Mi vecino Totoro

Cultura · Víctor Alvarado
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2 noviembre 2009
Aunque, seguramente, el duelo taquillero entre los reestrenos de Toy story 3D(1995) y Mi vecino Totoro lo gane John Lasseter, no debemos despreciar el excelente trabajo de Hayao Miyazaki en Mi Vecino Totoro (1988). Si el primero es un canto a la amistad, el segundo lo es a la familia.

Esta película se estrenó en 1988.Sin embargo, intuimos que, tras el éxito de Ponyo en el acantilado (2008) y por el boom del cine manga, la distribuidora ha decidido relanzar este trabajo del director japonés en el que se ofrecen grandes destellos de calidad. Una obra del celuloide por la que parece que no ha pasado el tiempo. Sobre todo, si tenemos en cuenta los rudimentarios sistemas de animación de la época, comparándolos con los actuales. Observamos un resultado muy positivo y la calidad del dibujo nos parece sobresaliente.

 

La historia se construye con una familia formada por cuatro miembros. La madre de Mei y Satsuko, se encuentra enferma en un hospital. Por tanto, el marido se encarga de la educación de las dos niñas,  a las que les cuenta historias de seres fantásticos. La curiosidad de  Mei y Satsuko les lleva a perseguir a unos peculiares seres que les conducirán a un bosque, donde habita un monstruo dormilón que se llama Totoro. La felicidad inunda  a la familia hasta que reciben un mensaje del  sanatorio, que pondrá a todos en alerta.

 

Esta obra cinematográfica se ambienta en un poblado del Japón de los años 50. A grandes trazos, el autor explica el modo de vida de esa sociedad rural humilde y solidaria, representado en el personaje de la anciana, que hace las veces de madre cuando la situación lo requiere.

 

Lo más destacable de la cinta es el valor que el cineasta concede a la familia. Para ello se sirve del personaje de Totoro como vehículo para contar una historia familiar. El autor japonés ha sabido reflejar  el valor de la familia con gran claridad de ideas que, a pesar de sus diferencias culturales, mantiene la esencia en cualquier sociedad del mundo. Por otra parte, explica  que el sentido de familia  se  demuestra ante la adversidad, donde las posibles diferencias o distanciamientos se liman en favor del bien común. Este largometraje sugiere que los grupos familiares no se rigen por meros intereses económicos, sino que  el motor que los mueve es el amor. Los diálogos se presentan como la pieza clave. No nos calientan la cabeza con interminables parrafadas, sino que utiliza un lenguaje sencillo y, como buen realizador, las imágenes completan el resto. Ahora les presentamos dos escenas que nos ayudan a comprender todo lo comentado:

 

En primer lugar, nos parece particularmente interesante la escena del tradicional baño japonés que, según hemos visto en otras producciones sobre esa cultura, resulta  fundamental para la comunicación del japonés.

 

La segunda escena en la que las niñas se enteran de una noticia sobre su madre. Está perfectamente creada, siendo probable que algún espectador se llegue a emocionar. Los hechos narrados rememoran un episodio de la vida del cineasta japonés.

 

Además, la defensa de la naturaleza, como no podía ser de otra manera en la filmografía  de Miyazaki, aparece como un punto importante en este largometraje, rozando la trascendencia.

 

Por otra parte y para finalizar, el realizador, en esta ocasión, utiliza a los personajes fantásticos en su justa medida, ocupando un papel secundario dentro del relato. Totoro aparece como un personaje entrañable, mientras que el gatobus parece original y divertido.

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