Pereza para la alegría

Editorial · Fernando de Haro
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30 octubre 2022
La necesidad de que el instante no se pierda reaparece de forma obstinada. El momento es ambiguo porque la claridad de la necesidad está acompañada de la solución parcial del hacer. En realidad la búsqueda de la respuesta en el hacer esconde una profunda pereza. Debajo del hacer a menudo hay un rechazo de la alegría.

Thierry Guetta tenía un negocio y una obsesión. El negocio era una tienda de ropa usada. La compraba barata por toneladas y algunas prendas las vendía a un precio muy alto porque las etiquetaba como piezas de diseño. La obsesión era grabar todo lo que sucedía en su familia, en la calle, en el trabajo. Cuando empezó a hacerlo las cámaras de video eran todavía analógicas. Guetta guardaba en un trastero miles de cintas sin visionar ni clasificar. Así fue como, por casualidad, comenzó a registrar el trabajo de los artistas callejeros. Durante mucho tiempo intentó hacerle una entrevista a Bansky (el mejor de los grafiteros). Lo consiguió. Bansky se hizo amigo de Guetta y acabó contando su historia en el documental Exit through the gift shop. 

Guetta encarna bien la interesante ambigüedad en la que vivimos. En el documental explica que lo grababa todo porque tenía necesidad de que el instante que vivía no se perdiera, no desapareciera para siempre. Una aspiración absolutamente humana, lejana de la anorexia de sensaciones, de realidad y de significado con la que se nos suele caracterizar a los que habitamos este comienzo de siglo. Es verdad que las fuentes tradicionales de sentido (el saber, el poder, el trabajo, la familia, la Iglesia y los partidos) han dejado de funcionar como referentes y casi nadie cree ya en ellas. Pero la necesidad de que el instante no se pierda, como otras, reaparece de forma obstinada. Lo decía, como siempre, con lucidez la periodista Rosa Montero en su columna dominical: “todos vivimos con la necesidad de algo. De hecho, se podría decir que la necesidad, o las necesidades sucesivas, las necesidades insaciables, son la esencia misma de los seres humanos. La necesidad de ser más querido, más admirado, más rico, más poderoso (…) Es esa ansiedad tenaz, ese desasosiego que te impele a hacer más, a ser más, que hay que ver qué pesaditos nos ponemos con la ambición de ser”. Es una ambición de ser que la propia periodista identifica como lo propiamente humano. La Montero no acepta la solución oriental ante la “escalera del deseo” en la que no se alcanza nunca lo que se quiere coger. No acepta como solución dejar de desear: “pero a mí, hija de Occidente como soy, me parece que el deseo es la vida”.

El deseo también era la vida para Guetta. También él se vio empujado a subir por una escalera que parecía no llevar a ninguna parte. Los hombres de mediados del siglo XX creyeron resolver esta paradoja del deseo haciendo la revolución: la revolución del sexo, la revolución de movimientos sociales bien organizados con el mayor número posible de seguidores para mejorar la vida social, para conseguir la liberación o la justicia, para desvelar las mentiras del poder, para luchar por la verdad diciendo las cosas claras, para recuperar valores sepultados por el relativismo. Fue  la respuesta parcial de hace algunas décadas que ya solo se dan los nostálgicos de la militancia. No parecen haberse enterado que el hombre líquido encuentra estas fórmulas literalmente incomprensibles.

La parcialidad de la respuesta al deseo ahora es diferente pero comparte con la de hace décadas la fuga del hacer. Guetta cree encontrar la solución a sus aspiraciones “haciéndose artista”. Monta en pocos meses una gran exposición en Los Ángeles con obras que produce de forma industrial y que muchos consideran un plagio. Hacer más. O hacer menos. Rosa Montero apuesta por “reducir la ansiedad, bajar las revoluciones del afán”. Como si fuera posible.

El momento es ambiguo porque la claridad de la necesidad está acompañada de la solución parcial del hacer, un hacer ahora narcisista, multitarea, con la atención malvendida al capitalismo digital. Un hacer que a menudo es “autoexplotación” en el trabajo y en el ocio.

En realidad la búsqueda de la respuesta en el hacer esconde una profunda pereza. Hay una pereza buena y otra mala. Como decía con una ironía deliciosa Evelyn Waugh, “muchos de los motivos que provocan que sacrifiquemos el inocente placer del ocio están entre los más innobles: la soberbia, la codicia, y por encima de todos ellos, el deseo de poder”. Nos vendría bien un poco de la pereza buena que frena la carrera hacia la nada. La otra pereza, la mala, la define Tomas de Aquino como la tristitia de bono spirituale, la tristeza frente al bien espiritual. Debajo del hacer a menudo hay un rechazo de la alegría. De esa alegría que da reconocer el abismo de ternura manifiesto y oculto en nuestro deseo. En el de Rosa y en el de Thierry.

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