Las fronteras no se tocan

Mundo · Ricardo Benjumea
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9 abril 2014
Europa se construyó para poner fin de una vez por todas a las disputas de fronteras, ha recordado Javier Solana. Cambiar fronteras significa guerra, muerte, destrucción…, pero la actual generación de europeos parece haber perdido la memoria.

«El significado profundo de la palabra “frontera” es aterrador, porque es un lugar donde las personas mueren continuamente», decía hace unos días la Premio Nobel de Literatura Herta Müller en la inauguración del Festival Internacional de las Letras de Bilbao. Recordando su país natal, Rumanía, Müller evocaba las fronteras rumanas de la época comunista como «una franja de muerte, donde te mataban a tiros o eras despedazado por los perros».

En el mundo de hoy, “muerte” sigue siendo la palabra asociada a las fronteras de Corea del Norte o Gaza. O a las vallas que “protegen” la prosperidad de Estados Unidos-Canadá.

En Europa, la palabra frontera despierta verdaderas esquizofrenias. Se ha dicho que, cuanto más avanza el proceso interno de disolución de fronteras, más impenetrables se vuelven las fronteras exteriores de la Unión. Ésta es la experiencia diaria de quien puede viajar libre y cómodamente por el continente, mientras miles de jóvenes de África y Oriente Próximo se juegan la vida tratando de llegar a Europa. No obstante, habría que plantearse si ese miedo al exterior no está reflejando más bien las inconsistencias del proyecto europeo.

Europa –la vieja Europa occidental ampliada hacia el sur y el este– se comporta, en cierto modo, como si hubiera llegado a su particular fin de la historia, a lo más parecido a un paraíso de democracia y bienestar material sobre la tierra al alcance del genio humano. Ni siquiera la última crisis económica parece haber despertado a los europeos de esta especie de letargo suicida, que se traduce en un dejarse poco a poco morir, mientras disfrutan de la abundancia.

Sólo que esa abundancia ha dejado de estar garantizada. Uno de los grandes retos culturales para esta generación de europeos será asumir de forma constructiva en sus propias vidas personales –no simplemente a nivel teórico– el fin del mito del progreso, esa ilusión de que tenemos el futuro resuelto y avanzamos inexorablemente a cotas cada vez mayores de bienestar y libertad.

Y entretanto, ha irrumpido en escena otro factor con un tremendo potencial desestabilizador: las fronteras vuelven a ser cuestionadas. El desmantelamiento de las aduanas, el libre movimiento de mercancías, la integración económica, la cooperación entre las naciones…, todo eso es posible sólo si las fronteras no se tocan.

Preguntado recientemente acerca de la posibilidad de la secesión de Cataluña, Javier Solana, antiguo jefe de la diplomacia europea, respondía que la UE se creó «estrictamente para que eso no ocurra». Por eso, «en las instituciones y países europeos se ve con recelo todo lo que sean cambios de fronteras». En la historia de Europa, alteración de fronteras equivale a guerra, recordaba el veterano político.

La UE bien puede entenderse, de hecho, como el último intento de zanjar la cuestión fronteriza en Europa. Se lo propuso en 1815 el Congreso de Viena, y las fronteras trazadas entonces duraron hasta que los movimientos revolucionarios y nacionalistas hicieron saltar el modelo por los aires. El desmembramiento de los Imperios Otomano y Austrohúngaro y la I Guerra Mundial provocaron traumáticas alteraciones territoriales, con la pérdida de millones de vidas humanas. Tras el nuevo cataclismo de la II Guerra Mundial y la expansión soviética, la lista de agravios y reclamaciones territoriales era enorme, pero se llegó al consenso de la inviolabilidad de las fronteras (cuestión aparte son los 94 corrimientos de fronteras dentro de la URSS), salvo acuerdo pacífico. En 1975, el Acta Final de Helsinki, de la CSCE (después, OSCE), consagró el reconocimiento del status quo fronterizo.

Sin ese principio, tras la caída del Muro, las consecuencias del nuevo reordenamiento de fronteras en el este de Europa hubieran sido a buen seguro aún mucho más dramáticas de lo que ya fueron. De ahí el inmenso error en que incurrió Occidente en Kosovo. A ese error –que provocó la voladura o al menos la relativización de un principio fundamental para la estabilidad europea– puede aferrarse ahora Rusia para justificar su nueva política expansionista, que de seguir adelante amenaza con provocar gravísimas consecuencias en cadena.

La lista de conflictos potenciales en el territorio del antiguo Pacto de Varsovia y el sudeste europeo es apabullante, y a diferencia de lo que sucedía hace 25 años –o con el conflicto en la extinta Yugoslavia–, la UE se ve ahora directamente concernida. La situación en que pueda quedar finalmente Moldavia, las reclamaciones húngaras o los temores en los países bálticos al intervencionismo de Moscú afectan de lleno a la paz en todo el continente.

Putin, se ha dicho, devuelve a Europa al viejo orden del siglo XIX y a las disputas territoriales entre Estados. A su modo, empujan en esa misma dirección nacionalismos localistas como el catalán, el escocés, el flamenco o el padano. Pero también son una amenaza en el mismo sentido los populismos nacionalistas, como el que representan el Frente Nacional francés o el Partido de la Independencia británico. Lo que está amenazado es la actual coexistencia pacífica entre los Estados europeos, estrechamente integrados en la UE, junto con el convencimiento de que los pueblos, naciones y Estados de Europa tenemos mucho que ganar colaborando juntos, y todo que perder en un enfrentamiento fraticida.

Este 2014 será un año clave, con unas elecciones al Parlamento Europeo en las que se prevé un fuerte ascenso de los partidos nacionalistas, más el referéndum escocés de septiembre y la amenaza de rebelión de los nacionalistas catalanes. Y por si Europa no tuviera suficientes problemas en su propia casa, el nuevo imperialismo ruso resucita los peores fantasmas en la Europa central y del este.

Ninguno de esos problemas, vistos aisladamente, parece excesivamente preocupante. Rusia es un país en decadencia –pero un país siempre importante, y al que, en todo caso, debe encontrársele por fin una fórmula de encaje en Europa–, el Frente Nacional y compañía resultan –en la práctica– nefastos gestores y los nuevos regionalismos a veces provocan más risa y lástima que otra cosa.

Lo dramático es que Europa no tenga hoy un proyecto que oponer con determinación frente a esos y otros retos. Ni un proyecto, ni la memoria de por qué se puso en marcha el proceso de integración europeo. Si la tuviera, ningún europeo necesitaría hoy que le explicaran el principio tan simple y elemental de que las fronteras no se tocan.

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