Müller se muda a Roma

Mundo · José Luis Restán
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2 julio 2012
Cuando Benedicto XVI pronunciaba su gran homilía en la fiesta de San Pedro y San Pablo, había tomado ya la decisión. Será su "joven" amigo, el obispo de Ratisbona Gerhard Ludwig Müller, el nuevo Prefecto de la Fe. Al concluir esa homilía el Papa Ratzinger se dirigió a los arzobispos metropolitanos que acababan de recibir el palio invitándoles a sentirse juntos "cooperadores de la verdad, la cual es una y sinfónica, y reclama de cada uno de nosotros y de nuestra comunidad el empeño constante de conversión al único Señor en la gracia del único Espíritu".

Hacer que resplandezca ante el mundo (ante cada corazón humano) la verdad que es una y sinfónica, es tarea muy especial del  Sucesor de Pedro, pero requiere tener a su lado un hombre de gran conocimiento teológico, virtud probada, amplitud de miras, coraje y anchas espaldas. Un hombre de recia fe arraigado en la Tradición, pero también un hombre conocedor (y a ser posible amante) de su tiempo. Nada más iniciar su pontificado, Karol Wojtyla pensó en un joven arzobispo alemán que a su juicio reunía todas esas características. No le fue fácil, pero terminó arrancando a Joseph Ratzinger de su amada Baviera e instalándole cerca de la silla de Pedro. Conocemos el resto de la historia.

Al poco tiempo de ser elegido, Benedicto XVI llamó al estadounidense William Levada a desempeñar ese cargo. Descendiente de inmigrantes portugueses y afincado en la costa del Pacífico, en una ciudad tan paradójica como San Francisco, que le había procurado tantas dichas como fatigas, Levada acudió presto a la llamada del nuevo Papa. Ha sido un hombre fiel, riguroso y discreto, un hombre de verdadera confianza aunque no tuviese el brillo de algunos antecesores en el cargo. Su último gran servicio ha sido la intervención romana en la principal asociación de superioras religiosas en Norteamérica. Un viejo dossier que Levada se ha echado a la espalda como buen conocedor del paño y para dejar expedita esa senda a su sucesor. De hecho había expresado al Papa su deseo de tornar a su patria lo antes posible, una vez traspasada la raya de los 75.

Benedicto XVI ha decidido tras estudiar, dialogar y rezar, como es su estilo. Se ha tomado un año largo para escoger y finalmente ha mirado de nuevo a Alemania. No ha sido fácil. Primero por la magnitud del empeño, que nadie conoce mejor que él. No se trata principalmente de meter en cintura a los teólogos díscolos; en ese puesto, bien lo sabe Ratzinger, es preciso amar tanto el orden como la vida. A las puertas del Año de la Fe el Papa no se engaña: no se trata ya de defender las últimas torres de la fortaleza sino de generar nuevamente la vida, y eso exige dotes poco comunes. Por otra parte estamos en un momento muy delicado en el interior de la Santa Sede y Benedicto XVI busca completar un equipo que sirva con total dedicación y sin reservas a la tarea que entiende ha recibido, especialmente porque el tiempo apremia. Evidentemente al nuevo Prefecto le espera, más pronto que tarde, un capelo rojo. Pero había una dificultad suplementaria:  el Papa sabe que trayéndose a Roma al elegido, pierde una pieza tal vez clave, sobre un tablero áspero y difícil que él tanto ama, el de la Iglesia que camina en Alemania.

Pues bien, Müller es el elegido. Tiene 64 años y desde 2002 pastoreaba la diócesis de Ratisbona, donde no ha pasado inadvertido. Con brío y sin complejos ha plantado cara a ciertas organizaciones laicales que pretendían controlar a su diócesis sustrayéndola del único pastoreo legítimo, el del obispo, sucesor de los apóstoles. Tampoco ha sido galante con las grandes cabeceras mediáticas cuando atacaban a la Iglesia y en especial al Papa, ni con los políticos tan acostumbrados en Alemania a intervenir como seudo-teólogos. Así que Müller es una suerte de bestia negra para el disenso salvaje de corte progresista. Pero también hay un mundo tradicionalista que desconfía, lo considera demasiado abierto y murmura sobre su amistad con el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, uno de los fundadores de la Teología de la Liberación. Pues parece que al Papa no le asusta la mencionada amistad      

Para quien se sienta perplejo, digamos que Benedicto XVI ha querido que sea el obispo Müller quien cuide personalmente la edición de su Ópera Omnia. No parece encargo para hombre dudoso en una materia en la Joseph Ratzinger acumula bastante pericia. Sucede quizás que Müller, como su mentor, es hombre difícil de clasificar y al que le cuadran mal las etiquetas simplonas. En Madrid Gerhard Müller es bien conocido y no le faltan amigos; durante años ha sido profesor invitado de la Facultad de Teología San Dámaso y su conocimiento de nuestra lengua le permite predicar una homilía sin papeles. Conoce bien nuestra historia y nuestra fibra espiritual, con sus fortalezas y debilidades, de igual modo que tiene una sensibilidad muy especial para toda el área de la América hispanohablante. Credenciales no le faltan, pero retomemos unas palabras del Papa en la homilía de San Pedro y San Pablo, cuando se refería al buen combate de la fe: "no es ciertamente la batalla de un caudillo, sino la de quien anuncia la Palabra de Dios, fiel a Cristo y a su Iglesia, por quien se ha entregado totalmente". Ese es "el buen combate" que deseamos a Mons. Müller en su nueva estación romana.

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