Que nada os quite la paz

Cultura · José Luis Restán
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18 agosto 2011
La fe, a su modo, también necesita ver y tocar. Lo dijo Benedicto XVI al volver de Sydney y conviene recordarlo a su llegada a Madrid. Los hechos se ven y se tocan, y la fe se refiere a un hecho, no es un moralismo ni una ideología. Esa es la primera gran virtud de estas JMJ, que despiertan los aspavientos de los hipócritas pero no dejan indiferente a la gente sencilla, por alejada que se encuentre de la tradición católica.

Ya en el avión el Papa ha calificado a la JMJ como "una señal, una cascada de luz que da visibilidad a la presencia de Dios en el mundo". Ahí está su secreto, y por eso Benedicto, el Papa teólogo que algunos calificaban de frío, no las dejará caer. Al contrario, se apresta al diálogo cara a cara con los jóvenes, en el que se siente cómodo y tranquilo.

En Barajas ha sintetizado ya todo el sentido de este evento. Primero mostrar que la relación con el Dios vivo, el Dios de Jesucristo, genera una humanidad más plena, más dispuesta a afrontar los desafíos de la historia. Es una relación que da "luz para caminar y razones para esperar", en medio de tanta desolación contemporánea. La relación con Dios hace a estos jóvenes sencillos y perspicaces, libres y tenaces, comprometidos con el bien común, abiertos al futuro.

El Papa ha dejado claro que la JMJ no es un espacio acotado para los ya convencidos, sino un espacio dramático, donde la razón y la libertad se ponen en juego. Para verificar lo que ya se ha encontrado, para proseguir la búsqueda de la Verdad, para reconocer a través del testimonio de otros aquella respuesta que uno espera pero de la que no ha llegado a conocer todavía ni su nombre ni su rostro. Así se genera una verdadera amistad que dura, que hace crecer, que acompaña en todas las vicisitudes de la vida.      

Nada más tomar tierra ha querido recordar a tantos jóvenes que sufren persecución o acoso a causa de su fe en Cristo. Persecución sangrienta en tantos lugares de la tierra, y escarnio cultural en tantos otros. "¡Que nada ni nadie os quite la paz, no os avergoncéis del Señor!", les ha gritado el Papa que ha conocido los avatares de la historia europea desde la segunda guerra mundial a nuestros días. Y les ha invitado a un testimonio valiente de su fe, lleno de amor al hombre que siempre es hermano. Un testimonio que no esconda jamás la propia identidad, ofrecido en una convivencia respetuosa con todas las realidades presentes en una sociedad plural. Testigos, con simpatía y sin complejos, en la ciudad común. 

En Cibeles la alegría ha sido desbordante. Pero el Papa, contento a ojos vista, no se deja llevar de falsas ilusiones. Lo ha dicho en el avión a los periodistas. "La siembra de Dios es silenciosa, su fruto no aparece de repente en las estadísticas". Tranquilos, pues, colegas periodistas y sociólogos. Es cierto, como reconoce el Papa con sobria sencillez, que mucho de lo que ahora sucede puede perderse por el camino (¡así es la historia y la libertad humana!), pero también mucho germinará y dará su fruto en el tiempo. "Sé cómo en otras JMJ han nacido tantas amistades para la vida, tantas nuevas experiencias de que Dios está presente. En este crecimiento silencioso confiamos, y estamos seguros, aunque las estadísticas no hablen mucho de ello, de que realmente crece la semilla del Señor. Será para muchísimas personas el inicio de una amistad con Dios y con los hermanos, de una universalidad del pensamiento, de una responsabilidad común que realmente nos muestra que estos días dan su fruto". Palabras como una brisa fresca y limpia, que arrastra temores y fantasmas. Ya está Pedro entre nosotros, y con él, el aroma inconfundible de Jesús. No hay otro secreto. 

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