Para tener elecciones libres

Editorial · Fernando de Haro
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4 febrero 2024
Más de 4.000 millones de personas están llamadas a emitir su voto este año en muchos rincones del planeta. Si queremos elecciones libres necesitamos personas irreductibles, personas libres.

Todavía no sabemos cuándo van a ser las elecciones presidenciales en Venezuela. No sabemos si en realidad sí habrá elecciones. Las elecciones europeas están marcadas en el calendario para el 9 de junio. Antes se celebrarán en la India. En noviembre las presidenciales estadounidenses. Más de 4.000 millones de personas están llamadas a emitir su voto este año en muchos rincones del planeta.

¿Serán elecciones libres? En Venezuela difícilmente. En Estados Unidos y en Europa sin duda. ¿Pero son realmente libres las elecciones libres? ¿Los votantes realizan un acto de libre albedrío cuando eligen el partido o el líder al que apoyan?

La pregunta no es retórica. Hay quien lo cuestiona. El viejo determinismo vuelve de la mano de la neurociencia y de la física. «La sensación de libre albedrío es real, la capacidad de ejercer el libre albedrío, la capacidad de la mente humana para trascender las leyes que controlan el progreso físico, no lo es» -señala el conocido físico Brian Greene-. No causamos ni podemos causar nada; somos consecuencia. Robert Sapolsky, biólogo y neurocientífico de Stanford, va en la misma dirección. La biología, las hormonas, nuestra infancia y otros factores medioambientales explican nuestro comportamiento. Las decisiones que tomamos en realidad no son decisiones, son consecuencias necesarias de factores previos. Sapolsky considera que este “descubrimiento” es liberador porque desaparece el peso de la culpa.

La Inteligencia Artificial nos ha hecho preguntarnos si las máquinas pueden llegar a actuar, a pensar, a sentir como las personas. Pero hay una corriente con mucho apoyo en el campo de la neurociencia que nos dice que esa no es la pregunta adecuada. Las personas somos en realidad máquinas muy complejas, pero al fin y al cabo máquinas.

Los otros neurólogos, los que no son deterministas,  prefieren no usar la expresión libre albedrío porque es imposible reproducir con precisión las mismas condiciones internas, ambientales y sociales para hacer comparaciones entre dos personas. Pero eso no impide constatar que las decisiones se toman por “sistemas indeterminados”, es decir por  sistemas que no se limitan a responder de forma previsible a los estímulos. Este sistema es el yo. ¿El yo es un engaño? Esta es la cuestión. La toma de decisiones en ocasiones es impulsiva, en otras meditada, y a veces casi predeterminada por las circunstancias. Pero tomamos una decisión en función de lo que los neurólogos llaman “necesidades electivas”, en función del deseo que consideramos más importante o más prometedor por las alegrías y los dolores que hemos vivido. No somos máquinas porque comprendemos significados y porque somos capaces de cooperar.

Decidimos en función de lo que conocemos y de lo que amamos. Amamos los que nos satisface. Decidimos obedeciendo lo que aparece a nuestra libertad como deseable, buscando lo que ya nos ha dado satisfacción, buscando lo que nos puede dar satisfacción.

Es llamativo que la corriente no determinista de la neurociencia, para salvar la objetividad de la libertad, se apoye en el deseo. Las máquinas no desean.

La democracia, tal y como la conocemos en este momento, se basa en varias generaciones de derechos humanos. La primera generación de derechos humanos es la que defiende a la persona libre de los abusos del Estado. La segunda generación consagra la igualdad y la tercera la solidaridad. Estamos en la cuarta generación de los derechos humanos, la que protege la libertad y la irreductibilidad del yo frente a los abusos digitales y genéticos. Si queremos elecciones libres necesitamos personas irreductibles, personas libres, es decir personas que se mueven en la esfera de los significados, que sepan cooperar. Personas con el deseo bien entrenado.

 

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