Recuperar el espacio público y la conversación

España · Francisco Medina
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22 mayo 2020
Ante la confusión que se está viviendo hoy en España, es alentador comprobar que aún existen algunas mentes pensantes en la prensa digital y en Twitter que constatan las consecuencias, a nivel social y político, de la cultura de las performances y de los llamados “zascas”, del postureo y el recurso al insulto inmediato, signo de la burbuja y de lo arraigada que está hoy la cultura de lo identitario como autoafirmación. A nivel político, ciertamente, las últimas sesiones del Congreso fueron un lamentable espectáculo, una patética puesta en escena en que el narcisismo del tipo “¿me estás amenazando, Echániz?” o “no envíes a tus sicarios a mi casa. Ven tú” son un reflejo de lo que a nivel social sucede. Los políticos son el rostro de lo que la sociedad, en cierto modo, elige.

Ante la confusión que se está viviendo hoy en España, es alentador comprobar que aún existen algunas mentes pensantes en la prensa digital y en Twitter que constatan las consecuencias, a nivel social y político, de la cultura de las performances y de los llamados “zascas”, del postureo y el recurso al insulto inmediato, signo de la burbuja y de lo arraigada que está hoy la cultura de lo identitario como autoafirmación. A nivel político, ciertamente, las últimas sesiones del Congreso fueron un lamentable espectáculo, una patética puesta en escena en que el narcisismo del tipo “¿me estás amenazando, Echániz?” o “no envíes a tus sicarios a mi casa. Ven tú” son un reflejo de lo que a nivel social sucede. Los políticos son el rostro de lo que la sociedad, en cierto modo, elige.

Se puede y se debe criticar al Gobierno, y hasta se debe plantear alternativa. Con los desafíos que el COVID-19 ha planteado y los que ya están desde hace tiempo (una economía de rostro humano, una revolución tecnológica que no sustituya al pensamiento y al discurso de los hombres, una urgente toma de conciencia de los desafíos del cambio climático…) podría, y debería, empezar a abrirse camino en la sociedad –entre la gente, entre nosotros– el contenido de la experiencia de lo que significa la vida pública como estar juntos. Que yo pueda ser visto y oído por otros, que podamos mirar un mismo objeto desde diferentes puntos de vista, que existe un mundo común que compartimos, y en el que podemos hablar es un verdadero milagro que nosotros no podemos darnos, es consecuencia de algo que está antes: el origen es prepolítico.

Lo que ha puesto de relieve, a mi juicio, el autollamado movimiento de resistencia democrática es reflejo de un problema estructural originado por la incapacidad para dialogar y para escuchar. A los llamados escraches han sucedido las caceroladas y nuevos escraches, parte del tan cansino movimiento hegeliano que nos está consumiendo de tesis-antítesis, y del que no se deriva ninguna síntesis. Parece como si la única forma de narrar la experiencia de cada uno fuese exhibir banderas (anarquistas, republicanas o monárquicas, lo mismo me da que me da lo mismo) y músculo y soltar mamporros verbales (y físicos) a diestro y siniestro.

Nunca fueron inocentes las protestas que la izquierda, en su día, organizó contra el Gobierno del Partido Popular (el No a la Guerra, el Prestige…y tantas otras convocatorias “espontáneas”), como también resultó evidente la apropiación de un deseo de justicia que albergó, en el origen, el movimiento 15-M (fagocitado por las corrientes que, en su día, fundaron Podemos) o el de las Mareas. La ideología te acaba convirtiendo en un auténtico Maquiavelo. El problema es que te llevas a mucha gente por delante.

Tampoco es espontáneo el fenómeno de las caceroladas; es evidente que hay una organización detrás, personas de las que no se sabe en público su nombre, pero tienen un rostro. Y que dominan el arte de la agitprop y las redes sociales. Tanto que han conseguido que muchos llegaran a creerse esta lógica del asedio. No estamos en Venezuela, por mucho que se diga, y tampoco estamos en un estado policial. En el fondo, es la misma lógica asumida por los movimientos universitarios y de jóvenes apadrinados por la órbita antiglobalización. Lo que sucede es que ha surgido una especie de religión política a la derecha: introducir el Reino de Dios en la tierra. Quizá va siendo hora ya de que sea lectura obligatoria para los católicos el libro de Santiago Mata El Yunque en España, para darnos cuenta del peligro enorme que existe para quienes, como cristianos, vivimos y nos movemos en sociedad. Nos conviene abrir los ojos: esta aristocracia del espíritu no introduce más que división, como algún obispo ya ha constatado. En lugar de ciudadanos, crea napoleoncitos.

Se cuentan con los dedos de una mano quienes se han atrevido a asumir un pensamiento de frontera, que recoja la realidad poliédrica, la riqueza cromática que supera el binomio blanco-negro tan imperante en estos días. Nos falta conversación. Y para eso hay que asumir que el espacio público no es nuestra casa; es el mundo común, el lugar en el que ves y otros te ven, en el que interpelas y cuestionas, y en el que otros te interpelan; en el que criticas y te critican. Que esto no suceda ahora es reflejo de que, en el fondo, la vida pública se está privatizando: convierto el espacio de la calle, del trabajo, de la comunidad, en una proyección de lo que vivo en casa.

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