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La tentación del anticomunismo

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20 julio 2014
Es una trampa. Y en las trampas conviene no caer porque se tarda mucho en salir de ellas y siempre acabas haciéndote daño. Desde las elecciones del pasado mes de mayo, España está conmocionada por el éxito de Podemos como Francia lo está por el ascenso del Frente Nacional.

Es una trampa. Y en las trampas conviene no caer porque se tarda mucho en salir de ellas y siempre acabas haciéndote daño. Desde las elecciones del pasado mes de mayo, España está conmocionada por el éxito de Podemos como Francia lo está por el ascenso del Frente Nacional.

Cada palabra que pronuncia Pablo Iglesias, el líder de la nueva formación española que ha conseguido 1.250.000 votantes, es estudiada con detenimiento y respondida con prontitud. Podemos es un partido comunista. Aunque no lo diga expresamente. Por eso reivindica el control de los medios de comunicación, la influencia de la revolución venezolana y la nacionalización de ciertos medios de producción. Sus votantes no son marxistas y menos aún estalinistas, son simplemente gente descontenta. Pero el comunismo ha vuelto a hacer lo que hizo Lenin cuando salió de Suiza en un tren sellado: aprovechar la insatisfacción.

El caso del Frente Nacional francés no está tan claro, al menos si seguimos el análisis de Finkielkraut (ABC 14-07-2014). “Personalmente –aseguraba hace unos días–, jamás hubiera votado a un partido que se presenta como anticorrupción y antisistema y que erige en modelo político a un autócrata como Vladimir Putin. No me gusta el Frente Nacional, pero no creo que sea un partido fascista. Deploro su éxito, pero me abstengo de insultar a sus electores”.

La tentación no es solo insultar a los electores del Frente Nacional o de Podemos sino volver a caer en la polarización antifascista o anticomunista. Algunos ya dedican muchas energías a señalar las pulsiones totalitarias del partido de Pablo Iglesias. La vieja izquierda socialdemócrata se siente atraída por el que cree aire fresco del nuevo comunismo y el centro-derecha, huérfano de ideas, teje con la crítica a los recién llegados un mensaje que parece solido.

Entretanto, la gente, que aspira a un cambio real, vuelve a ser olvidada. Finkielkraut lo decía también con rotundidad: “Me gustaría que las preguntas ¿quiénes somos? y ¿quiénes queremos ser o seguir siendo? sean planteadas por todos. El tiempo de las acusaciones, de las denuncias, el tiempo del antifascismo ha quedado atrás”.

El pensador francés se expresaba hace unos días en los mismos términos en los que lo hacía Del Noce en 1945: “el postfacismo no debe ser un fascismo en sentido contrario (antifascismo) sino lo contrario del fascismo”. Donde se lee antisfascismo, fascismo y postfacismo se puede leer anticomunismo, comunismo y postcomunismo.

La polarización entre el antifascismo y anticomunismo ha sido especialmente dañina en la reciente historia española. Franco instrumentalizó el anticomunismo para prolongar y justificar durante décadas una dictadura levantada sobre la represión. Zapatero se inventó de la nada un antifascismo que usaba sin pudor a los muertos de la Guerra Civil. El anterior presidente del Gobierno necesitaba de ese antifascismo y del anticlericalismo para justificar su proyecto. Por eso era torpe responderle con un clericalismo que no buscara la transversalidad. La mejor respuesta a Zapatero fue la memoria de que España supo hacer una transición a la democracia que superó la polarización.

Pero vayamos, aunque sea solo un momento, a lo que hay detrás de las palabras. ¿Cuál es la trampa del anticomunismo? El comunismo es probablemente la penúltima expresión del pensamiento maniqueo. Y por eso entiende que en el mundo el bien y el mal están al mismo nivel, la dialéctica entre uno y otro es positiva. De hecho, a la violencia le asigna un papel histórico decisivo para alumbrar una nueva era. Dejarse llevar por este engaño es situarse en el polo que la dialéctica te asigna, asumiendo el papel de fuerza contraria (reaccionaria). El comunismo siempre necesitará de anticomunistas. A Podemos le conviene que haya “demócratas encendidos” que acepten su juego.

Vencer el maniqueísmo no es fácil. Las simplificaciones son más cómodas, aunque no suelen ser muy constructivas. La experiencia cristiana, que puede ayudar mucho en esta encrucijada, siempre ha sido clara: no hay nada que sea necesariamente malo. La razón, también la razón política, puede adentrarse en la complejidad. Para distinguir votantes de proyectos, el anhelo justo de un cambio de la utopía que se vuelve violenta, realismo de justificación mentirosa… la lista es larga.

No queremos frentes, queremos comprender cómo construir una vida común mejor. También Podemos puede ayudarnos a hacerlo si no caemos en su dialéctica. La pregunta planteada por Finkielkraut –¿quiénes somos?– es la decisiva.

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