La verdadera crisis empieza ahora

Mundo · Gianluigi Da Rold
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5 diciembre 2016
“Mi experiencia de gobierno acaba aquí”, dijo Matteo Renzi, con dificultades para ocultar su conmoción por el resultado del referéndum constitucional del domingo. Termina su gobierno y empieza el gran baile final de la crisis italiana. Para comprender la realidad siempre hay que recordar la lección de la historia, que no avanza a saltos. Quien no respeta los tiempos de la historia, al final termina siendo inevitablemente arrasado.

“Mi experiencia de gobierno acaba aquí”, dijo Matteo Renzi, con dificultades para ocultar su conmoción por el resultado del referéndum constitucional del domingo. Termina su gobierno y empieza el gran baile final de la crisis italiana. Para comprender la realidad siempre hay que recordar la lección de la historia, que no avanza a saltos. Quien no respeta los tiempos de la historia, al final termina siendo inevitablemente arrasado.

El premier habló al país en un clima de dramática decepción por la derrota. El resultado es despiadado. El “revoltijo”, como lo llamaba Renzi, no solo ha ganado sino que literalmente ha barrido. Tras toneladas de arrogancia y superficial seguridad, lo mínimo que se podía hacer era admitir públicamente que había sido derrotado por un misil de cabeza múltiple. El “no” a la reforma constitucional se impone exactamente por un 59,5% frente al 40,5% del “sí”, propuesto hace un año como la panacea, una suerte de remedio universal contra todos los males de los italianos. Además, esta vez los italianos no se han quedado en casa, no han desertado de las urnas, y han superado los porcentajes de participación en las europeas, acercándose a los datos del año 2013. Ha ido a votar el 68%, una afluencia muy alta teniendo en cuenta los tiempos en los que estamos y delante de un referéndum que parecía un crucigrama para-jurídico.

Bien mirado, es como si los italianos hubieran ido a votar no tanto para defender que la Constitución es intocable sino para rechazar una línea política fracasada. Han ido a votar para denunciar el profundo malestar social que sienten por las cifras del PIB, el desempleo, el crecimiento, las exportaciones, la deuda… Probablemente sea un error entender que contra el “sí” ha ganado un movimiento político opuesto, un proyecto alternativo al gobierno apoyado en el centro-izquierda y en socios incómodos, o un movimiento que ha querido defender la Constitución a toda costa. Si nos fijamos en la afluencia de voto y en el reparto del “no” por el territorio nacional, da la sensación de que se muestra rechazo a toda una clase dirigente que no ha sido capaz de elaborar una línea política.

Los que hoy recogen las protestas de los italianos tienen que cambiar en primer lugar y radicalmente la política económica y social, pues de otro modo la protesta y la contestación de la llamada “nueva clase política” seguirán tal cual. Tal vez el presidente del Consejo y sus ministros todavía no han comprendido que la política económica que han hecho después de casi diez años de crisis económica no ha servido para resolver nada. Igual que el brexit y la elección de Donald Trump, la gran mayoría de los analistas, la inteligencia mediática y económica se esfuerza en buscar explicaciones, pero en este caso hay algo más. Si con el brexit y con Trump estábamos en el “filo de la navaja”, aquí la brecha entre el sí y el no es mucho más clara, impresionante y despiadada.

Enumerar ahora todas las derrotas de esta campaña referendaria es una empresa improbable que llevaría varias páginas. Entre las agencias de rating y los bancos de inversión que no dan una en el ámbito de las previsiones políticas (aunque eso también es una antigua costumbre) y la famosa tropa de agoreros de la austeridad (a excepción de Mario Monti, por razones que no están muy claras), todos han contribuido en esta clamorosa derrota: Schäuble, el croupier luxemburgués Juncker, Obama y todos los líderes de las finanzas creativas, con los periódicos y televisiones poniéndoles los focos. Sin olvidar la aportación determinante de la “reformadora” Elsa Fornero, la guinda del pastel del sí.

Decía al principio de este artículo que este resultado abre el “gran baile final” de la crisis italiana. La noche electoral italiana nos ha dejado a todos un poco sorprendidos y ahora las televisiones y los debates se dedican a proyectar los futuros escenarios de la crisis, pero la mayoría de los tertulianos parecen vivir aún en alguna luna de Júpiter, bastante lejos de nuestro planeta azul.

Los que han ganado este referéndum son los italianos agotados, cansados, pero también maduros. Es inevitable que, en un contexto internacional y sobre todo europeo de este tipo, con un país que no será capaz en los próximos meses de relanzar las inversiones públicas ni adoptar medidas de urgencia, que lleva años programando privatizaciones, desde los gurús de los años 90 (Amato, Ciampi, Prodi, Draghi), con problemas de credibilidad en sus bancos, que están a punto de estallar, se corre el riesgo de entrar en la segunda fase de la farsa de esta crisis que empezó en 1992. Es decir, la crisis final.

En cualquier caso, el alcance de la crisis italiana, después de tantos años, está precisamente en las despiadadas cifras de este referéndum: el 60% dice no. Probablemente, los italianos ya sepan que tendrán que afrontar el diletantismo de los de Grillo, la locura de la Liga, la perenne inconsistencia berlusconiana. Atención a los derrapes sociales, hace falta más que la facilonería de los principiantes y la superpotencia de quien conquista a cualquiera con el populismo. Empieza un momento realmente delicado.

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