Secretario de la Comisión Pontificia para América Latina

La revolución de la gracia

Cultura · Guzmán M. Carriquiry Lecour
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19 septiembre 2013
Cuando se escucha hablar de la experiencia del Padre Pepe en las “villas miseria”, que es la experiencia pastoral de la arquidiócesis de Buenos Aires en las “villas miseria”, dan ganas de exclamar: ¡es toda otra cosa que pauperismo ideológico, que populismo pauperista! Dicha experiencia nos ayuda a ver al obispo Jorge Mario Bergoglio mientras recorre las Villas Miseria, cerca de sus sacerdotes, entrando en las casas de los más pobres, compartiendo con ellos el pan y celebrando la Eucaristía.

Cuando se escucha hablar de la experiencia del Padre Pepe en las “villas miseria”, que es la experiencia pastoral de la arquidiócesis de Buenos Aires en las “villas miseria”, dan ganas de exclamar: ¡es toda otra cosa que pauperismo ideológico, que populismo pauperista! Dicha experiencia nos ayuda a ver al obispo Jorge Mario Bergoglio mientras recorre las Villas Miseria, cerca de sus sacerdotes, entrando en las casas de los más pobres, compartiendo con ellos el pan y celebrando la Eucaristía. Por otra parte, es la misma imagen del Papa Francisco que lava los pies de los presos en la cárcel de menores de Roma y que visita Lampedusa, la favela de Varginha o el hospital para tóxicodependientes en Río de Janeiro. Para hacer estas cosas no es necesaria una teología de la liberación. Basta el Evangelio vivido, el abrazo de la caridad, el don conmovido de sí mismo. Basta ser discípulo y dar testimonio de un Dios que siendo rico se hace pobre hasta lo inverosímil, “segunda eucaristía” en todos aquellos que siguen padeciendo en su propia carne lo que falta a la pasión de Cristo. Nos lo dijo el Señor: por lo que hayamos hecho, o no, por los pequeños y necesitados, seremos juzgados. Tal vez ésta ha sido y es la contribución más importante de la Iglesia latinoamericana a la catolicidad: volver al Evangelio y a la tradición católica por una “Iglesia pobre y para los pobres”.

Si bien las villas miseria han crecido mucho en las últimas décadas, ciertamente Buenos Aires  es mucho más que ellas. Es interpelada por ellas, pero es mucho más que ellas. La arquidiócesis que fue confiada al obispo Bergoglio era y es una enorme ciudad cosmopolita, donde existe todavía un fuerte sustrato católico popular, pero está marcada también por todas las realidades, estímulos y llagas de la cultura global. El “Norte” y el “Sur” del mundo plantean en Buenos Aires grandes retos a la pastoral: desde la idolatría del dinero y del poder hasta las villas miseria, desde la vitalidad de la religiosidad popular hasta la secularización extrema y el pulular de toda suerte de ideologías. El obispo Bergoglio no teorizaba nunca sobre la nueva evangelización; compartía el Evangelio en primera persona, en medio de su gente, con gran amor por la grey concreta que le había sido confiada, animando a sus sacerdotes a salir a las encrucijadas y periferias de la vida de la ciudad, con la grata y alegre convicción, –como dice ahora el Papa Francisco– “de que la verdad cristiana es atrayente y persuasiva porque responde a las necesidades profundas de la existencia humana”. En óptimas relaciones con los eparcas ortodoxos de la región, encontrándose una vez al mes con los pastores evangélicos para orar juntos, unido por profunda amistad con el rabino jefe de Buenos Aires, muy respetado por el imán de la ciudad, Bergoglio practicó en su diócesis el diálogo con todos, “sin negociar la pertenencia”. Políticos, sindicalistas, empresarios, periodistas y mucha gente común querían encontrarse con él personalmente porque era reconocido como la persona más creíble y confiable de Argentina, custodio de la libertas ecclesiae y del bien de su pueblo. Además, el Cardenal Bergoglio ha sido siempre no sólo argentino sino también de fuerte conciencia latinoamericana, protagonista de aquel evento de madurez de la Iglesia de América Latina que fue la Conferencia de Aparecida. Quien lea el “Documento de Aparecida” estará en mejores condiciones para conocer su determinación pastoral. Toda su intencionalidad y su contenido están centrados en la tríada “encuentro, discipulado y misión”. Si a su formación jesuítica y a su larga experiencia sacerdotal y pastoral se agrega su experiencia “romana” como miembro de varios dicasterios de la Santa Sede y su tarea como “relator” en la Asamblea del Sínodo mundial de los Obispos, donde se ocupó precisamente del tema de la figura del Obispo en el alba del nuevo milenio, podemos reconocer que la Providencia de Dios había preparado muy bien a Jorge Mario Bergoglio para el papado. Luego, la gracia que asiste al Sucesor de Pedro lo ha rejuvenecido, lo ha hecho más comunicativo y expresivo en sus afectos, más libre, alegre y determinado en el ministerio que le ha sido confiado, con una paz, una serenidad y un dispendio de energías que solamente puede provenir de la profundidad de su relación con Dios.

Me gusta recordar que fue en el vuelo entre San Pablo y Aparecida que el Santo Padre Benedicto XVI dijo: “Estoy convencido de que aquí se decide, al menos en parte –y en una parte fundamental– el futuro de la Iglesia Católica; para mí siempre ha sido evidente”. No debe haber escapado a la conciencia del papa Benedicto que estaba por encontrarse con ese más del 40% de católicos del mundo entero (¡que con los hispanos de los Estados Unidos se acerca a la mitad!) y en una América Latina que no es más una periferia atrasada, marginada o despreciada, sino una región emergente en el escenario internacional.

Con el Papa Francisco, América Latina da a la Iglesia universal lo mejor de sí misma; restituye al centro de la catolicidad el tesoro de la tradición católica profundamente enraizada en la historia y en la vida de sus pueblos, precioso patrimonio que le llegó hace cinco siglos por medio de la primera evangelización de los misioneros europeos, sobre todo españoles y portugueses. Si bien entre nuestra gente hay un sano orgullo por el primer Papa latinoamericano, las Iglesias de América Latina deben mostrarse ahora dignas de la singular colocación en la que las ha puesto la Providencia. Ellas deben asumir cada vez mayores exigencias y responsabilidades, las que, a mi modo de ver, se declinan en tres niveles: el primero es el de recapitular y asumir toda la tradición católica para cumplir un salto de calidad en la formación y en el crecimiento cristiano de los fieles y de los ministros. El segundo es dar renovado ímpetu a la “misión continental” como experiencia del compartir el Misterio presente, que conmueva la vida de nuestros pueblos y abra caminos a su desarrollo integral. El tercero se refiere a una creciente responsabilidad en la solicitud apostólica universal, en colaboración con el ministerio universal del Papa.

El imprevisto Bergoglio

La elección de Jorge Mario Bergoglio como Sucesor de Pedro ha sido, para casi todos en la Iglesia, un imprevisto. En efecto, no estaba considerado entre los grandes candidatos papables. Pero me refiero al “imprevisto” en su sentido más profundo, como “algo nuevo que entra en nuestra vida: no previsto, no definido antes”, que sucede de manera sorpresiva, que rompe nuestros esquemas personales, que nos sacude de las comodidades en las que siempre estamos tentados de refugiarnos, que pone delante de nosotros realidades que no habíamos tomado seriamente en consideración. Hoy Francisco, Sucesor de Pedro, es para nosotros este acontecimiento, la persona real, humanidad concreta y singular que hace presente y cercana la compañía de Cristo al hombre, que custodia y muestra el Misterio que salva.

Quiero, aquí y ahora, estar entre los pobres testigos de la alegría y de la gratitud, del seguimiento lleno de entusiasmo, de esa forma concreta de obediencia que evoca en nosotros el don de la Providencia de Dios con el Papa Francisco. Estoy –como confiesa también don Julián Carrón– “contento de poder aprender de él y de poder estar en compañía suya en el modo como nos propone la primacía del encuentro con Cristo que siempre nos sorprende”. Dejémonos sorprender por Dios, decía el Papa Francisco en Río de Janeiro. Dejémonos sorprender junto con las multitudes que le manifestaron una extraordinaria acogida, con un ánimo abierto, alegre, lleno de expectativas, también por aquellos que se habían alejado de la fe o de aquellos que pensaban haber cerrado definitivamente las cuentas con la Iglesia. ¿Qué es la misión sino una atracción, la atracción de una verdad, de una belleza, que despierta “corazones anestesiados”, que rompe la capa de la indiferencia, que pone en movimiento los deseos, que suscita un presentimiento curioso, una pregunta cargada de esperanzas? “La gente sencilla tiene siempre espacio para albergar el misterio (…). En la casa de los pobres, Dios siempre encuentra sitio”, afirmó el Papa Francisco en su extraordinario discurso programático al episcopado brasileño. Por ello se necesita una “una iglesia que da espacio al misterio de Dios; una iglesia que alberga en sí misma este misterio, de manera que pueda maravillar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer. El camino de Dios es el de la atracción. (…) Él despierta en el hombre el deseo de tenerlo en su propia vida, en su propio hogar, en el propio corazón. Él despierta en nosotros el deseo de llamar a los vecinos para dar a conocer su belleza. La misión nace precisamente de este hechizo divino, de este estupor del encuentro.”. Si se quiere atraer a la gente hacia Dios no se puede partir de los “no”, ni siquiera de aquellos “no” descontados en una Iglesia que sabe que no puede negociar nada de aquello que es sustancial en su doctrina.

Estamos llamados de manera especial en este asombroso primer semestre del año 2013 a percibir la sólida continuidad de la gran tradición católica, del patrimonio de fe que viene del testimonio apostólico, por medio de los Sucesores de Pedro y en particular de Benedicto XVI y de Francisco. Me refiero a aquella continuidad que se manifiesta en la obediencia incondicional asegurada por el Papa renunciante a aquel que sería su sucesor, la que se expresa también en el afecto entre Benedicto y Francisco, en las imágenes de los dos orando juntos, en la Encíclica “Lumen Fidei” escrita a cuatro manos, en las palabras de Francisco a los jóvenes, en Río de Janeiro, cuando recordaba a sus predecesores, Juan Pablo II y Benedicto XVI, y era acompañado de vigorosos aplausos.

Al mismo tiempo, ¡cómo no admirar el hecho de que se sucedan pontífices de tan diversas biografías, venidos de contextos culturales tan diversos, de temperamentos, formación, sensibilidad y estilos tan distintos, al punto que cada uno de ellos parece diseñado y definido como la persona adecuada para responder tempestivamente a las necesidades de la misión de la Iglesia en las diversas coyunturas históricas! Por ello es obra del demonio –príncipe de la mentira y la división– concentrarse obsesivamente en la confrontación entre el Obispo emérito de Roma y su sucesor, tanto para permanecer nostálgicamente aferrados al Papa precedente –y ésta se vuelve “nostalgia canalla” cuando degenera en juicios farisaicos sobre el Papa actual– como para exaltar al Papa actual hasta el punto de denigrar a los predecesores, considerando todas las novedades y reformas que lleva consigo como una ruptura revolucionaria con la tradición de la Iglesia, con esa historia ininterrumpida de amor que es ella misma.

Hoy tenemos un solo Papa, Francisco, protagonista de una Iglesia que, por gracia de Dios, se auto-reforma in capite et in membris. El pontificado de Benedicto XVI, que fue para aquel hombre santo, humilde y sabio una especie de via crucis, en medio a un clima tenso y dramático en la vida eclesial, deja paso a la inesperada pero deseada explosión de alegría y esperanza del pontificado de Francisco, sorpresa del Espíritu de Dios que sabe cuándo y cómo provocar un resurgimiento cristiano en las almas. La extraordinaria renuncia del Papa Benedicto “por el bien de la Iglesia” adquiere una nueva luz con el pontificado de Francisco. Cuando Benedicto llega a ser dramáticamente consciente, en su diálogo personal con Dios, de su falta de fuerzas para afrontar tareas y decisiones necesarias, su libertad y humildad –¡la conciencia de que es Dios, y no el Papa, quien conduce su Iglesia!– preparan el camino para que el timón de la barca de Pedro sea llevado por quien, por gracia de Dios, es capaz de hacerlo en mejores y sorprendentes condiciones. Después del santo magister, el santo pastor, padre cercano a su pueblo… La más grande teología ratzingeriana, que es una riqueza del magisterio para la Iglesia de hoy y de mañana, deja paso a la predicación vivida del Evangelio “sine glosa”, que es su fuente. La sólida formación teológica y filosófica del Papa jesuita se hace de este modo esencialidad evangélica, en su peculiar “gramática de la simplicidad”, con renovado ímpetu y frescura apostólica en el estar entre la gente –jamás apartado, jamás refugiado en la retórica de los “principios”– con gestos llenos de afecto, consuelo y ternura. Es padre imprevisto e imprevisible, porque siempre en búsqueda, guiada por Dios y por su experiencia pastoral, de nuevas vías para llegar a los hombres que tiene delante. Y la gente se siente tocada al percibir el abrazo de una misericordia misteriosa y desbordante. Francisco prefiere la medicina de la misericordia al rigor de la actitud severa y enjuiciadora. “Dios perdona siempre, perdona todo. Somos nosotros –repite– quienes nos cansamos de pedir perdón”. De allí la necesidad de la oración humilde, fuerte y valiente, para que Jesús pueda realizar el milagro del cambio en nuestra propia existencia.

La suya es una revolución evangélica. Después de las devastaciones humanas en las que desembocaron las Revoluciones, con “R” mayúscula, según la mitología del ateísmo mesiánico, sólo la Iglesia puede nuevamente y con verdad –decía el maestro Alberto Methol Ferré en la extensa entrevista realizada y publicada por el amigo Alver Metalli– hablar de revolución. Parecía escucharlo el Papa Benedicto XVI, quien hablaba luego de una “revolución del amor”, del cristianismo como “la mutación más radical de la historia”. La “revolución de la gracia”, la llama ahora Francisco, porque es la única revolución que cambia ontológicamente al hombre, sujeto de la historia. “Entrar en esa ola de la revolución de la Fe” ha dicho el Papa a tres millones de jóvenes en Copacabana: revolucionarios, porque es ir contra la corriente de una cultura que genera “confusión sobre el sentido de la vida, desintegración personal, pérdida de la experiencia de pertenecer a un ‘nido’, falta de un hogar y de raíces profundas”.

El Papa Francisco nos llama a la conversión, confiándonos a la gracia para ser liberados y reconquistar la verdadera libertad. Esta revolución de la gracia es fruto del encuentro con Cristo, como no cesa de enseñar y de invitar Francisco, y no de la exaltación de la voluntad (¡pelagianismo!) o de la mera sabiduría humana (¡gnosis!). Ella es la fuente de la misión: comunicar el don del encuentro con Cristo, por “un desbordar de alegría y de gratitud” (como se lee en el documento de Aparecida).

“Salir” es el verbo más frecuente en Francisco: salir de nuestra autosuficiencia, salir de la auto-referencialidad, salir de nuestras comunidades autocomplacientes, salir hacia las periferias existenciales en las que está en juego la vida de los hombres y de los pueblos. No podemos dejar de plantearnos las preguntas que el Papa Francisco se planteó a sí mismo y a los Obispos brasileños sobre “el misterio difícil de quien abandona la Iglesia; de aquellos que, tras haberse dejado seducir por otras propuestas, creen que la Iglesia (…) ya no puede ofrecer algo significativo e importante (…). Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido; tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones (…)”. Estas preguntas son como el eco de aquella otra acuciante de Eliot en el coro de “La Roca”, citada frecuentemente por don Giusanni: “Es la humanidad la que ha abandonado a la Iglesia, o es la Iglesia la que ha abandonado a la humanidad?”. “Se necesita una Iglesia –continuaba el Papa– que no tenga miedo a entrar en la noche de ellos (…), capaz de encontrarlos en su camino (…), capaz de entrar en su conversación (…), capaz de inflamar el corazón (…), de acompañarlos a casa (…)”, de despertar la “fascinación” por la “belleza de la fe”. Tiene razón mi amigo Lucio Brunelli cuando escribe que la originalidad de este pontificado es la de ser “el papa de los alejados, el buen pastor de las noventainueve ovejas que se han alejado del recinto”, para lo cual “no hay acción o palabra de Francisco que no tenga este horizonte, este corazón misionero”.

El papa de los alejados

Este es el verdadero cambio que el Espíritu está suscitando hoy en la vida de la Iglesia, abriendo enormes posibilidades de evangelización. Es un cambio que no pasa principalmente y ante todo por los cambios del equipo de gobierno o de las estructuras de la Iglesia, ni por las intervenciones en el IOR, ni por otras iniciativas de transparencia y limpieza, ni por el desmantelamiento de la pomposidad del aparato de representación y seguridad. Sin embargo, todo ello es indispensable para que la libertad y ejemplaridad del Papa se muestren también como liberación de muchos lastres que han ido cargándose en la Curia. Era necesario liberar la fe de las incrustaciones mundanas para hacerla de nuevo atractiva. Cierto, ya sus predecesores –escribe Antonio Socci– “iniciaron el progresivo desmantelamiento de la pesadez palaciega de la Curia. Juan Pablo II prefería estar por los caminos del mundo más que en el Vaticano. Y Benedicto XVI disparó rayos contra el carrerismo, el clericalismo, la mundanidad, las divisiones, las ambiciones de poder (…), y toda suciedad en la Iglesia”. Ahora el papa Francisco realiza aquello que su predecesor pidió tantas veces… y mucho más. Todo ello forma parte de la “revolución evangélica” que marca un profundo cambio “en el modo mismo de ser Papa”.

Una última consideración: la Encíclica “Lumen Fidei” es un gesto de extraordinario reconocimiento y humildad del Papa Francisco. Si bien la mayor parte del texto es del Obispo emérito de Roma, el Papa Francisco lo completó, le dio unidad y lo firmó como la primera Carta Encíclica de su pontificado. Y es hermoso que así sea, porque el Magisterio de Benedicto, pero también el de todos sus predecesores, no es cosa del “ayer” sino contemporáneo a toda la Iglesia. Al mismo tiempo, sin embargo, parece muy importante que la lectura de esta Encíclica no se cierre en hermenéuticas y exégesis del pensamiento ratzingeriano, en un cierto estilo “retro”, sino que se realice a la luz del acontecimiento del pontificado del Papa Francisco, de las perlas de sus homilías cotidianas, de sus catequesis, de ese “salir” misionero para compartir la luz de la fe ad gentes. Hoy la luz de la fe brilla gracias al testimonio, las palabras, los silencios y los gestos del Papa Francisco, y hace luminoso este tiempo de gracia y de esperanza que estamos viviendo.

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