Saber sumar

España · Gonzalo Mateos
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15 julio 2022
Hace unos días Yolanda Díaz presentó en las Naves del Matadero Sumar, su nuevo proyecto político. “Hoy impulsamos un movimiento ciudadano en el que el protagonismo es vuestro, sois vosotros los que vais a sumar. Esto no va de partidos, no va de siglas, va de pensar un país mejor (…). Necesitamos inteligencia, paciencia, cariño”.

¿A qué se está refiriendo Yolanda? Pues, aunque en ocasiones pueda parecer lo contrario, a lo mismo que apelan Pedro, Alberto o Santiago, a lo que se han denominado políticas de identidad, demandas de dignidad o políticas del resentimiento.

En La República de Platón, dos jóvenes atenienses dialogan con Sócrates sobre la naturaleza de la ciudad justa basándose en las motivaciones de sus ciudadanos. Observaron que el comportamiento de estos no siempre era impulsado por un pensamiento previo o por la persecución de un deseo personal. En ocasiones lo hacían por el anhelo de ser reconocidos o ensalzados por los demás. Si conseguían la admiración de otros, se sentían orgullosos, y si no lo eran, se llenaban de ira o de vergüenza. A esta capacidad, a este carácter, le denominaron thymós, y lo consideraron como la tercera parte del alma, la que busca el reconocimiento más allá del deseo y la razón. Es lo que ha llevado a los hombres a convertirse en caballeros andantes, cooperantes, filántropos, soldados, políticos, idealistas o youtubers.

Francis Fukuyama en su iluminador libro Identidad señala a este thymós como el componente predominante de la mayoría de los movimientos políticos y sociales de la actualidad, ya sea en el Día del Orgullo, el islamismo, el Me Too, los movimientos woke o teocon, los Fridays for Future, el partido Teruel Existe o Esquerra Republicana de Catalunya. Todos ellos expresan de una forma u otra la reivindicación de que determinadas personas, ideas o colectivos deberían ser reconocidos como iguales o incluso superiores ante los demás, no importa cuál sea la base real que les ha llevado según ellos a sentirse infravalorados o perseguidos. Basta con esa sensación personal de sentirse minusvalorados, censurados o amenazados injustamente por los demás.

Para llegar a este punto ha sido necesario históricamente un proceso por el cual ha ido creciendo una percepción de la existencia de un yo interno separado de un yo externo. Esta separación ha dado aire a la creencia de que poseemos una identidad única y verdadera contrapuesta al papel que la sociedad nos asigna. Un yo auténtico sepultado por las imposiciones sociales y sobre el que nadie puede decir nada. Un yo asediado que necesita liberación. La cuestión de la identidad, que nunca había sido un problema, se vuelve ahora central. Y es entonces cuando hemos empezado a exigir a la política que proteja, atienda y premie a ese yo (o nosotros) único, y a los sentimientos de angustia, resentimiento y victimismo que genera. La cultura y la política dan entonces un “giro terapéutico”: un énfasis en que desde lo público se debe promover nuestra autoestima y nuestro bienestar emocional. Y así Yolanda nos susurra: “Como en la vida, en la cosa pública no se puede hacer nada sin ternura”.

Y así hoy vemos cómo la izquierda ha desplazado el énfasis en algunas de sus reivindicaciones generales a las demandas, a menudo psicológicas, de un círculo cada vez más amplio de grupos marginales. Pero lo mismo ocurre en la derecha que se ha mimetizado y enarbola el mismo reto identitario, pero eligiendo a colectivos y a demandas de su entorno, y la correspondiente denuncia de los respectivos culpables ya se llamen globalización, inmigración, secularización o ideología de género. Más de lo mismo.

Cierto es que este proceso ha traído algunos avances mediante reformas políticas que han beneficiado a los grupos que han alzado su voz, pero también es cierto que está trayendo perversidades, como la pérdida de interés y energía en la resolución de los problemas reales generales más acuciantes o la dificultad de construir o de disfrutar de espacios comunes con otros que consideramos censuran nuestro verdadero ser. El yo víctima deja poco espacio para un nosotros digno de sacrificio.

Pero ¿quién soy yo? ¿Cuál es mi verdadera identidad? ¿Qué papel juegan los otros en mi identidad? Si observamos con detenimiento vemos que la identidad por un lado nos ha sido dada, y por tanto debemos preservarla, pero al mismo tiempo va constituyéndose y cambiando con el tiempo en un proceso de identificación. Desde que nacemos en un hogar, en una familia y en una cultura, vemos que somos recibidos y que son los otros los que nos constituyen. Y poco a poco nuestra identidad va también formándose a través de la experiencia con los demás.

Pero como muy bien ha descrito Josep M. Esquirol en Uno mismo y los otros, cuando uno piensa en sí mismo, y se afana en definirse en el tiempo, advierte que algo se le escapa, algo que permanece siempre en la oscuridad, algo extraño, otro. Algo que no es precisamente marginal. Yo mismo, paradójicamente, no me tengo a mí mismo ni a mí mismo me entiendo. Lo que somos nunca lo somos completamente. Somos extraños, extranjeros de nosotros mismos. Se trata de una alteridad interior, algo que nos permite entender mejor la alteridad con los demás. Si lo vivimos así ya no existe lo absolutamente extraño. Lo ajeno nunca es totalmente ajeno y se define necesariamente en relación con lo propio.

Y lo primero que hay que hacer con esta extrañeza, con esa alteridad, no es tanto comprenderla como responderla. Estamos invitados a transformar el “ser con” en el “ser para otros”. Se trata de caer en la cuenta de que nuestra identidad viene dada “por el otro”, que reside en el orientarse al otro que es como yo. Solamente siendo para el otro se llega a ser uno mismo. Es así como se puede producir un verdadero diálogo y encuentro conmigo mismo, con mi vulnerabilidad, y con la de los demás, incluso con el que es considerado como enemigo.

¿Qué significa todo este galimatías? Dice Esquirol que “por lo pronto, que la patria de lo humano no es el reposo del ser, no es la protección de la propia identidad, no es la posesión, no es el soy, sino el aquí me tienes o el heme aquí. Se trata de un yo que responde, que es responsable y que ya no está plegado sobre sí mismo. La identidad se vuelve abierta y no cerrada, con un yo que por ser frágil responde a todo y a todos. Un yo que pasa de víctima a protagonista, que se convierte en peregrino, viajante comprometido con la milagrosa realización de la solidaridad y fraternidad entre iguales.

Y si es así entonces, es cuando aprendemos a sumar bien, porque si así lo vivimos, nadie sobra, ni resta ni suma en balde. A ese proyecto muchos nos sumaríamos con sumo gusto.

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