Summertime

Cultura · Gonzalo Mateos
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25 agosto 2022
No hay estación más imprescindible, más necesaria que el verano. Desconfíen de quien lo desprecian, es solo postureo.

El verano es el imperio del sol, el fulgor de los cielos, el reino del tiempo inútil y de la huida como respuesta a la realidad. Es entonces cuando vivir es más fácil como canta el aria de la ópera de George Gershwin. Toda la naturaleza es consciente y acompaña, se para, se remansa, y se recrea en su dorada belleza indolente. Hasta la noche se vuelve más misteriosa por contraste, con las estrellas cortejando el rotundo espectáculo solar.

No podemos vivir sin sol, y no sólo físicamente. Lo saben mis amigos del norte de Europa que ansían todo el año escapar a España siquiera unos días. Lo saben los presos de los calabozos de los cuentos de Ivo Andric, que esperan cada mañana el paso del fuerte sol matinal a través de los escasos ventanales de sus cárceles que imprimen en el suelo de sus celdas colectivas una intensa, perecedera y menguante alfombra solar. Por aquellas alfombras los más jóvenes se sientan y caminan como si lo hicieran por el jardín más hermoso, conscientes de que se les otorga un regalo diario necesario para mantenerse vivos.

Lo sabe también Klara, la AA (Amistad Artificial) de la última novela del nobel Kazuo Ishiguro. Klara es una AA singular, un producto caro especializado en el cuidado de niños, más observadora que otros modelos, y más dada a hacerse preguntas que el resto de sus congéneres. Las AA se alimentan del sol, al que llaman el gran nutriente. En la observación de su niña, la enferma Josie, Klara intenta entender la singularidad de lo humano, y no puede obviar la necesidad de la espera y del milagro. Y por eso, por pura racionalidad, por pura observación, no tiene otra que acudir al encuentro del Sol en su ocaso para realizar una petición y un ofrecimiento. Necesario.

La espera del verano ya anticipa sus placeres. Pocos momentos más ilusionantes del año como la elección de los libros para las vacaciones, la liturgia del primer día de playa o la elección de la ruta de la primera excursión, el ocurrir del primer atardecer sobre la línea del mar o sobre las cumbres, la preparación de una comida familiar y el lugar de sus sobremesas sin fin. Y uno ya paladea en junio esa ducha al aire libre para quitarse el salitre, la ensaladilla de gambas después de envolverse en las crestas de las olas, la siesta bajo los árboles, la satisfacción cumplida al culminar una cima o la invitación de la noche que refresca y nos hace salir a cenar en una terraza. Todo luminoso, superfluo, efímero. Necesario.

El verano es la estación del presente. Porque lo que la primavera promete y el otoño despide el verano lo cumple y lo profetiza. Si lo pensamos, sólo se puede vivir en verano, en presente. Lo intuí cuando visitaba la actual exposición de Alex Katz, todavía en el Museo Thysssen, y me topé inopinadamente con el cuadro de grandes dimensiones “Black hat #2”(2010). Nada sobrevive del pasado si no acontece aquí y ahora, y nada pervivirá en el futuro si no se hace carne en el presente. Aquella mujer, pintada en un gran formato, me produjo un relámpago de sorpresa sin más posible reacción que el de la admiración de algo fugaz e imponente. Una belleza veraniega. Un presente no planificado como el de los primeros compases de una melodía de jazz que ha de interpretarse de manera espontánea y siguiendo al resto de la banda. Como las marinas y los faros de Hopper, un misterio refulgente que sólo se puede resolver en el instante preciso, sin tener que mirar adelante ni volver la vista atrás. Como los helados de cucurucho, como la sandía fresca, como el baño en el mar en el crepúsculo, como la cerveza fría que sólo sobrevive helada el tiempo del desplegar de nuestro deseo implacable y momentáneo. Necesario.

En su último libro, Manuel Astur (La aurora cuando surge, 2022) recoge una nota escrita por su recién difunto padre en el margen de una hoja de un libro: “omnis festinatio ex parte diaboli est”, toda prisa proviene del diablo. Es dramáticamente falso que tengamos que estar eternamente ocupados. Lo resume magistralmente después: “En las manos ocupadas no entra el diablo,/ pero los ojos/ tampoco ven los milagros. Toda prisa viene del diablo, que nos quiere absortos en el siguiente paso, distraídos, perdiéndonos nuestro breve paraíso –si no fuera breve, no sería paraíso: el futuro es la mentira que la serpiente nos contó al oído–”.

Durante el año recreo tenazmente un instante que vivo anualmente cada verano. En él me siento solo con mi silla de playa en ese terreno mágico que deja el mar en la arena de playa mientras baja la marea. Un terreno que no es mar ni tampoco orilla, que no es agua, ni tierra ni cielo, si no las tres cosas a la vez. Me dejo arrullar por el sonido de las olas de Cádiz que pasan por debajo de mi silla. Intento leer un libro, pero no termino de centrarme. Me quedo dormido. Pierdo la noción del tiempo y del espacio. El sol me penetra hasta los rincones más escondidos del alma. El sol no quema, acaricia. El flujo de las olas hace lo mismo con mis pies. El cielo se esconde y no llego a distinguirlo, pero sé que está en algún sitio por el frescor de la brisa de poniente. No hay mucha gente en la playa de final de agosto, pero sé que desde la sombrilla me sonríe mi mujer y toman el sol mis hijas. No deseo más que escuchar ese silencio repleto de la eternidad del mar y el sol, del presente y del deseo. Un silencio que escucha y que pide que la vida se cumpla, porque se hace evidente en ese momento irrepetible que se cumplirá. Aquí. Ahora. Verano. Necesario.

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