Los árbitros ya no pitan

Sociedad · Luis Ruíz del Árbol
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11 febrero 2024
Hace muchos años, cuando estaba empezando mi andadura profesional como abogado, nos convocaron a los juniors recién incorporados a una sesión de formación sobre gobierno corporativo en las sociedades de capital. El ponente, un abogado senior del mismo bufete, arrancó su ponencia con una sentencia lapidaria: “No perdáis nunca de vista que, hoy en día, la gente está más preocupada de cubrir su responsabilidad que de buscar la verdad.”

No recuerdo casi nada de lo que nos enseñó en esa charla, pero esa frase, realmente profética, me ha acompañado desde entonces.

En el último mes me han notificado dos laudos arbitrales emitidos en sendos arbitrajes internacionales, conducidos por dos árbitros de reconocido prestigio, en el seno de dos cortes de arbitraje de no menor pedigrí. Los casos que se ventilaban en ambos procedimientos tenían una gran complejidad técnica, lo que obligó a todas las partes a aportar como prueba un ingente número de testigos, peritos y documentos, y a la celebración de unas vistas que, en los dos litigios, se alargaron durante cinco jornadas en sesiones de casi diez horas diarias. Los dos laudos comparten un mismo patrón: dan solución a los problemas planteados ciñéndose a la literalidad de los contratos suscritos, sin tener en cuenta las demás pruebas practicadas, bajo la coartada de la aplicación del pacta sunt servanda (los pactos están para ser cumplidos) y de otorgar una primacía absoluta del principio de interpretación literal. There will be dragons: todo lo que se sitúa fuera del papel se presenta como caótico y confuso, lleno de zonas oscuras y de ambigüedades, en las que hay que navegar con un riesgo cierto de extravío, por lo que el camino más seguro para no fallar es no salirse del texto.

A toro pasado, a la luz del enfoque metodológico de los dos laudos, me he dado cuenta de que la única preocupación de los árbitros había sido la de seguir escrupulosamente el procedimiento establecido, con un rigor formalista en los detalles procesales que, durante la tramitación los arbitrajes me pareció una pintoresca extravagancia, pero ahora estoy convencido de que realmente estaba orientado a fabricar las cautelas necesarias para que las decisiones fueran inatacables desde un punto de vista formal, ya que los defectos procedimentales o formales son los únicos que eventualmente podrían alegar las partes perjudicadas en los recursos extraordinarios de anulación, de facto de casi imposible admisión.

Lo que ha pasado en estos dos procedimientos arbitrales no lo considero una anécdota, o una simple mala racha profesional, sino que creo que responde a un modo de estar en el mundo que está cada vez más extendido: la cultura del disclaimer. En este mismo sentido, hay otro tipo de arbitrajes donde la cristalización de este “descargo de responsabilidades” se está produciendo a la vista de todos. Fuimos muchos los aficionados al fútbol que, ingenuamente, aplaudimos la implementación del videoarbitraje (VAR) como una herramienta que facilitaría el trabajo de los árbitros y la corrección in situ de los errores flagrantes. Lo que al final ha sucedido, puede que no tan inexplicablemente como pudiera parecer, ha sido que los trencillas han dejado de pitar. El VAR, que se había pensado como un instrumento subsidiario a la labor de los colegiados, ha ocupado rápidamente su lugar. Así, se ha generalizado el hábito de los árbitros y sus asistentes de no señalar penaltis, faltas, manos o fueras de juego evidentes, en el subconsciente convencimiento de que, hagan lo que hagan, está ahí detrás el VAR como última palabra para tomar la inapelable decisión correcta… o incorrecta. ¡Que se equivoquen otros!

Una amiga, que trabaja de orientadora en un colegio, me contaba que un día, en una tutoría, le preguntó a un alumno con un brillante expediente académico qué carrera quería estudiar. “Medicina”. “¡Qué bonito! ¿Qué especialidad te gusta?” “Medicina forense.” “¿Conoces a alguien que se dedica a eso?” “No, la quiero elegir porque es la única especialidad en la que, si te equivocas, la familia no te va a pedir cuentas.” Klaus & Kinski lo expresaba muy bien en su fantástica canción Mamá, no quiero ir al colegio: “Yo no quiero ser valiente y poderme equivocar”. ¿De dónde nace esta aversión al riesgo, a exponerse y jugársela ante los demás?

En la vida social, laboral y educativa, estamos inmersos en una dinámica relacional que tiende a crear un ambiente en el que nos vemos casi forzados a no tomar ninguna decisión o a evacuar la responsabilidad hacia arriba. La penalización implacable del error, sea esta real o imaginada, conduce a una paralización moral terrible. En esta neurosis colectiva, nos parece que es más fácil sobrevivir no equivocándose que asumiendo el riesgo de hacerlo. Las copias ocultas en los emails y los pantallazos de whatsapps, la multiplicación ad náuseam de los controles internos y el uso y el abuso de las tablas Excel para todo, la hiperfragmentación de responsabilidades en las cadenas de producción y mando, la eliminación de cualquier ámbito de relación fuera del horario escolar entre profesores y alumnos, la sobrecarga de información precontractual y los prolijos y farragosos consentimientos informados… tenía razón mi antiguo compañero: empleamos más energía creativa en elaborar estrategias de descargo y cobertura de nuestra responsabilidad, que en hacer las cosas bien, o en buscar la verdad última que subyace en nuestro trabajo.

De la naturaleza brota el terror de la muerte; de la gracia surge la audacia.” Es necesaria una gran libertad, que quizá solo pueda nacer de una experiencia cotidiana de la gratuidad y el perdón, para romper la implacable lógica perversa de la cultura del disclaimer. Qué estéril y qué triste sería atesorar, al final de una carrera profesional, un expediente inmaculado, irreprochable, prístino, reflejo de un paso por la vida tan correcto como carente del más mínimo interés.

 

Luis Ruíz del Árbol es autor del libro «Lo que todavía vive«


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