Nínive 5

Mar Mattai

Mundo · F.H.
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14 enero 2017
El abuna Yousif Ibrahim no es muy alto. Viste sotana negra y el gorro de los monjes orientales. Durante nuestras dos primeras horas de conversación se muestra distante, guarda largos silencios. Cambia después de que comamos unas deliciosas cebollas frescas del huerto monacal con un guiso de carne. Saca un paquete de cigarrillos, enciende varios y se apasiona hablando de fútbol y de política.

El abuna Yousif Ibrahim no es muy alto. Viste sotana negra y el gorro de los monjes orientales. Durante nuestras dos primeras horas de conversación se muestra distante, guarda largos silencios. Cambia después de que comamos unas deliciosas cebollas frescas del huerto monacal con un guiso de carne. Saca un paquete de cigarrillos, enciende varios y se apasiona hablando de fútbol y de política.

Este ingeniero que un día escogió las soledades es monje en el monasterio más antiguo de Iraq. Su fundación se remonta al siglo IV. Mattai (Mateo), el fundador, vino de Persia y se estableció con un grupo de eremitas en lo alto de una montaña de roca clara, uno de los límites de la llanura de Nínive. Mattai se encontró por casualidad con un miembro de la familia real del momento que se convirtió. El rey ajustició al converso pero al final, en palacio, acabaron recurriendo a Mattai y a su poder de curar. Del monarca para abajo todos aceptaron la nueva fe que les había llegado a través de los eremitas que excavaban las rocas.

Desde el siglo IV los peregrinos han acudido a este lugar santo, que también ha sido lugar de hospitalidad para los refugiados durante la persecución del Daesh. Tras los primeros triunfos del nuevo califato, los monjes acogieron a decenas de familias. Pero cuando el frente se fue moviendo y los terroristas se quedaron a cuatro kilómetros de Mar Mattai, todos se fueron. Todos se fueron menos los monjes que pusieron los archivos a salvo y se dispusieron para lo peor. Esta vez lo peor no ha llegado como sí llegó otras veces. El monasterio, a lo largo de su historia, ha sufrido los ataques de kurdos, persas, mongoles y un largo etcétera. Yousif Ibrahim me muestra los restos de una antigua muralla y el lugar elevado desde el que los asaltantes lanzaban grandes piedras. Desde la terraza del monasterio, que está como colgado en la roca, se extiende una segunda fila de montañas y detrás de ellas Mosul. Hasta no hace mucho se podían escuchar los combates.

Son las cuatro de la tarde. Toca la campana. Es la llamada a la oración. Dos monjes, solo dos monjes, donde hubo cientos, rezan en arameo utilizando el tono recto. Los otros tres que forman parte de la comunidad no han llegado a tiempo. El incienso sube hasta una cúpula excavada en la roca del siglo IX, es lo poco antiguo que han conservado las sucesivas reformas. Quizás esta sea esta la última persecución después de catorce siglos. Los dos monjes son el testimonio de fidelidad y de una larga tradición que puede estar a punto de extinguirse. Al despedirnos el abuna Yousif Ibrahim trabaja en mejorar la instalación de la conexión wifi. Me explica que en este momento es mejor seguir al Barça que al Madrid.

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