Entrevista a Diego S. Garrocho

La tradición es una fuente de sentido

Entrevistas · Juan Carlos Hernández
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14 marzo 2024
Conversamos con el jefe de opinión del ABC sobre su último libro “El último Verano” (DEBATE). Diego S. Garrocho habla sobre el valor de la tradición, los populismos, el amor, la crisis económica… porque como escribe el autor las humanidades son el territorio donde se liga una conversación infinita con quienes nos precedieron.

Hay una preocupación latente en todo el libro por las humanidades. En un contexto marcado por la era digital donde todo va tan rápido. ¿Qué nos pueden aportar hoy en día?

Hay una fuerte presencia de las humanidades en mi libro que responde a una deformación profesional biográfica en mi caso. Yo me dedico a la filosofía, soy profesor de Ética y Filosofía Política en la Universidad Autónoma y eso hace que forzosamente mi trabajo diario esté íntimamente vinculado con la labor humanística.

¿Qué pueden aportar las humanidades? En ese sentido seré muy poco original y me referiré a la propia advertencia de Cicerón, que entiende que su misión tiene que ver con el cultivo espiritual, con el cultivo de aquello que somos más allá de nuestra estricta inmanencia material. Yo creo que el ser humano es un animal inacabado, es un animal que puede convertirse en cualquier cosa. Y lo que determina en qué nos vamos a convertir es el cultivo de esa propia humanidad inacabada. Y creo que las humanidades son el instrumento a través del cual podemos ir cincelando en una buena o en una mala dirección esa naturaleza inconcreta de los seres humanos.

La gran tradición o la historia de las disciplinas humanísticas es sobre todo una fuente de sentido. Hay dos maneras posibles de afrontar el presente.

Una es confiar mucho en las fuerzas propias y pensar que podemos solucionar con el conocimiento que tenemos en acto presente, los desafíos y los problemas de la sociedad contemporánea.

Y otra es ser un poquito más humildes y pensar que debemos establecer un diálogo con quienes nos precedieron. Yo en ese sentido sí he encontrado siempre refugio en la tradición, y para mí la tradición es sobre todo una fuente de sentido. Y en su pluralidad además me permite acceder o nos permite acceder a una colección de ideas que son muy diversas.

Hablas de la búsqueda del bien, la belleza, la verdad. Pero las cosas más interesantes de la vida se encuentran más que se piensan. Poniendo un ejemplo, quizá banal, la mujer a la que amas no es una cosa que uno imagine en la cabeza, sino que te la encuentras. Son encuentros imprevistos.

Sobre los dones que uno se encuentra en la vida, el azar o la providencia, según uno quiera relacionarse con el azar, lo llevará a un lado o a otro, pero también uno tiene que estar preparado para saber reconocerlo. Es decir, no todos son acontecimientos fortuitos, sino que uno parte de una construcción de sí mismo que le permite ser sensible a determinados rasgos.

Y mi insistencia a la búsqueda del bien, la verdad y la belleza, de nuevo, en el fondo es un patrimonio muy poco propio, porque lo que estoy haciendo es copiar a los clásicos y en este sentido, concretamente a Platón.

“Todos hemos visto alguna vez el rostro de la belleza”

Y creo que el bien, la verdad y la belleza es una manera de resumir algunos de los trazos de trascendencia que somos capaces de reconocer en la vida ordinaria. Y sí creo que son pistas útiles. Y concretamente yo siempre insisto en la belleza, porque la pregunta por el bien que nos puede llevar a disensos saludables en términos políticos, la verdad puede discutirse muchísimo, también la belleza, pero la belleza es un lugar que genera determinados no diré consensos, pero sí juicios compartidos donde muchos sabemos ponernos de acuerdo acerca de qué es lo bello.

La belleza, a veces, se impone con una rotundidad y con una vehemencia que no da pie a la discusión o a la duda. Todos hemos visto alguna vez el rostro de la belleza. Lo hemos visto en una belleza humana, lo hemos podido ver en una belleza natural, pero también desde luego en la belleza artística o en la belleza biográfica. Es decir, hay biografías que son bellas, hay acciones que son bellas.

Por eso yo sólo trato de trasladar estas ideas que son muy clásicas pero que se compadecen con las pocas verdades que yo he podido ver en mi vida.

Describes una época actual marcada por el narcisismo. Un amigo me dice que lo más contracultural hoy en día es hablar bien del momento presente.

Sí, el pesimismo siempre tiene un prestigio intelectual que a mi juicio tiene que ser discutido.

Si tuviéramos que hacer este ejercicio de pararnos a mirar el presente y valorar algún aspecto positivo. ¿Qué destacarías?

Lo primero que tendríamos que circunscribirlo a un contexto geográfico concreto. No es lo mismo el año 2024 para la India que para España, que para cualquier otro contexto.

“Las democracias liberales de Occidente son el mejor invento que ha construido el ser humano en términos políticos”

Situándonos en España y Occidente.

Si nos centramos en Occidente yo no creo que haya ninguna circunstancia, a lo largo de la historia, donde sea mejor nacer. Creo que vivimos en una sociedad que cada vez es más igualitaria, donde determinadas garantías democráticas están consolidadas y donde el acceso a bienes de primera necesidad, que sí están, digamos, garantizados y que en otros contextos no lo estaban. Las democracias liberales de Occidente son el mejor invento que ha construido el ser humano en términos políticos.

Mi única duda es si ahora ya nos encontramos en una circunstancia donde comienzan a periclitar. Es decir, no sé si ahora mismo estamos en un momento donde el trasatlántico de la historia está virando en una dirección un poco más inquietante.

La crisis que hemos sufrido en los últimos años. ¿Es sólo una cuestión económica o hay algo más de fondo? En un momento del libro describe que hay una precariedad material pero también una precariedad espiritual.

Con las crisis económicas nos hemos encontrado en escenarios que sí que han invertido el optimismo de las generaciones que vienen, y eso es innegable. Pero eso resume una primera dimensión material. Vivimos en una crisis, este también es un tópico muy habitual, pero en una crisis del cultivo del espíritu. Hoy no está demasiado claro que contemos con instrumentos suficientes o con alertas lo suficientemente lúcidas para advertirnos que no estamos optimizando nuestras condiciones de vida desde lo espiritual.

Y además lo espiritual lo expreso en términos muy genéricos, es decir, no responde simplemente a una cuestión religiosa, sino que por espíritu entiendo lo que los griegos denomina psique, es decir, todo aquello que no sea el cuerpo, todo aquello que nos hace efectivamente inmateriales de algún modo y que constituyen la vida íntima y la conciencia interna de los seres humanos, está atravesado por cuestiones que podemos resumir como espirituales.

“Hemos renunciado a construir visiones que pugnen y propongan unos ideales de vida frente a otros”

Y ahí sí creo que hay un descuido, es decir, no están claras quiénes son las jerarquías, no está claro quién hoy puede ser un preceptor de la buena vida, quién tiene la legitimidad para distinguir qué formas de vida son más loables o cuáles pueden conducirnos a experiencias más pobres. Yo confesándome una persona liberal, es decir, creo que ese marco liberal debe poder prosperar cualquier ideal de vida o cualquier forma de vida que no dañe a un tercero, creo que no debemos renunciar a la pregunta de por la mejor vida posible. Es decir, que puedan existir muchas vidas y que cada persona tenga derecho a buscar su vida y a construir su biografía, no debe impedirnos el que nos interroguemos acerca de qué formas biográficas son más compatibles con la felicidad, por ejemplo, de los seres humanos. De ahí sí creo que nos hemos comenzado a agotar, es decir, una vez que nos hemos permitido que cada uno busque su ideal de vida, hemos renunciado, cuando debería ser todo lo contrario, a construir, digamos, visiones que efectivamente pugnen y propongan unos ideales de vida frente a otros.

Casi todo lo que importa es invisible dices en el libro.

Esta es una conciencia que, según pasan los años, cada vez lo tengo más claro. Las cosas relevantes, no sólo las buenas, porque sería muy cursi decir que el amor es invisible, pero también las cosas que más nos determinan muchas veces no son visibles, como el miedo o el odio. Es decir, el mundo visible está atravesado por fuerzas invisibles y no hace falta ser demasiado platónico para confiar en eso.

¿Y el miedo marca hoy la política actual?

El miedo ha marcado siempre la política, es la pasión fundamental.

¿Pero crees que ahora el miedo está más exacerbado o siempre ha sido así?

Yo creo que el miedo puede fluctuar, pero que desde luego no estamos en una sociedad especialmente temerosa, ni donde el miedo opere de una manera más determinante que en otros contextos. Es verdad que se ha podido sofisticar, es decir, que ahora hay temores inducidos que no son tan inmediatamente visibles como cuando te persigue un tirano. Lo bueno de las tiranías, digamos, es que su violencia y su terror son visibles. Está clara y podemos buscar a un culpable y es unidireccional. Yo creo que ahora se ha capilarizado mucho más ese miedo y se ha interiorizado y nos hemos convertido en vigilantes de nosotros mismos. Se ha hecho más sofisticado. Pero siempre tiendo a pensar que las cosas acaban por parecerse demasiado a lo largo de la historia. Y frente a esa idea narcisista que nos sitúa en un momento de excepción, creo que también el cultivo de las humanidades, por ejemplo, es una cura de humildad que demuestra las semejanzas que existen entre nuestro contexto y cualquier otro contexto humano.

Hay una crisis de la democracia liberal. En un momento reciente de nuestra historia nos dimos una transición, superamos una guerra civil y una dictadura y ahora quizás a los jóvenes les puede resultar lejano. Y tienen que volver a descubrirlo.

Ahí los educadores tenemos una responsabilidad de conectar a los estudiantes con la tradición. En el fondo ese conocimiento de la tradición, puede ser el atajo más sincero para poder capitalizar un cierto patrimonio que se va acumulando. Aunque se acumula, efectivamente, de una manera no lineal. Porque la historia de la filosofía moral no es un progreso necesariamente hacia mejor.

¿Cómo hacerles atractivo la democracia liberal?

Lo primero que tenemos que hacer es perfeccionarla. Es decir, el no conformarnos con la tradición. El no conformarnos con un régimen que fue y que mejoró circunstancias pasadas, pero que empieza a dar ciertos síntomas de agotamiento, también por culpa y por responsabilidad de quienes lo defendemos. Y en esto, lo primero que tenemos que hacer es una autocrítica. A mí me da mucha pereza quienes se concentran sólo en el análisis de los populismos que amenazan a la democracia liberal. Yo creo que lo relevante es que podamos detectar qué promesas no ha cumplido el régimen democrático liberal, en qué sentido hemos fallado, cómo se pueden actualizar las instituciones, en qué sentido, incluso, deberíamos renovar el lenguaje que hizo posible el ascenso de las democracias liberales, si quieres, en el siglo XIX y en el siglo XX, pero que necesitan, digamos, una actualización.

Y ahí sí que noto algo sobre lo que además escribiré pronto que es la pereza liberal. Es decir, la incapacidad, digamos, de alumbrar nuevos instrumentos conceptuales. El propio Tocqueville comienza la democracia en América señalando eso. Un mundo nuevo necesita una ciencia política nueva. Hoy vivimos en un mundo, efectivamente, que es novedoso. Pero, a veces, somos perezosos a la hora de actualizar ese proyecto.

“El problema de los populismos no es en lo que mienten, sino en lo que aciertan”

O sea, que los populismos son expresión de problemas que no se han resuelto correctamente.

Sin duda. Yo lo creo así. Y, además, en eso siempre he sido muy rotundo. El problema de los populismos no es en lo que mienten sino en lo que aciertan. Normalmente, los populismos suelen hacer diagnósticos que son bastante certeros. Y ese, digamos, es el punto, la apoyatura de realidad sobre la que luego traccionan. Y levantan sus mentiras. Y levantan la legitimación de su destrucción del régimen liberal. Pero creo que esa autocrítica es buena.

Una manera de apreciar y amar a las democracias liberales se ve constatando cuáles son otras formas de gobierno. Viajar es importante. Que los jóvenes vean que derechos que están garantizados en nuestro contexto pueden, efectivamente, revocarse. Que crezca la exigencia con nuestra clase política. Que poco a poco y de manera muy silente comienza a degradar, digamos, la institucionalidad. Porque todos sabríamos, yo creo que hoy hay un aprecio suficiente a la democracia como para que si te ofrecieran dinamitarla de golpe todo el mundo se escandalizaría.

Pero bueno, las garantías democráticas lo que se van siempre es flexibilizando, retirando poco a poco, erosionándose. Y yo creo que ahí lo que hay que hacer es una experiencia, me atrevería a decir, de activismo democrático. Que no es un activismo de partido, no es un activismo ideológico, sino un activismo que lo que defiende son las reglas del juego. Incluso las reglas del disenso.

¿Crees que hoy en día hay una tentación hacia un líder fuerte que solucione todos los problemas?

Siempre y además es que esa es una tentación, de nuevo, que es esencialmente humana.

Somos animales gregarios y tendemos a confiar en los liderazgos fuertes. De hecho, hay un paso y esa es la transición más dolorosa, que es muy obvia y es muy rápida, y es pasar de la legitimación de un liderazgo fuerte a legitimar el liderazgo de la fuerza. Y no es lo mismo, pero están íntimamente próximos. Y lo que estamos viendo en el contexto internacional es que volvemos a un orden mundial basado en la fuerza. Los más cursis diríamos que es preocupante, los que se autoconfiesan realistas dirán que nunca fue de otra manera.

Sobre la soledad es muy bonito cuando dices “no me siento solo cuando hay otro como que me comprende y entiende lo que estoy diciendo” La soledad ¿puede tener que ver con esa tendencia a buscar un líder fuerte? Una de las consecuencias de vivir en soledad es la falta de construir juntos.

La soledad no deseada o la soledad dolorosa, yo creo que es una de las experiencias más terribles que puede vivir, vuelvo a la condición gregaria, del ser humano. Y un ser humano desesperado es muy probable que busque soluciones desesperadas. Y efectivamente esos liderazgos tan fuertes o esos riesgos, antes decíamos, antidemocráticos, puede tener que ver con una circunstancia desesperada.

Por eso es tan importante que se constituyan, es decir, el pulso mínimo conservador que requiere la política serena, que es el que cada persona tenga algo que conservar, es importante. Porque cuando los seres humanos ya no tienen nada que perder, como decía Marx, cuando lo único que tienes que perder son tus cadenas pues estás dispuesto a hacer apuestas arriesgadísimas. Mientras que si efectivamente construyéramos un mundo donde cada individuo tuviera un patrimonio afectivo, un patrimonio material, laboral, una vida, digamos, razonable que proteger, creo que las soluciones arriesgadas serían mucho menos populares.

Hablando de los pobres, dices que la izquierda no representa sus intereses y que la derecha se equivoca cuando piensa que aislándose puede guardar sus privilegios.

De los pobres no se habla y además es muy curioso cómo hemos buscado sinónimos elegantes para hablar de ellos. Entonces yo creo que la recuperación de determinadas categorías que son enormemente simples pero visibles nos ayudan a pensar. Todo el mundo sabe lo que es un pobre, mientras que otros subterfugios conceptuales los hacen mucho más invisibles. Y ahí sí creo que ha habido un abandono transversal, es decir, yo creo que la izquierda y el compromiso con un reparto razonable de la riqueza por parte de ella ha sido abandonado.

Y en el caso de la derecha además desconozco por qué en España no ha habido de manera explícita una apuesta por que exista algo parecido a una democracia cristiana. Donde claramente la Doctrina Social de la Iglesia pueda vehicularse, ejercerse, defenderse y promocionarse desde la política. Lo que nos hemos encontrado es una derecha normalmente poco atenta a esa realidad social. No digo que no existan excepciones, pero creo que volver a ejercer unas políticas verdaderamente comprometidas con la debilidad es importante y es urgente.

“Vivir para el otro, desde los otros y hacia los otros, procura vidas más felices”

Dices que las personas más felices que conoces no son personas que están preocupándose de sí mismas, sino más bien que se preocupan por los otros. Este juicio es revolucionario.

Bueno, es que creo que ese narcisismo del autocuidado es uno de los elementos esenciales del malestar contemporáneo. Yo a la gente de verdad que conozco que llevan vidas prósperas y felices no les he visto ocuparse de sí mismos demasiado. Lo que he visto es que una vida de entrega, una vida de virtud y una vida de generosidad acaba redundando en unas mejores condiciones para la existencia propia. Es decir, que vivir para el otro, desde los otros y hacia los otros, procura vidas más felices que todo lo contrario.

Y sin embargo lo que vivimos es una especie de delirio hedonista terapéutico donde lo importante es que tú estés bien. Creo que hay una dimensión cierta en la que uno se gana a sí mismo cuando se olvida de sí mismo.

Ese delirio hedonista ¿Puede tener que ver con la corrupción?

Sin duda. De hecho, cuando pensamos en corrupción y pensamos en corrupción económica, nos olvidamos que esa es sólo una de las maneras en las que se declina la corrupción. Y no probablemente sea la peor. La corrupción es algo que le pasa a los seres humanos y que le pasa a las frutas. Las frutas se corrompen. Es decir, la corrupción como metáfora, efectivamente, yo creo que hay que llevarla a un plano más general.

¿Qué pasa cuando un ser humano se malogra? Y se malogra, me atrevería a decir, en términos ontológicos. Es decir, cuando una persona es una persona dañada. Y una persona destruida, una persona que sencillamente no ha sido capaz de optimizar todos sus talentos, todas sus oportunidades, en el sentido más humano, no me refiero a laboral, sino, una ausencia de una autorrealización que no se ha dado. Eso, de alguna manera, entraña una pérdida y puede acabar entrañando una corrupción que luego efectivamente deriva o se concreta en gestos que nos hacen todavía más pequeños. Como esa mínima corrupción económica que es la expresión, si quieres, más banal. Que alguien coja un dinero que no es suyo. Esto forma parte de un cierto parvulario moral, pero que en el fondo también lo que está exhibiendo es la naturaleza falible del ser. O sea, miremos donde miremos, ha habido gente que se ha corrompido económicamente. Y no estamos exentos, claro.

¿Qué cosa te urge más comunicar a tus alumnos? Si tuvieses que decirle de este libro esto es lo que os quiero comunicar.

Bueno, yo les doy muy poco la chapa a mis alumnos con mis libros porque me daba mucha vergüenza cuando los profesores me recomendaban sus libros. Entonces, yo lo que espero no es que mis alumnos me lean a mí, sino que lean a gente que es muchísimo mejor que yo. Me conformaría con eso. Quiero decir que si alguien me lee por accidente, que eso sirva para leer a gente mucho más valiosa, a los clásicos del pensamiento. O sea, que fuera una invitación para leer a otros.


DIEGO S. GARROCHO

El último verano

Debate. 280 páginas. 18,90 €

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