarde de narcisismo, el testimonio de los que buscan lo auténtico –aunque sea moralmente incoherente– tiene todos los colores de un día con amigos. Está fuera, se refiere a la verdad.

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