Editorial

No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

Editorial · Fernando de Haro
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23 julio 2017
Tiempos interesantes. El desarrollo de la inteligencia artificial más allá de lo que podríamos haber imaginado hace unos años y la crisis de cierta forma de pensamiento moderno plantean retos apasionantes. Quizás sean una invitación a recuperar una forma de pensar y de hablar diferente, más humana.

Tiempos interesantes. El desarrollo de la inteligencia artificial más allá de lo que podríamos haber imaginado hace unos años y la crisis de cierta forma de pensamiento moderno plantean retos apasionantes. Quizás sean una invitación a recuperar una forma de pensar y de hablar diferente, más humana.

La inteligencia artificial (IA) parece estar llevando a cabo el viejo sueño de crear sistemas perfectos que, al menos en ciertos aspectos de la vida, resuelvan la fatiga de tener que ejercer la libertad. Las “máquinas pensantes” vienen en auxilio del ser humano en ámbitos decisivos. La policía de Nueva York utiliza desde años la IA para seguir o dejar de seguir a un sospechoso. Cada vez es más frecuente que los operadores del mercado utilicen el high frequency trading, un sistema que toma decisiones de compra y venta de títulos en fracciones de segundo. Protagoniza ya casi la mitad de las operaciones en las bolsas europeas y ha dejado obsoletos los modelos de análisis de comportamiento basados en el modo de invertir de los “sapiens de carne y hueso”. En todos estos casos se procesan datos y se toman decisiones gracias a algoritmos. El algoritmo, por definición, es un conjunto de reglas que permite obtener un resultado previsible.

Hace unos días, Ramón López de Mantaras, premio Walker de la Conferencia Internacional de Inteligencia Artificial, advertía de los riesgos de dejar a los algoritmos tomar decisiones por sí solos. Primero, porque en la selección de datos siempre se producen sesgos que es necesario corregir. Y segundo -señalaba López de Mantaras en una entrevista de La Vanguardia- porque una cosa es el conocimiento y otra son los datos.

Todos las posibilidades que ofrece el Big Data -los resultados en el campo de la intervención humanitaria y social son ya muy llamativos- replantean la distinción entre información y saber. “El conocimiento implica -señalaba Mantaras- que se comprende cómo se toma una decisión. Con los datos, el algoritmo llega a una decisión, pero no tenemos acceso al razonamiento que hay detrás. Es una caja negra. Si dejamos que un algoritmo tome decisiones que nos afectan deberíamos poder exigir que rinda cuentas”. Las máquinas pensantes pueden tomar decisiones, de hecho ya hemos dejado que las tomen. Pero según Mantaras no pueden conocer en sentido literal, porque no conocen que conocen, y por eso es absurdo exigirles responsabilidad. Sin saber que se está conociendo no hay conocimiento y no hay libertad. Batty, el replicante de Blade Runner que está a punto de morir, al lamentarse porque todo lo que ha visto vaya a perderse como “lágrimas en la lluvia”, ha dejado de ser IA para convertirse en una inteligencia humana que desea lo eterno.

Es imposible no acordarse de HAL 9000, la supercomputadora a la que Kubrick convirtió en protagonista hace 50 años de su Odisea del Espacio. Escuchando, de nuevo, los acordes potentes de la banda sonora de Strauss (Así habló Zaratrusta), da la sensación de que el debate sobre las posibilidades y limitaciones de la IA reabre la conversación sobre qué sea conocer. La información, la sola información, nunca puede ser aferrada de forma pasiva. Con Kubrik vuelve la gran María Zambrano: “la realidad que en cierto sentido se presenta por sí misma, arrolladora, inexorable, dada la condición humana, exige ser buscada”. La IA parece subrayar que no hay algoritmo que nos haga prescindibles ni a nosotros ni a nuestra libertad.

Hablamos de revolución de los datos, pero más bien tendríamos que hablar de revolución de la información. Lo mejor del pensamiento de los últimos años ha puesto de manifiesto que la cultura occidental hasta ahora se ha caracterizado precisamente por no considerar nada como un dato, como algo dado, sino como algo necesario. El mejor Finkielkraut, en sus mejores páginas contra el racionalismo, explicaba ya hace algunos años que nuestra sensibilidad ha convertido toda la realidad en la consecuencia de unas causas necesarias y suficientes. La seguridad de los que el pensador francés llama modernos se basa en extender los principios de las leyes naturales al ámbito de la conducta humana. Es lo propio de la última generación de intelectuales que creían en un sistema ideológico cerrado. Aquellos que en los años 60 y 70 eran marxistas y estructuralistas y ahora son fogosos apóstoles del liberalismo. Abandonaron el marxismo pero siguieron manteniendo el esquema ideológico antiguo, el de la mentalidad “necesaria”. En la nueva generación esa vieja y asfixiante seguridad desaparece. El solo hecho de que Finkielkraut hablara hace algunos años de la categoría de acontecimiento como la categoría, no necesaria, para acercarse a las cosas dice mucho del cambio que puede estar produciéndose. De igual modo que ha reaparecido el sujeto que conoce, igual acabamos recuperando lo que significa, literalmente, la palabra dato.

Las aperturas en el mundo del lenguaje son más antiguas. Ya hace algunos años hubo quien dijo que las palabras no siempre y obligatoriamente describen acontecimientos del pasado, o leyes universales y necesarias que se han quedado fosilizadas. El británico John Langshaw Austin ya habló de los “enunciados performativos” (años 60). Hay palabras que no se limitan a describir los hechos, hay palabras que realizan los hechos de los que hablan en el mismo momento en que se pronuncian. Podría abrirse un tiempo de gerundios, un tiempo en el que reconozcamos que no hay cosas si no están siendo dadas, que no hay conversación realmente humana sin que aquello de lo que estamos hablando esté de algún modo sucediendo.

De esto último ya nos habíamos dado cuenta antes de leer a los filósofos del lenguaje. Nos habíamos dado cuenta por lo mucho que nos cansan y nos aburren los que llevan años predicando doctrinas verdaderas, haciendo análisis certeros, reivindicando que la razón les asiste sin que en ningún caso les suceda, ni a ellos ni a nosotros, nada. Hasta hace poco parecía lo mismo ser doctrinalmente correcto, analíticamente impecable y hacer auténtica cultura. Pero ahora ya no. Hemos aprendido que no conviene decir nunca nada que, de un modo u otro, no esté ocurriendo. Porque no queremos palabras cansadas, porque nos urge vivir.

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