Se habría extinguido hace tiempo

Mundo · José Luis Restán
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13 junio 2011
La Iglesia no procede de la voluntad humana, de la reflexión, de la habilidad del hombre, de su capacidad organizativa, ya que si fuese así se habría extinguido hace tiempo, como sucede con todo lo humano. Palabra de Papa, palabra de Benedicto XVI en la homilía de Pentecostés. Es la mirada de un hombre que consume su energía, minuto a minuto, al servicio de esa extraña compañía que atraviesa los siglos. Y que contempla la historia reciente, con todos sus meandros, desde la atalaya de sus 84 años.

Si no vienes con nosotros, Señor, mejor no nos hagas salir a campo abierto, decía Moisés consciente de las debilidades de su pueblo y de las suyas propias. Y todos los salmos están atravesados por esa sabiduría de Israel: en vano se cansan los albañiles, en vano vigilan los centinelas. Desde luego el Papa trabaja y se cansa, vigila y atisba. Pero sabiendo que la fantasía de Dios es ilimitada y supera todos nuestros esquemas. Recién llegado de Croacia ya prepara sus próximos viajes. Primero a Madrid, para mostrar a los jóvenes que sólo Cristo resucitado responde a la amplitud y la profundidad de sus deseos, y que ese Cristo sólo puede encontrarse en el cuerpo de la Iglesia, por antipático y deformado que algunos lo presenten. Después a Alemania, un viaje dramático porque dramática es allí la situación del cristianismo. Un viaje para conjurar los viejos demonios de la protesta anti-romana, para aliviar las heridas de la ruptura protestante, para alumbrar los brotes de una nueva presencia católica dispuesta a medirse con el ambiente postmoderno. No es la aventura personal del Papa, una especie de desafío monumental: es la Iglesia entera que hace su apuesta con Pedro a la cabeza.  

Pero hay más trabajo esperando. En estos días decide el nombramiento clave para Milán, la sede ambrosiana, quizás la diócesis más importante de Europa. La rica capital de Lombardía es el vivero de una historia dinámica de catolicismo popular, imbricado en el tejido cultural y empresarial. Es también un lugar de fuerte debate cultural, de impulsos creativos pero también de inercias y estancamientos en la propia Iglesia. El Papa Ratzinger no quiere halagar a los gurús de los diversos salones del poder ni conseguir un frágil equilibrio: quiere un giro que ponga la creatividad milanesa a rendir en la dirección de fondo del pontificado. Y eso conllevará sacrificio y heridas.

También se espera un resultado de los largos coloquios con la Fraternidad de San Pío X. Mejor evitar pronósticos. Baste recordar cuánto ha arriesgado Benedicto XVI (en su propia piel, en su propio corazón) para sanar la herida provocada por el gesto de Marcel Lefebvre. Se trata de promover hasta la sangre el bien precioso de la unidad, y junto con ello, clarificar todos los malentendidos suscitados en el tormentoso postconcilio. El Papa sabe que es vital embocar este siglo XXI con una claridad compartida sobre la relación entre el cristianismo y razón, libertad y ciencia, como acaba de repetir en Zagreb. Difícil será encontrar otro timonel mejor dotado para esta clarificación, y el tiempo apremia.

Para el futuro el Señor se reserva una gran libertad, respondió una vez ante las peticiones de que formulara un pronóstico. Tiene sobre su mesa la gran cuestión del diálogo con el mundo laico, la añorada reconciliación con la Ortodoxia, el impulso a una nueva generación de teólogos que alumbre una nueva cultura de la fe. Tantas cosas… y el tiempo apremia.       

No sé si todo esto habrá pasado como un rayo por la mente de Benedicto XVI en la mañana de Pentecostés, cuando recordaba que dejada sólo al amparo de los hombres, la Iglesia habría sido borrada de la historia hace ya tiempo. Pero ella no es como las demás empresas humanas; aunque sonrían los cínicos, es el cuerpo de Cristo animado por el Espíritu Santo. Verdaderamente no podemos decir que sea santa por la capacidad de sus miembros, "sino porque Dios mismo la crea y la purifica siempre". Palabra de Benedicto.

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