Los hilos que tejen una vida realmente humana

España · José Luis Restán
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12 abril 2016
Al escuchar la intervención del sociólogo vasco Mikel Azurmendi en la reciente edición de EncuentroMadrid, no podía dejar de pensar que, por fin, aquel encuentro entre el mundo católico y el pensamiento laico, que auspiciara Benedicto XVI en su visita a Santiago de Compostela, empezaba a tomar cuerpo también en nuestro país, tan refractario a este empeño. Fue curioso, y a la vez encantador, escuchar cómo un laico bregado en mil batallas hacía una crítica sagaz y ponderada sobre los frutos del proyecto ilustrado, mientras un filósofo católico como Constantino Esposito reivindicaba la mejor Ilustración y mostraba en el nudo inextricable entre verdad y libertad el punto de amistad urgentísima entre la tradición cristiana y la ilustrada.

Al escuchar la intervención del sociólogo vasco Mikel Azurmendi en la reciente edición de EncuentroMadrid, no podía dejar de pensar que, por fin, aquel encuentro entre el mundo católico y el pensamiento laico, que auspiciara Benedicto XVI en su visita a Santiago de Compostela, empezaba a tomar cuerpo también en nuestro país, tan refractario a este empeño. Fue curioso, y a la vez encantador, escuchar cómo un laico bregado en mil batallas hacía una crítica sagaz y ponderada sobre los frutos del proyecto ilustrado, mientras un filósofo católico como Constantino Esposito reivindicaba la mejor Ilustración y mostraba en el nudo inextricable entre verdad y libertad el punto de amistad urgentísima entre la tradición cristiana y la ilustrada.

La intervención de Azurmendi superó con mucho una aproximación meramente académica al problema de Europa, y se convirtió por momentos en un auténtico testimonio, en el sentido más amplio y profundo de la palabra. Es lógico que un hombre que por el ejercicio público de su razón sufrió la persecución del terrorismo de ETA y se vio forzado al exilio, haya concentrado su energía en la defensa de los derechos humanos, que, como explicó, han sido la obra culminante del proyecto ilustrado tras los horrores de la guerra y de los totalitarismos del siglo XX. Defender los derechos con uñas y dientes, defender la ley, es proteger a cada persona del arbitrio del poder. ¡Y no es poca cosa!

Ha sido la propia experiencia (el fracaso, el amor, la lucha, el exilio, la enfermedad) la que ha permitido a este hombre ir más allá del esquema que, legítimamente, había siempre defendido. Como observó agudamente, los derechos vienen a decir a los otros, a las instituciones y al propio Estado: “¡no me toques!”. Es decir, establecen ese necesario espacio de seguridad y confort para que cada uno pueda pensar y actuar sin ser molestado, dentro de unas reglas comunes. Pero como él mismo ha experimentado, defender la “república” y los “derechos” no es suficiente para sostener una vida que necesita razones para la esperanza, aliento para levantarse de sus fracasos, un horizonte de bien por el que trabajar y, si fuera necesario, sufrir.

Me pareció que Mikel Azurmendi sabía de soledades y desengaños, pero misteriosamente eso no le ha amargado, al contrario, ha dado a su modo de estar en el mundo una sagacidad y una nobleza singulares. Si la vocación europea, tal como explicó Constantino Espósito, consiste en la búsqueda infatigable del sentido, de la verdad a través de la libertad, Azurmendi es un europeo cabal. “Aún no he llegado a esa meta, decía con una mirada limpia, pero a veces me despierto preguntándome a quién tengo que agradecer tantas cosas”. ¿A quién agradecer? Sólo desde la gratitud por algo recibido la vida puede volver a levantarse y caminar. Pero hoy, Azurmendi dixit, muchos ni se plantean agradecer, como si la sola indignación pudiese ser el motor para construir algo bueno.

Azurmendi, el laico, habló entonces de la necesidad de superar el aislamiento de los modernos, quizás protegidos en su jaula de derechos, pero convertidos en átomos aislados, sin relación, sin vínculos ni ideales. Y nos habló de educación, de familia, de comunidad, de tradición… Nos habló de virtudes y de “amistad social”, y todo parecía manar fresco y alegre, como el agua de una fuente tras el deshielo. Y podía abrir el corazón de tal forma porque había sucedido un encuentro, el abrazo que nos pedía el gran Benedicto en Compostela.

Sus palabras me parecían preciosas y cargadas de significado, palabras conocidas y apreciadas por un católico como yo, pero que sonaban con registros nuevos, abiertas, apasionantes, como hilos de oro que tejen una vida humana que merezca ese nombre. Mikel (a los amigos hay que llamarlos por su nombre) había mirado y compartido serenamente con nosotros sus 73 años de vida, pero en un momento dado quiso mirar al frente y preguntarse: “¿qué tengo que hacer para que el mundo sea mejor?… aún tengo cosas buenas que hacer por mucha gente”. Y era imposible no sentirle hermano, amigo, compañero en esta aventura no sólo europea, en esta aventura que es la vida. Gracias.

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