Lo que Marx no sabía

Cultura · Giorgio Vittadini
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11 mayo 2018
Últimamente se multiplican los diagnósticos sobre el cuerpo enfermo del sistema capitalista. Hay quien considera que el incremento de los nuevos ricos (récord en 2017 según el informe Oxfam) es un bien que recaerá en el resto de la población. Pero también hay quien señala la otra cara de la moneda: no solo crece el número de ricos, también el de pobres, y con perspectivas cada vez más inciertas. El capitalismo financiero, que pone en el centro de la organización social el dinero en vez del trabajo, ofrece muchos ejemplos y realmente nadie puede imaginar a qué futuro nos llevará.

Últimamente se multiplican los diagnósticos sobre el cuerpo enfermo del sistema capitalista. Hay quien considera que el incremento de los nuevos ricos (récord en 2017 según el informe Oxfam) es un bien que recaerá en el resto de la población. Pero también hay quien señala la otra cara de la moneda: no solo crece el número de ricos, también el de pobres, y con perspectivas cada vez más inciertas. El capitalismo financiero, que pone en el centro de la organización social el dinero en vez del trabajo, ofrece muchos ejemplos y realmente nadie puede imaginar a qué futuro nos llevará.

Un ingeniero americano contaba a un amigo que en su empresa, muy bien organizada, los robots son los que realizan tareas como elegir, transportar o empaquetar los productos. En teoría, podrían usar robots también para otras labores, pero de momento no era conveniente. ¿Por qué? La recogida del cartón, por ejemplo, explicaba el ingeniero, se la encargaban a los guatemaltecos porque era más barato. No es casual. La financiarización, que comporta rendimientos superiores a los que garantiza la economía real, sumada a la ventaja que supone vivir en áreas urbanas respecto a centros pequeños, está llamada a agudizar la desigualdad entre personas. Los datos sobre el empobrecimiento no dejan lugar a dudas y recuerdan a la situación de la primera industrialización a principios del XIX, con la misma alarma entre los pobres más pobres.

Karl Marx, que nació hace exactamente doscientos años, el 11 de mayo de 1818, tuvo en aquella época el mérito de dedicar su reflexión al tema de la injusticia que se genera con la explotación de los trabajadores. El esquema de la lucha de clases terminó generando una violencia y una opresión aún peor, pero al menos intentó poner en discusión una idea de desarrollo basada en el papel estructural de los explotados. ¿Existe un camino alternativo al esquema marxiano que no sea un simple y distraído encogimiento de hombros? En la misma época en que vivió Marx, nació otro movimiento, el de muchos cristianos que se pusieron al lado de los últimos de los últimos. Entre ellos muchos santos sociales, como don Bosco, Calasancio, Cottolengo. Y un sacerdote francés, desconocido para la mayoría, el padre Stefano Pernet, que dedicó su vida a ayudar a los desheredados de las periferias urbanas en las primeras ciudades industrializadas.

En ambientes hostiles a la Iglesia, Pernet fundó la congregación de las Hermanitas de la Asunción, mujeres jóvenes que acudían a las casas de gente que necesitaba cuidados y desempeñaban tareas sencillas, como cocinar, limpiar, dar la medicación… Sin recibir nada a cambio, a menudo en silencio y sin tener en mente forma alguna de proselitismo. A diferencia de gran parte de la Iglesia de entonces, Pernet no se opuso de forma ideológicamente hostil al mundo nuevo, como dijo a las monjas de la congregación a los pocos días de llegar a Nueva York. “En esta potencia del trabajo hay algo bueno. Nosotros debemos imitarlo, pero dando al buen uso del tiempo un objetivo distinto del ganar dinero. Nuestro objetivo es ganar el corazón de Nuestro Señor y el Paraíso. Podéis estar seguras de que nuestra ganancia es mucho más alta que la de los neoyorquinos. En este país hay energía, vida, grandes esperanzas”.

De modo que Pernet y las hermanas de su congregación entran en ese mundo poniendo de manifiesto, en esa condición de vida tan distinta, que la necesidad más radical de una persona es una relación en la que sea sostenida y amada. Él podía entenderlo porque su gran fe y su gran sensibilidad nacían de una vocación sufrida, pues en su juventud salió hasta dos veces de un camino religioso que ya parecía estar trazado. La plenitud que consigue comunicar a los demás es fruto de una maduración real, llena de dudas y de contrastes. Si no hubiera tomado en serio sus dudas, sus fatigas, sus preguntas, no habría podido estar tan cerca de los demás.

“El rico especula con el pobre, el poderoso abusa del débil y lo hace esclavo. Todo se derrumba en la sociedad, porque en el mundo nos volvemos ciegos y pérfidos. ¿Cómo reparar tantos desastres y remediar tantos males?”. La respuesta de Pernet y sus hermanas es una sola: su presencia y servicio al lado de los pobres. Él y sus hermanas se hacían cercanos a los demás en sus exigencias cotidianas.

Nada de discursos, sino un “estar”, alegre y lleno de humanidad. Un libro cuenta cómo un chaval, en un momento de furor antirreligioso que invadió París, llegó a decir en medio de una acalorada discusión: “Jesuitas, dominicos, ursulinas, curas y monjas… por mí pueden irse a freír espárragos, puedes decir de ellos lo que quieras. Pero de las Hermanitas ni se te ocurra pronunciar una mala palabra. Ellas son nuestra salvación. No predican, actúan. Llevan la alegría a las familias. ¡Pero tú no puedes entenderlo! Como todos los burgueses masones que quieren arreglar el país… en nuestro lugar. Estas mujeres son una luz en medio de este estercolero”. “¡Hay que ver cómo te pones! Ni que hubiera hablado mal de tu madre”. “¡Cállate! Una de ellas lo ha sido para mí”.

Presencias que dejan huella en el tiempo, empezando por el testimonio del papa Bergoglio, que narra en el prólogo de dicho libro: “Tenía menos de un día de vida cuando una joven novicia de las Hermanitas de la Asunción, Antonia, vino a nuestra casa, en el barrio de las Flores de Buenos Aires, y me tomó en sus brazos. Tengo muchos recuerdos ligados a estas religiosas que como ángeles silenciosos entran en las casas de quien tiene necesidad, trabajan pacientemente, cuidan, ayudan y luego silenciosamente vuelven al convento”.

Este ejemplo de humanidad y fe señala cuál debe ser la prioridad y la urgencia al entrar en relación con la gente. A otros también les puede tocar hacer la propuesta de un capitalismo diferente del actual.

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