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25 abril 2023
www.paginas.digital.es ofrece en exclusiva el primer capítulo de "El ímpetu de una vida", la biografía de Luigi Giussani" que a principios de Mayo estará en las librerías.

Fue por ignorancia. Hablaban así́ porque no sabían qué decían. Aquellos tres chicos se pusieron a hacer bromas de mal gusto sobre la Iglesia y los curas porque creían que lo sabían todo del cristianismo y que no era un asunto serio. No era un asunto serio ni merecía el mínimo respeto. Seguramente lo hicieron porque le vieron con la sotana. Sucedió́ lo mismo que había ocurrido en el viaje a Rimini. Subieron en Cattolica; Giussani había tomado el tren en Ancona. Los escuchó y se puso a discutir con ellos. Iban en aquellos vagones de principios de los años cincuenta, todos corridos, en tercera, con los asientos duros, de madera. Se oía cualquier conversación. Discutió́ con ellos como había discutido en otro tren con los antiguos partisanos que decían que los curas tenían mujeres escondidas, o con un profesor de Física con el que habló acaloradamente y le dijo que para ser feliz había que comprenderlo todo. Los tres chicos que se pronunciaban así́ lo hacían por desconocimiento. No lo entendió́ hasta que no llegó a Milán, hasta que no hizo el camino desde la estación de Venegono hasta el seminario, hasta que no llegó a su cuarto. Era por ignorancia. Casi nadie se daba cuenta entonces de que las cosas no iban bien, piensa el sacerdote después de cuarenta y cinco años. Los chicos del tren seguramente habían recibido catequesis, como todos. Habían ido a clase de Religión porque entonces era obligatoria. Las parroquias estaban llenas los domingos, los buenos resultados de la Democracia Cristiana en las elecciones hacían pensar que nada había cambiado. Cuando Acción Católica convocaba para una celebración masiva, las calles y las plazas se llenaban. Pero ya entonces, para muchos la fe era una idea burguesa amontonada en el cesto de las ideas burguesas. No se abandonaba porque ni siquiera merecía la pena deshacerse de ella. No se podía reprobar moralmente a aquellos chicos por haber dejado de lado el cristianismo. No sabían qué era. No había un método para proponérselo. Giussani dice que aquellos tres chicos nunca lo supieron, pero fueron parte del modo sutil, delicadísimo, con el que Jesús le llamó y él se dejó́ aferrar.

A principios de mayo, la hierba de los prados en las suaves colinas que rodean un pequeño pueblo de la provincia italiana de Piacenza tiene la fuerza de la primavera avanzada. Sus vecinos van y vienen a los campos, a trabajar en los huertos, a cuidar los árboles frutales vigilados por rosales alegres. No muy lejos, el Nure, el torrente que nace en los Apeninos, baja con abundante agua. Luigi Giussani trabaja desde hace días en una casa fresca, con un porche, entre grandes árboles. A fina- les de mes tiene que intervenir en la vigilia de Pentecostés que se va a celebrar en el Vaticano. El papa quiere reunirse con los movimientos eclesiales en un encuentro multitudinario en la plaza de San Pedro. Le han asignado diez minutos, pero desde hace semanas trabaja en lo que va a decir. Tiene setenta y cinco años, lleva cuatro décadas hablando en público, dando clase, dictando conferencias. Decenas de miles de personas en el mundo le siguen, leen sus libros. Pero no se siente seguro. Confiesa a los que tiene cerca que está nervioso. Ha redactado ya al menos veinte versiones del texto. Ninguna le satisface del todo. Quiere hablar de él, de su vida. Tiene la sensación de que sus palabras van a ser una suerte de testamento, una síntesis de lo que el carisma que se le ha concedido puede aportar a la Iglesia y al mundo. Por eso le vienen a la cabeza episodios que atesora en su memoria, como el día que se bajó́ del tren que había recorrido la costa del Adriático y, al llegar a su cuarto, se dio cuenta de que aquellos tres chicos hablaban así́ del cristianismo porque no lo conocían.

Desde hace dos años el párkinson, diagnosticado a comienzos de 1992, le mortifica, le limita su capacidad de trabajo, necesita ayuda para las tareas más sencillas. Esa dependencia le hace sufrir. Por eso, cuando reza el breviario se identifica de forma espontánea con la pregunta del salmista: ¿Qué es el hombre para que Dios se acuerde de él? (salmo 8). Es la pregunta que más le impresionaba ya antes de que apareciera la enfermedad.

Cuando su padre, socialista, antes de dormirse, le contó por primera vez la historia del rico Epulón, su corazón de niño supo que era necesaria la justicia, una justicia aparentemente imposible. Cuando le llevó con su hermana, disfrazada de chico, a la ópera, en las mil ocasiones en que disfrutaron de la buena música, supo o quizá solo intuyó que era necesaria una belleza sin fin, una belleza más definitiva de la que en ese momento le hería. ¿Quién era ese niño, tan poca cosa, para sentir con tanta intensidad? ¿Quién era ese joven que lloraba por las noches en el seminario porque nunca llegaría a ser un genio como Beethoven?

Iba a iniciar su intervención en Roma con la frase del salmo 8. En realidad siempre había comenzado así, desde que empezó a dar clase de Religión en el Instituto Berchet y le recibieron con recelo y cierto menosprecio porque aquel era un instituto laico, de jóvenes que habían jugado entre los escombros dejados por la guerra y que ya no creían en nada. No quiso empezar con el catecismo sino hablando de la necesidad humana que tenían los chicos, de la necesidad que desbordaba en los versos de Leopardi, el poeta ateo, que había sido su gran compañero en Secundaria: «Si polvo y sombra eres, ¿por qué tan alto sientes?».

Sí, siempre había empezado como había vivido, con la punzante claridad de que el hombre, solo, no puede ser hombre. Sin haber sufrido en sus huesos la soledad que engendra la insuficiencia de las cosas, todos los razonamientos que hubiera hecho después, todas sus clases, hubieran sido ideología, hubieran sido una palada más de ese cristianismo sin sentido del misterio que le rodeaba por todas partes, ese cristianismo que tanto rechazo le producía. El papa lo había explicado bien hacía unos años: la fidelidad era imposible si en el corazón del hombre no había una pregunta para la que Dios fuera la respuesta. Era la pregunta que había encontrado en su viaje a Japón, en su amistad con los monjes budistas del monte Koya, en la urgencia de autenticidad y de cambio de la sociedad que estalló en el 68. Una urgencia que en gran medida habían anticipado años antes los jóvenes del movimiento de GS (Gioventù Studentesca), de su GS, la que él había refundado en Milán. Esa necesidad era la que ahora parecía haberse oscurecido. Este tiempo, el final del siglo XX, estaba bajo las sombras de lo deshumano.

Se había levantado, como de costumbre, a las seis de la mañana para ver las noticias del día en Euronews. Y había vuelto a dominarle la sensación que había experimentado en los últimos meses. Las noticias hablaban de la guerra en Kosovo —todavía una guerra en Europa—. Hablaban de albaneses ahogados intentando llegar a Italia. Al ver y escuchar los treinta minutos de vídeos informativos había tenido la sensación de que la esperanza se derrumbaba: era como si la historia hubiese llegado a una orilla árida e infecunda. Faltaba el sentido del misterio del yo, de la persona. Esa había sido siempre su pasión, la persona, las personas concretas.

Llega a la casa, desde Roma donde vive, Jone Echarri, una fisioterapeuta española que le trata hace algunos años para reducir los efectos del párkinson. Jone llena la casa de alegría, y después de una sesión, Giussani celebra misa para el pequeño grupo que le acompaña. El sacerdote, al terminar, comenta sorprendido lo misterioso que le resulta que Jesús haya querido hacerse presente para cuatro personas. En el seminario tuvo durante un tiempo el Cristo pintado por Carracci sobre su escritorio. Le puso debajo la frase del gran teólogo alemán Johann Adam Möhler: «Pienso que no podría vivir si no le oyera hablar de nuevo».

Había sido un buen seminarista, piadoso, ejemplar, obediente. Hasta que un día, en primero de Bachillerato, escuchando a un profe- sor explicar el prólogo del evangelio de san Juan, todo cambió. Antes lo había oído, leído, cientos de veces. Pero ese día todo cambió. Cristo dejó de ser el término venerado y apasionado de su pensamiento, de su devoción. Lo redescubrió como una persona presente. La humanidad de Cristo, que en la Palestina del siglo I había sido el punto de partida de una multitud de encuentros, como el de la samaritana, el del ciego de nacimiento, el de Zaqueo, le había alcanzado en ese momento. Llegaba hasta él por medio de una cadena de testigos: su madre y el profesor del seminario eran el último eslabón. Aquel día reconoció esa humanidad como la respuesta a su humanidad de adolescente. Solo la humanidad de Cristo se tomaba en serio su humanidad. También esto lo iba a decir el próximo 30 de mayo. A la pregunta: ¿Qué es el hombre?, Cristo respondía con otra pregunta: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si luego se pierde a sí mismo? Y eso le cortaba la respiración. Nadie le había afirmado y valorado como le afirmaba y le valoraba Jesús al hacer esa pregunta. Nadie había hablado así nunca, nadie hablaba así. Eso es lo que siempre quiso comunicar a sus alum- nos, la experiencia del amor singular que tenía Cristo por el hombre. En los primeros años, hasta que aparecieron otras preocupaciones, casi siempre empezaba a hablarles con la misma provocación: ¿Qué podéis dar a cambio de vuestra vida?

Se acuerda ahora del día que entró en la basílica de Nazaret. Leyó, en la que había sido la casa de la Virgen, un letrerito que decía «Verbum caro hic factum est». Aquí el Verbo se hizo carne. Aquí, en el mundo, se había hecho carne, en las circunstancias por las que tenía que atravesar. Por eso el rezo del Ángelus, la oración que recordaba la encarnación, era su primera oración del día, la que repetía varias veces a lo largo de la jornada, la que invitaba a rezar a sus amigos.

La vigilia de Pentecostés se celebra el sábado por la tarde y Giussani llega a Roma el miércoles. Le acompaña Stefano Alberto, sacerdote conocido por el sobrenombre de don Pino, uno de sus más estrechos colaboradores. Se alojan en un apartamento a pocos metros de la Universidad Urbaniana, junto al Tíber, a cinco minutos en coche de la basílica de San Pedro. Las calles del cercano Trastévere, sucias, recoletas y encantadoras, como siempre en primavera bullen de turistas. La luz de finales de mayo, todavía suave, invita a disfrutar de la ciudad. Pero Giussani no se encuentra bien: además de los efectos del párkinson sufre esos días de ciática. Ha reescrito ya decenas de veces lo que quiere decir delante del papa, pero hasta el sábado trabaja en el texto durante seis o siete horas al día. Le falta el final. No tiene claro cómo va a acabar. Don Pino ha viajado con una impresora y pronto la sala del apartamento se llena de papeles con las nuevas versiones. Cada vez que lee su pequeño discurso corrige alguna palabra, alguna frase.

Le pide a don Pino que le repita el fragmento con el que acaba la primera parte de su intervención.

—«Era una sencillez de corazón la que me hacía sentir y reconocer como algo excepcional a Cristo» —le lee el amigo.

El sacerdote hace un gesto, dando a entender que no quiere cambiar nada. Fue así desde el momento en que se reencontró, en el seminario, con el anuncio de que el Verbo de Dios se había hecho carne. Había una presencia con la que se podía abrazar todo, era sencillo reconocerla, como lo había sido para los discípulos. Todo había quedado invadido por la encarnación. Desde entonces, sus años habían estado marcados por una tenaz alegría. No se la había quitado ni el abandono de sus estudios de Teología ni los difíciles años de enfermedad al comienzo de su sacerdocio. Entonces ardía en deseos de entregar sus días por la felicidad de los hombres y había tenido que guardar durante largo tiempo un mortificante reposo. Tampoco la había perdido por las incomprensiones de su obispo y de buena parte de la Iglesia. Ni por sus errores, ni porque en el 68 muchos de los que había educado se hubiesen marchado detrás de la ideología del momento.

La cuestión siempre había sido comprender. Comprender y comunicar a otros el origen de esa alegría. No bastaba simplemente repetir las palabras de la tradición de la Iglesia. Había que descubrir, experimentar y hacer experimentar al hombre de finales del siglo XX por qué era razonable la fe en Jesús de Nazaret. Esa había sido otra pasión, encontrar el modo de comprobar que todo aspecto humano que se viviera en el Espíritu de Jesús, resucitado de la muerte, florecía. Jesús de Nazaret era el hombre del que dependía todo lo positivo que había en la existencia. Pero los chicos tenían que poder gustar ese cambio radical, como le había sucedido a él, como les había sucedido a Juan y a Andrés aquel día que pasaron la tarde en su casa.

Piensa entonces que lo más importante que ha dicho en su vida ha sido que el Misterio se ha manifestado a los hombres hasta hacerse objeto de su experiencia. ¡Cuántos problemas le había traído usar la palabra «experiencia»! Pero no había querido renunciar a ella.

Empezó con los jóvenes porque casi desde el principio había sido profesor. Si se hubiera dedicado a otra cosa, lo hubiera hecho donde hubiera estado. Al comenzar a dar clase en el Berchet, en 1954, la primera urgencia fue hacer comprender a sus alumnos qué era la razón. Siempre lo había dicho: sin razón no había fe. Y entonces fue cuando comenzó a surgir algo nuevo. Es otra de las cosas que va a decir el sábado. Giussani va a contar que después de haberse encontrado con Jesús y de comunicárselo a los que tenía más cerca, se había generado un pueblo en torno a él, un pueblo que se congregaba en el nombre de Cristo. Primero fueron los estudiantes de Milán, luego de otras par- tes de Italia, y pronto llegaron las vocaciones consagradas. La misión en Brasil fue un empeño suyo. Y con los años el fenómeno se extendió por buena parte del mundo. El pueblo del movimiento de Comunión y Liberación, que había llegado a más de noventa países, hacía presente el cristianismo en ambientes donde la fe parecía no tener nada que decir. Sus miembros habían levantado obras, habían hecho política. Pero él siempre había rechazado cualquier tipo de hegemonía; el cristiano no podía tener gusto por la hegemonía, que solo era de Dios.

Al principio, en los primeros quince años, cuando el movimiento no se llamaba Comunión y Liberación sino GS, no era consciente de haber recibido una gracia particular, un carisma. No había pretendido fundar nada. Comenzó a trabajar dentro de Acción Católica y lo último que pensaba cuando empezó a reunirse con los jóvenes, a irse de excursión con ellos a la montaña o de vacaciones, cuando iniciaron sus visitas todos los domingos a la Bassa, una de las zonas más depri- midas de las afueras de Milán, lo último que se le ocurría entonces era que todo aquello siguiera vivo un día, un mes más, un año más. Fue en el diálogo con la autoridad de la Iglesia, que tanto había buscado y que tanto le había hecho sufrir, donde descubrió que había recibido un don del Espíritu Santo. Un don para que el hombre moderno pudiera conocer y tener afecto por Cristo.

Después de una larga sesión de trabajo y una cena frugal, Giussani y don Pino esperan con mucha antelación, en la calle, a que los recoja un coche. Van a hacer una visita a los jardines del Vaticano. Un con- ductor los lleva en pocos minutos hasta el Borgo Pio, cruzan la Via di Porta Angelica para entrar por la puerta de Santa Ana. El guardia suizo los saluda y dejan atrás el bullicio de una noche romana en la que la buena temperatura tiene las terrazas y las heladerías llenas. Los recibe en los jardines monseñor Gianni Danzi, secretario general del Governatorato della Città del Vaticano. Giussani baja del coche con ayuda de don Pino. Saluda y le da las gracias con énfasis a monseñor Piero Marini, maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias, por todos sus desvelos. El prelado hace de cicerone y los acompaña en un breve paseo por los arriates, entre parterres muy cuidados, cipreses, pinos y algunas palmeras. La noche serena anticipa el verano. Giussani hace algunas preguntas y pondera la belleza del momento.

Sigue pensando en su intervención del sábado cuando regresa al apartamento. Va a decir claro que ese pueblo que se ha formado le ha cambiado. Todo se ha vuelto más religioso en él hasta descubrir, como le ha sucedido recientemente, que Dios es todo en todos. Todavía no sabe cómo va a acabar su intervención. A medida que se acerca el momento de hablar en la plaza de San Pedro, el sacerdote se va sin- tiendo más inseguro.

El sábado amanece, después de haber descansado pocas horas, casi convencido de que no va a poder hablar. Se siente indispuesto y le comunica a don Pino que se prepare para sustituirle. La ciudad se llena de peregrinos que llegan de toda Italia desde primeras horas de la mañana. Hace calor. Está previsto que, durante la tarde, caiga un sol de justicia sobre las cabezas de las decenas de miles de personas que van a reunirse para escuchar a los líderes de los movimientos y al papa. Giussani le pide a don Pino que haga varias copias del discurso; puede que se levante aire y se pierdan los papeles. Está nervioso, sabe que va a vivir uno de los momentos más importantes de su vida. Sale en direc- ción a San Pedro con el fajín de color fucsia sobre la sotana, el fajín que acredita que el papa le ha dado el título de monseñor. Todas las calles aledañas a la Via della Conciliazione están ya cortadas. La mayoría de los que van a asistir al encuentro llevan horas esperando. Solo los más afortunados lo seguirán desde la misma plaza. El ambiente es festivo. Muchos intentan evitar la insolación con gorras. Se abanican.

El sacerdote recibe un último tratamiento de fisioterapia breve de Jone antes de su intervención. Su rostro tiene un gesto grave. Le da las gracias a la española. Espera a que la organización le indique el momento para sentarse junto a los responsables de los otros movimientos que también van a participar. Tienen un sitio reservado justo donde empieza la zona que se conoce como «el sagrado». Giussani se siente ahora fuerte para hablar, pero le pide a don Pino que no se aleje demasiado. Mientras recorre los pocos metros que le separan del sitio asignado, algunos obispos rompen el protocolo y se acercan a saludarle. El sacerdote parece un hombre sano, un hombre joven. Juan Pablo II sale en el papamóvil por el Arco de las Campanas y la plaza estalla de júbilo. Se agitan pañuelos para recibir al polaco, que ya se mueve con dificultad y que también sufre los efectos del párkinson. Más de uno se siente incómodo por una expresión de emotividad que le parece demasiado juvenil. Giussani es el primero en hacer volar su pañuelo como un chiquillo para saludar al papa de la encíclica Redemptor hominis, la primera encíclica en la que afirmaba que Cristo revelaba el hombre al propio hombre. Había sido para él un resplandor en medio de las tinieblas.

El cardenal Stafford, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, comienza el encuentro con un breve discurso, en el que recuerda la presencia de cincuenta movimientos y nuevas comunidades que son el vértice de un nuevo Pentecostés. El papa, con un gesto marcado por el dolor, escucha desde un gran sillón instalado entre el sagrado y la entrada a la basílica. Cuando le llega el turno, Giussani se dirige a un atril cercano. Sus movimientos son rígidos pero firmes. Don Pino se queda unos metros por detrás. Se levanta una brisa que agita la sotana del sacerdote. Pero los papeles, grapados, no se vuelan. Refresca en Roma, la tarde declina.

Comienza a hablar con alguna dificultad para vocalizar, pero enseguida va ganando claridad. Reina un silencio atento. Recuerda la pregunta del salmo 8 y la pregunta de Jesús. Subraya el amor singular de Cristo al hombre. Detalla cómo su experiencia, que podría haberse considerado una experiencia singular, se ha convertido en protagonista de la historia, en un instrumento al servicio del Pueblo de Dios. El eco de su voz vuelve, tras algunos milisegundos, después de haber rebotado en todos los rincones de San Pedro. Parece haber rebotado también en muchos rincones del mundo.

Los últimos minutos los dedica a la infidelidad, a la imperfección de cualquier gesto humano. Desde que empezó su trabajo con los jóvenes se había dado cuenta de que el moralismo era una de las grandes barreras para vivir la fe. La coherencia se establecía ya en los años cincuenta como un presupuesto y no como una gracia.

Afirma que la debilidad humana no es, como a menudo se señala, un obstáculo para que crezca el afecto a Cristo, sino una ocasión. Lleva años recreando lo que había sucedido al borde del lago de Galilea. El momento en el que Pedro, con la memoria invadida por aquel canto del gallo que había denunciado su traición, con desprecio y una vergüenza casi absoluta por todo lo que había hecho y sido, había escuchado a Jesús resucitado preguntarle si le amaba. Los tres síes le habían dejado claro al propio Pedro la rotunda, la irresistible simpatía por aquel hombre al que ni se atrevía a mirar. Esa era la moralidad, ese era el punto de partida y la forma de cada paso del camino, la atracción que despertaba Jesús. La atracción que suscitaba por el modo que tenía de asar el pescado en las brasas, por su modo de mirar al cielo y a los lirios, por su compasión, por su sabiduría llena de ternura, por su modo de hablar con los poderosos. Lo había explicado muchas veces.

El sacerdote ya está a punto de terminar y lo hace hablando de la misericordia:

—El Misterio y su misericordia quedan como la última palabra, aun por encima de todas las negras posibilidades de la historia.

Para concluir, sintetiza en qué ha consistido su vida. Después de haber escuchado de labios de su madre las historias del Evangelio, después de que una honda nostalgia marcara su juventud y no se saciara en la formación que le ofreció uno de los mejores y más avanzados seminarios de Europa, después de haber querido ser ante todo un hombre, con toda la desproporción, con toda la necesidad que implicaba sentir auténticamente lo humano, después de haber rastreado en la música y en los genios de la literatura esa misma necesidad, después de haber reconocido un día tras otro, una hora tras otra, que Cristo no era solo un nombre sino alguien presente en la Iglesia y en cada una de las personas con las que se encontraba, después de haber educado la libertad de miles de jóvenes para que juzgaran, después de haberlos desafiado para que comprobaran si la fe respondía a sus deseos, después de todo eso, dobla el último folio y pronuncia las frases que hace solo unas horas ha encontrado en los pliegues de su ánimo para, en un solo trazo, recoger los últimos sesenta años de su vida.

—El verdadero protagonista de la historia es el mendigo: Cristo mendigo del corazón del hombre; el corazón del hombre, mendigo de Cristo —proclama.

Recoge los papeles del atril. Se le acerca el uruguayo Guzmán Carriquiry, uno de los organizadores del encuentro y subsecretario del Consejo Pontificio para los Laicos. Lo ayuda a caminar hasta donde se encuentra el papa, quien con dificultad se levanta para abrazarlo. Giussani hinca la rodilla en tierra, un gesto que su salud teóricamente no le permite hacer. Le dice algunas palabras a Juan Pablo II, que le coge por los hombros y le besa la frente. El papa se inclina con afecto y le contesta. La conversación queda en secreto. Parece que los dos titanes de lo humano, los dos titanes de lo cristiano, se asoman a una eternidad llena de tiempo, del tiempo que han amado y servido apasionadamente. Giussani se incorpora solo, otro gesto también imposible. Protagonista


FERNANDO DE HARO

Don Giussani. El ímpetu de una vida: El retrato sobre el fundador de Comunión y Liberación

SEKOTIA. 304 páginas. 20.85 €

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