Pedro Sánchez: obstinación temeraria

España · Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona, ex ministro de UCD
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26 julio 2016
España tiene planteados, en estos momentos, al menos cuatro problemas muy importantes. El primero y más grave, el desafío independentista de Cataluña. El segundo, muy acuciante, el de la salida de la crisis económica y las delicadas relaciones con la Unión Europea, en un momento de reacomodo, tras anunciarse la salida del Reino Unido de Gran Bretaña. El tercero, de elemental limpieza e higiene, es el de la corrupción de nuestras costumbres políticas, que en ciertos casos desprende un hedor insoportable. El último, pero no el menor, es el de mantener la cohesión, la equidad y la justicia en el reparto de los esfuerzos para salir de la crisis económica.

España tiene planteados, en estos momentos, al menos cuatro problemas muy importantes. El primero y más grave, el desafío independentista de Cataluña. El segundo, muy acuciante, el de la salida de la crisis económica y las delicadas relaciones con la Unión Europea, en un momento de reacomodo, tras anunciarse la salida del Reino Unido de Gran Bretaña. El tercero, de elemental limpieza e higiene, es el de la corrupción de nuestras costumbres políticas, que en ciertos casos desprende un hedor insoportable. El último, pero no el menor, es el de mantener la cohesión, la equidad y la justicia en el reparto de los esfuerzos para salir de la crisis económica.

Frente a estos cuatro desafíos la respuesta de la clase política no ha podido ser más desalentadora. Unas primeras elecciones generales a finales de 2015 dieron un resultado que, en la mayor parte de las democracias consolidadas, hubieran permitido la formación rápida de un gobierno. Pero entre nosotros no fue así. En vez de adaptarse los políticos a la voluntad bastante nítida de los electores se pensó –¡el mundo al revés!– que los electores se ciñesen a las apetencias de los líderes políticos y sus partidos.

Tras las segundas elecciones generales los votantes han insistido en sus preferencias, pero han mejorado la posición del Partido Popular y debilitado al PSOE. Pero hoy por hoy tampoco se vislumbra una buena salida y la investidura de un gobierno sólido, durable y con autoridad. O sea el que se precisaría para resolver los cuatro problemas antedichos, amén de otros pocos más.

En esta situación todos los líderes de los partidos tienen su cuota de responsabilidad. Todos sin excepción. Pero se lleva la palma, en mi opinión, Pedro Sánchez, el todavía secretario general del PSOE.

El régimen democrático surgido de la Constitución es obra de todos, claro está. Pero quien hizo mayor inversión en él fue el PSOE, pues gobernó más años que ningún otro. Por eso se le debe exigir más. Y por tal razón se debe subrayar que su líder no está actuando bien ni para su partido ni para España. Ya tras las primeras elecciones generales, con sus muy pobres resultados para los socialistas, le debían haber llevado a dimitir. Quizá no habría sido la única dimisión esperable, según módulos europeos, pero sin duda la más clara. La siguiente convocatoria a las urnas le ha hundido más en la miseria irremisible, mientras que otorgaba un balón de oxígeno a Mariano Rajoy.

Su posición actual de votar en cualquier caso “no” a la investidura del Partido Popular es insostenible. Muestra un grado preocupante de irresponsabilidad. Denota una obstinación temeraria. Es absurdo arrojar al Partido Popular a los brazos de nacionalistas e independentistas para que forme un gobierno débil y tambaleante desde el principio. Un gobierno por definición incapaz de solucionar los problemas dichos.

Pedro Sánchez debería saber que por ese camino la opinión pública no le sigue, ni tampoco sus votantes, ni buena parte de sus militantes, no digamos los socialistas más renombrados, curtidos y experimentados. Para alguno de ellos Sánchez se convertirá en un “cadáver viviente”. Acaso ya lo sea. Lo cierto es que se ha colocado muy de espaldas a los problemas acuciantes de España.

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