Editorial

Rueda de la fortuna

Editorial · Fernando de Haro
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21 diciembre 2020
Paradójico. En vísperas de la Navidad, en un país que va a acabar el año con casi 80.000 muertos, con una amplia mayoría, el Congreso de los Diputados aprueba una ley de eutanasia que la convierte en derecho subjetivo. España va a ser el cuarto país de la Unión Europea, y el sexto del mundo, en consagrar la muerte como una prestación. El debate político ha estado marcado por las prisas y la frivolidad. El Gobierno necesitaba exhibir pronto algún logro en la llamada “agenda social”.

Paradójico. En vísperas de la Navidad, en un país que va a acabar el año con casi 80.000 muertos, con una amplia mayoría, el Congreso de los Diputados aprueba una ley de eutanasia que la convierte en derecho subjetivo. España va a ser el cuarto país de la Unión Europea, y el sexto del mundo, en consagrar la muerte como una prestación. El debate político ha estado marcado por las prisas y la frivolidad. El Gobierno necesitaba exhibir pronto algún logro en la llamada “agenda social”.

La nueva regulación sale adelante cuando está paralizada una ley de cuidados paliativos para los que están en los últimos momentos de su vida. Como ha señalado uno de los políticos con experiencia en este campo, y con un gran sentido común, no contar con buenos servicios paliativos y haber promulgado y convertido la eutanasia en un derecho supone, en muchos casos, obligar a los pacientes terminales a elegir entre el horror y el suicidio. En España se muere mal: más de 75.000 personas no reciben los cuidados necesarios. Hay solo 1,2 servicios especializados de esta rama de la medicina por cada 200.000 habitantes. Las recomendaciones de los organismos internacionales es que lleguen a cuatro. A menudo la última hora llega en una habitación compartida, sin que el paciente haya recibido información o una atención especializada. Sin que haya habido tiempo y espacio para escuchar su sufrimiento y para entender cuál es el mejor modo de aliviarlo y acompañarlo. Para eso hacen falta recursos, médicos, enfermeros, psicólogos y trabajadores sociales especializados.

Hay quien desea una muerte pronta. Los especialistas dicen que son una minoría. No se puede, no se debe juzgar estas situaciones. Pero transformar el deseo de unos pocos en un derecho universal, como se ha visto en Holanda, extiende la oscura seducción de la muerte. Ya se ha discutido en el país de los tulipanes este año si conviene extender la eutanasia a los que hayan perdido el gusto por vivir. Crece la seducción por la muerte, la seducción por diluirse en la nada, dejar de existir. Una seducción que, como siempre, tiene más fuerza para los que están solos, los pobres, para los que piensan que se han convertido en una carga para los demás.

Seducción de la muerte y de la nada en un año en el que hemos estado luchando con todas nuestras energías contra una pandemia que ha mordido, sobre todo, entre los mayores. ¿Cómo se explica esta aparente contradicción? Nos hemos descubierto dependientes de un virus invisible, del conocimiento insuficiente, de una globalización que conecta todos los rincones del planeta. Nos hemos descubierto dependientes de los médicos que nos curaban, de las cajeras del supermercado, de los que repartían, de los vecinos que nos compraban el pan. Pero no queremos depender. Y esto no es solo y principalmente consecuencia de los malos gobiernos, es algo que llevamos muy adentro. Rechazamos la idea de depender de una enfermedad que no controlamos, de un futuro sin autonomía dominado por el dolor y el límite. Ese horror nos aleja del instante: nos obsesiona el fantasma de lo que vendrá. Sospechamos que, si el azar nos pone en determinadas circunstancias, todo lo que parece sólido se derrumbará y la vida se habrá convertido en una mala pasada. En esto, hay que reconocerlo, los partidarios y los detractores de la eutanasia coincidimos. Cuando no se trata de un debate de ideas sino de estar al pie de una cama, o entre las sábanas de un hospital, todos pensamos que la dependencia más allá de ciertos límites es un fraude, un robo del destino, si acaso algo soportable con resignación. Sin hacer este ejercicio de sinceridad difícilmente puede encontrarse una respuesta a la seducción de la muerte y de la nada. Sin encontrar una dependencia positiva, operativa, que domine el instante presente, estamos todos a merced de la rueda de la fortuna.

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