Paz, la virtud del compromiso

Mundo · Giorgio Vittadini
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6 mayo 2016
Hay sustancialmente tres formas de considerar las guerras y conflictos entre nacionales. Las dos primeras, las más habituales, están dominadas por abstracciones ideológicas, como las que se refieren a los credos religiosos, véase el fundamentalismo islámico, o credos políticos, como en el caso de las democracias, y más aún en los sistemas capitalistas que los países occidentales tratan de imponer en diversos lugares del mundo.

Hay sustancialmente tres formas de considerar las guerras y conflictos entre nacionales. Las dos primeras, las más habituales, están dominadas por abstracciones ideológicas, como las que se refieren a los credos religiosos, véase el fundamentalismo islámico, o credos políticos, como en el caso de las democracias, y más aún en los sistemas capitalistas que los países occidentales tratan de imponer en diversos lugares del mundo.

La idea de tener que exportar la democracia, aunque sea de modo violento, es hija de una visión política sobre todo americana, pero en la que por desgracia hoy se inspiran muchas naciones europeas. Al intentar imponerse, ignora o pisotea las realidades locales, culturales y religiosas ya existentes. Primero con Saddam y ahora con Assad, se pensó en extirpar el “mal” del cuerpo de los vencidos, haciendo así que el pueblo tenga que pagar precios altísimos. Sobre todo ahora, el uso de las sanciones económicas contra Assad y la guerra en Siria demuestran toda la incapacidad de la política occidental. Quien paga el precio de las sanciones es la población hambrienta, privada de bienes elementales como el agua y la luz, que no puede beneficiarse de las remesas de los emigrantes sirios en el exterior y cuya única alternativa es la huida desesperada. De ahí el éxodo de millones de sirios hacia otros países.

Pero hay un tercer modo de afrontar la cuestión. En Europa y en el Mediterráneo, la historia nos enseña que se puede convivir sin trata de imponer la propia visión del mundo, sino intentando crear un contexto donde las diversas comunidades sean respetadas, con compromisos aceptables por el bien común. Sucedió en la Sicilia conquistada por los musulmanes, donde toda la población prosperó, y sucedió en las comunidades islámicas que progresaron tras la conquista de los normandos, sucedió en la Alejandría de Egipto, y sigue sucediendo aun con muchas dificultades en el Líbano. Sucedió también en Siria, donde las realidades religiosas y étnicas más diversas, un mosaico de 23 comunidades distintas, vivieron en armonía durante siglos aprendiendo a aceptar el valor de la diferencia. Increíblemente, todavía sucede en una ciudad mártir como Alepo, donde suceden milagros de convivencia que nadie cuenta, como el comedor gestionado por el Jesuit Refugee Service, donde diariamente se preparan 12.000 platos de comida gracias a las contribuciones económicas de donantes cristianos y musulmanes, y al trabajo de voluntarios cristianos y musulmanes.

¿Cómo salir entonces de esta lógica de abstracción perversa? Un punto crucial para afrontar nuestro futuro es el de la libertad religiosa, pero ¿qué significa, concretamente? Lo ha explicado recientemente Georges Abou Khazen, vicario apostólico latino de Alepo: “Los musulmanes que nos encuentran en Alepo ven una humanidad diferente, que les llama la atención. Nos dicen: vosotros sois distintos. La gente está cansada de la guerra, pide que las negociaciones de paz de Ginebra sigan adelante y que los poderosos se den cuenta de estas cosas y las apoyen”. Eso significa apoyar la libertad religiosa, como afirma monseñor Silvano Tomasi, que durante años ha sido observador permanente de la Santa Sede en la sede de Naciones Unidas en Ginebra, porque “defenderla y promoverla no es tutelar a una minoría sino garantizar un bien precioso para toda la sociedad”.

La política exterior de los países occidentales se ha mostrado incapaz de subordinar sus intervenciones a la defensa de la vida real, pacífica y pluralista, que puede perdurar incluso en condiciones muy difíciles. Apoyar hechos concretos de vida, defendiendo la vida de las personas, de las comunidades que están sobre el terreno, es lo que falta por hacer.

Los cien millones de cristianos perseguidos en el mundo, como todas las demás etnias y minorías religiosas, nos piden un cambio en nombre de este concepto de libertad religiosa que significa defensa de las poblaciones existentes, que prefiere la confrontación, el debate, el diálogo, el respeto al prójimo, antes que guerras declaradas o el apoyo subrepticio a grupos armados. Nos lo ha enseñado la Iglesia en las relaciones que ha tenido durante décadas con regímenes dictatoriales como la Rusia soviética, China o Corea del Norte, buscando la vía del compromiso y el largo camino diplomático para defender a los hombres de persecuciones y masacres. El papa Francisco es hoy la única personalidad mundial que invoca una convergencia mundial por el bien común capaz de tutelar la diversidad. Su concepción es revolucionaria, por eso tiene tantos opositores en tantas partes. No obstante, el punto al que hemos llegado, en vista de un futuro de paz que todos esperamos, sigue siendo la posibilidad de actuar, si seguimos este camino. Y si las cancillerías de los Estados hacen su parte.

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